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lunes, 22 de noviembre de 2010

Larga distancia

"Hay que tener amigos hasta en el Infierno" dice. Y yo pienso "Claro, eso para ti es fácil... a los del Infierno los tienes muy a mano... pero... ¿podrías captar la atención de alguien en el Cielo el tiempo suficiente como para convencerle de que quiera ser tu amigo?". Sin embargo, solo respondo con una sonrisa y le olvido sin más; desde donde estoy no me escucha de todos modos.

martes, 16 de noviembre de 2010

Desiderata

Si yo tuviera la oportunidad
de cumplir un sueño,
desearía que aparecieras
aquí a mi lado,
en este momento.
Querría que me miraras a
los ojos dulcemente y que,
cuando me sonrieras,
desaparecieran todas
las dudas. Y poder
susurrarte te quiero
al oído, bien bajito...
y no sólo pensarlo.

La historia jamás contada

Cuando se despertó, él no estaba allí. Entonces, agarró su teléfono y marcó el número despacio. Esperó tranquila a que sonara su llamada al otro lado de la línea y, al cabo de unos segundos, escuchó una voz que preguntaba quién era.
"Haces muy mal en no enamorarte de mí". Dijo. "Yo podría ser una historia preciosa".

lunes, 15 de noviembre de 2010

Cogito, ergo...

Tengo el síndrome
del pensamiento puro.
Si acaso espero a
que me provoques,
en un laberinto de miradas
perdidas me confundo;
cuando creen que
tengo un dilema
en realidad pienso
que soy yo
el problema;

cuando quiero besarte
me conformo con anhelar
tus besos;
si me propongo conquistarte,
pensándote me detengo...
y, así, esperando de tus
labios algo inocente y feliz
como un "te quiero",
acurrucada en el 
pensamiento de ti
me quedo.

martes, 9 de noviembre de 2010

TORTUOSO

Con este frío
que se adentra en
los besos que no encuentro,
perdidos en el fondo de
cualquier cajón;
con esta humedad
que me cala las
ausencias de ti;
con estos silencios
que me gritan
por la noche que
estoy sola...
De qué me sirven
tácticas y estrategias
ni los puentes de palabras
que se caen a trozos
bajo mis manos cansadas.
Qué hago yo ahora
con este amor que
se me escapa de
las lágrimas que
ya no caen por ti;
porque las tuyas
te las llevaste todas
y sólo me queda esta
mierda que lamento
por culpa de unos
cuantos que no
merecen la pena,
pero que son lo único
que mi olvido recuerda.
De qué sirven las palabras
si ellos no saben escuchar
ni entienden qué significan.
Porque ya no me importa
de quién son los ojos si
me prestan las miradas
y ya no me fijo en
las voces si las acompaña
una boca que sepa
pronunciar mi nombre.
Me aconsejan
y me preguntan de qué
me sirve sentir callada.
Que me amen, que me odien,
que me ataquen, que me defiendan,
que me salven o me condenen...
Pero que jamás les sea
indiferente.

lunes, 8 de noviembre de 2010

El por qué te sigo esperando...

Con sabor a
cancionero anónimo tradicional
valgan las letrillas
de saludo a Agustín Pérez Leal.



Porque el sol la acaricia
la piel del cielo brilla.

Porque duerme sola el agua
amanece helada.

Porque solo en una mirada cabe
existe nuestro paisaje.

Porque aún tiene sueños la prometida
sigue queriéndote desde esta orilla.

domingo, 31 de octubre de 2010

Halloween

El viento de aquella noche del 31 de octubre te envolvía hasta revolver toda tu ropa de un modo, más que juguetón, perverso. Mientras caminaba penosamente por las calles, a tropiezos con la ventisca -que me zarandeaba de un lado a otro- agradecí por un momento el haber decidido no colocarme aquella ridícula sábana de fantasma hasta poder cambiarme de atuendo cómodamente, una vez dentro del local donde se realizaría la fiesta a la que estaba invitada. Los jóvenes cargados de bolsas de dulces y disfraces luchaban contra las ráfagas furiosas, que se empeñaban en arrebatarles las máscaras, sombreros y pelucas, resultando muchas veces derrotados en el intento.
La joven vestida de la Bruja del Oeste caminaba con dificultad en dirección contraria al viento. Reconocí su disfraz por las medias de rayas de colores y los famosos chapines de rubíes (unos preciosos zapatos de un rojo brillante) que en la película heredó la joven actriz Judy Garland. La muchacha miraba hacia el suelo porque la maraña que había formado su peluca no le permitía permanecer con la cabeza erguida durante mucho tiempo.
Me quedé observando la escena desde la esquina que debía doblar para llegar a mi destino. Me detuve y decidí ser testigo casual de aquel extraño fenómeno metereológico. Se estaba formando una especie de torbellino en plena calle, sin duda algo formidable. Algunos de los chicos sacaron sus teléfonos móviles y se pusieron a grabar el pequeño tornado, que se dirigía -como si el viento tuviese voluntad- a la Bruja del Oeste.
No pude avisarle; un grito de desesperación y auxilio se quedó ahogado en mi garganta. Quién se iba a imaginar que sobre la joven caería una vieja y destartalada caseta de madera, que había salido disparada por efecto del tifón, y que una historia increíble e inesperada comenzaría de nuevo. No pude evitar el desastre, pero sí había algo que todavía podría hacer. Salí corriendo en dirección al fatídico acciente. Aún podía apoderarme de los chapines de rubíes.

martes, 26 de octubre de 2010

PUDOR

La streaper de aquel club de carretera detuvo su espectáculo justo antes de desprenderse de la última prenda, la más íntima, la que la habría desnudado por completo.

-Disculpen que no les enseñe qué hay más abajo; no me dio tiempo a maquillarme el corazón.

Los espectadores estupefactos -aves carroñeras sin el festín esperado-, miraron con desprecio aquel repentino ataque de pudor.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Y ahora... el camino

Hemos llegado al final del trayecto, tú lo sabes pero sigues mirando al frente como si aún nos quedara tiempo para algo más que no sea despedirnos. Ya no hay razones para continuar. Casi siempre estuve dos pasos por detrás de ti; creerás que fue duro apoyarte, escucharte, animarte, admirarte, amarte… no lo fue tanto, fue más fácil hacerlo en silencio, gritártelo por escrito calladamente. Durante el viaje aprendí a mirar y sentir… tal vez lo hice siempre sola.
 No tienes por qué despedirte, en realidad sé que no lo harás. Me mirarás como siempre y pensarás que nada ha cambiado, que sigo siendo la misma. Sin embargo, detrás de ese muro que vemos cada día más cercano todo será distinto desde ahora. Me hubiera gustado que me dijeras que me extrañarás, que será difícil volver a caminar y no verme  al lado, que mis tonterías te hacían sonreír y que nadie más podrá lograrlo de la misma manera.
 Me gustaría, pero no lo harás. Te quedarás callado como haces siempre conmigo. Mantendrás tu distancia y será por mi bien.
 Sin embargo, apenas habrá una lágrima por ti esta vez. El camino fue largo y aprendí demasiado. Mientras te alejas, yo pondré todos los sueños que tuve contigo y todos los besos que guardaba pacientes en una cajita y los enterraré a las orillas de este sendero que ya se acaba… los enterraré para no llevarlos ya nunca más conmigo.

Y ahora... ¿qué?

Mírala, se está alejando…
 
 Siempre quise que se fuera en realidad. ¡Cuántas veces no la eché de mi vida! Me porté mal con ella, la humillaba, me burlaba de ella, la quería lejos de mi vista, de todos mis sentidos… Y por fin ha sucedido... Pero qué extraño que no mire atrás, que no vuelva la vista para ver si me arrepiento y le pido que regrese, que fue una tontería de las mías, una bronca sinsentido más de las nuestras…
 
 Camina con sus tacones casi recién estrenados. Cuando la conocía apenas sabía mantenerse con cierta normalidad en ellos. En verdad ha pasado el tiempo, ¿habré cambiado tanto como ella? Sus cabellos son más largos y su piel más blanca, también aprendió a sonreír; antes apenas lo hacía.
 
 Parece que sí, que va a girar la cabeza… No, tan sólo lo imaginé, ahora cada vez es más pequeña. Aún no comprendo como puede caminar cargando esa maleta y con tacones… cuántos años han pasado ya y yo apenas hoy me doy cuenta.
 
 Debería sentirme feliz, ¡¡¡por fin lo logré!!! Me deshice de ella, la que tanto me amaba, la que confiaba en mí, la que escuchaba atenta cada una de mis palabras, la que me admiraba, la que tenía fe, la que soñaba, la que lloró tantas veces, la que permaneció esperando mientras yo la echaba una y otra vez… la que por fin me hizo caso. Ahora es un punto diminuto en un horizonte que apenas conozco. Ahora ya estoy solo.
 
 Y ahora… ¿qué?
 

Despedida

 Amenaza el amanecer con rayar el cristal de mi ventana con el naranja nuevo de cada día. De espaldas a la luz, recortando tu silueta de negro y azul, recoges la blusa del suelo y con calma comienzas a abotonarla, ciñendo la seda a tu cuerpo. Me sorprende la transparencia de tu carne, tan ajena, habiéndola probado hace tan sólo unas horas. Te peinas los cabellos con la punta de tus dedos, agarras tus grandes gafas de sol y tus tacones -que decides no ponerte todavía- y te alejas de mi cama y de mi cuerpo apresurada, sin tiempo para una despedida.
 Me hubiera encantado decirte algo mientras desaparecías; sin embargo, mis labios quedaron sellados y secos, mi sangre, antes salvaje y burbujeante por el deseo, permaneció quieta y helada como en un inabarcable estanque.
Me queda el consuelo de que mis pupilas, clavadas fijamente en tus últimos pasos a la puerta y ya por siempre abiertas quedarán, por un tiempo indeterminado, en tu memoria.

Oscuro deseo


OSCURO DESEO

Tal vez fue culpa de aquella noche vestida de lentejuelas, joven y salvaje como ninguna otra, o simplemente fue cosa del alcohol. Cuando llegamos a aquel bar, pequeño y oscuro, lejano de cualquier mundo o universo conocido por nosotros, ya habíamos tomado las copas suficientes como para haber dado aquella velada por bien empleada. Quizá debimos marcharnos cuando estábamos a tiempo, pero inexplicablemente la luna llena nos perseguía por las calles dondequiera que fuéramos y nos acompañó hasta la misma puerta de aquel tugurio, con un brillo que yo achacaba sin dudas a la preocupación que tenía de que no nos perdiéramos por el camino.
Aquel lugar estaba lleno de gente –al menos eso quise pensar, que se trataba de personas– a la que era imposible adivinar su rostro debido a la oscuridad manchada de humo y algunos destellos provenientes de unas lámparas fosforescentes que decoraban el minúsculo techo. Mientras avanzaba me dio por pensar que si el techo pecaba de brevedad muy seguramente el suelo compartía con él aquella maldad en cuanto a su medida.
Nos pedimos la última copa –no sé por qué la llamamos así cuando sabíamos perfectamente que detrás de una vendría otra nueva, fresca y rebosante– y nos dirigimos al primer rincón medio disponible que encontramos. Una especie de sofá en esquina, manchado por todo tipo de sustancias inimaginables para mí en aquel momento, surgió casi de la nada, como si alguien lo hubiera estado reservando para nosotros. Nadando en un mar de oscurísima incertidumbre, finalmente nos sentamos agarrando las copas como si se tratase de nuestras almas embotelladas en colores brillantes; el efecto de las débiles luces fosforescentes sobre los líquidos era tan inquietante como hermoso.
No tardé mucho en dejarme envolver por aquella música ruidosa con aires de los setenta y ochenta que inundaba, violentamente en ocasiones, los resquicios del bar. La gente que había decidido permanecer de pie para bailar ondulaba como una gran marea negra, peligrosa e inexplicablemente bella, tal vez por lo desconocida. De vez en cuando tenía que cerrar los ojos por el ligero mareo que aquellas olas humanas producían en mi ánimo; escuchaba las voces de mis amigos, unas veces lejanas, otras como si únicamente existieran dentro de mi cabeza. Por un momento sentí una especie de aleteo de insecto, como de una polilla se tratara; sensaciones finísimas, casi imperceptibles para alguien que estuviera sobrio, acariciaban uno de mis muslos haciendo estremecer mi piel sin apenas poder controlarlo. Tuve que concentrarme plenamente en mi sentido del tacto para darme cuenta de que alguien comenzaba a acariciarme la pierna y se acercaba al borde de mi minifalda.
Me quedé en silencio. Seguramente hubiera sido mejor reaccionar, buscar la mano que invadía tan lentamente aquella zona cada vez más delicada de mi cuerpo, levantarme y salir corriendo de aquella situación, qué sé yo, pero en vez de eso permanecí callada y quieta, deseando desde lo más profundo de mis entrañas averiguar hasta dónde sería capaz de llegar aquella piel suave que había comenzado a deshacerme, como si me hubiera convertido de repente en una estatua de sal.
Pronto pude percibir con claridad –como si pudiera verlos con la misma claridad del día– los cinco dedos que se deslizaban, como jugando unos con otros al escondite, buscando meterse debajo de la sorprendida tela que había sido invadida sin previo aviso. Tragué saliva y sentí que apenas podía despegar mis labios sin soltar un suspiro, una exhalación. Contagiándome de un oscuro deseo me convertí en humedad, en agua, en mar vibrante. Mi cuerpo entero quería reaccionar ante aquel ataque pero algo seguía manteniéndome sentada en el sofá; seguía desarrollando cada vez con más intensidad cada uno de mis sentidos pero mis ojos luchaban por cerrarse, tal vez como señal de entrega al momento más inesperado y a la vez tentador de la noche, de aquellos pasos buscando refugio bajo una luna mágica, la que fue nuestra guía traicionera.
Su mano –¿la mano de quién? no alcanzaba a distinguir nada a través del humo, de la oscuridad, de la marea, del alcohol…– rozaba ya mi ropa interior cuando, presa por un repentino fogonazo de lucidez que me anunciaba con pánico el escándalo público, no pude más que susurrar; luchando porque mis palabras pudieran ser comprendidas más allá de la música pero únicamente a los oídos del dueño de mi deseo, un débil e inoportuno “No, aquí no…”. Sin embargo, lo único que obtuve por respuesta fue que aquella mano suave y tentadora de cualquier pecado carnal, más allá de toda razón, escapara veloz de mi entrepierna y se convirtiera, de repente, en el zumbido insoportable de mi despertador, tecnológicamente diseñado para zarandearme y hacerme caer de cualquier posible bienestar que otorga la inconsciencia, sacándome de aquel sueño erótico fascinante e imposible, obligándome, por fin, a abrir los ojos.

Lo irónico

Quisiera castigarte: enterrarte lejos del deseo de mi boca, del reflejo de nuestros ojos, del roce de tus palabras... hasta que fueras ajeno a mí. Quisiera castigarte: y camino sola, sin darme cuenta de que, alejándome, soy yo la que padece la tortura.

Alter ego

Lamento tu soledad, respiro tus sollozos, lloro tus lágrimas… No es que te sienta dentro; es que estoy en ti.

Siempre pasa el tren...

Cada atardecer caminaba hasta la vieja estación y esperaba junto a las vías. Esperaba en el andén, aguardaba una señal mágica, única, reservada para ella. Esperaba su llegada, tranquila, segura de sí misma, recordando las  palabras que un día le dijera su madre, cuando aún era niña: "No tengas prisa por nada, hija, que por las vías siempre pasa un tren...". Y por ese sabio consejo maternal, ella esperaba, confiada, la venida del tren que habría de sacarla de aquel lugar, un transporte salvador que le estaba destinado desde los lejanos tiempos sin nombre. Esperaba sin importarle el susurro de su  soledad, sin preocuparse por los nubarrones que en las tardes de otoño prometían noches de tormenta.
Sin miedo, sin dudas, sin lágrimas.
Sin pensar en que por aquellas oxidadas vías, hacía más de treinta años que no pasaba un solo tren.