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lunes, 22 de agosto de 2011

El tiempo de la libélula (XII)

 POR CARMEN JUAN ROMERO

Cuando Ruth subió a casa no se oía nada. Era tarde, así que supuso que los niños estarían durmiendo hacía ya rato, y probablemente sus padres también. Tener vacaciones siendo padres de unos gemelos de siete años era casi peor que seguir trabajando. Lo sabía por experiencia. Ella adoraba a sus hermanos, claro, pero había una diferencia de edad que no podía obviar: había pasado doce veranos tranquilos a base de leer, leer muchísimo, de tumbarse en el suelo del salón, sobre una toalla, a la hora de la siesta y disfrutar de las excursiones a otros mundos durante las horas de más calor en absoluto silencio, si acaso roto de cuando en cuando por un leve ronquido de papá o el rasgado de las hojas viejas al pasar. Pero Carlos y Abraham nacieron haciendo ruido y morirían del mismo modo, eran incapaces de estar callados durante dos minutos seguidos. Eran pequeños, sí, y los niños pequeños son así por naturaleza, pero a veces podían con ella. Había intentado por todos los medios inculcarles el amor por la literatura, aunque por el momento no lo había conseguido. La única forma de tenerles quietecitos era montarles aquel teatro de marionetas de trapo que les había cosido durante el embarazo de su madre. Consiguió una caja grande de cartón y la transformó en un escenario fantástico que los bebés tardaron todavía un par de años en apreciar. Lo pasaron en grande, sin embargo, y aún lo hacían algunas veces. Le gustaba inventar historias para ellos, escenificarlas y poner voces extrañas a los personajes, hacerles reír hasta que acabaran retorciéndose de dolor o tosiendo por la fatiga. Entonces su madre les llamaba la atención, daba un alto y se acababa la función. Pero desde que empezó la universidad tenía menos tiempo y sobre todo menos paciencia con ellos. La alteraban con facilidad y además eran dos, y gemelos, lo que quiere decir que confabulaban contra ella la mayoría del tiempo. Entrar al piso sabiendo que ya estaban metidos en la cama, y lo más importante, dormidos, era un alivio para ella.

Comprobó que estaba en lo cierto y pasó a su cuarto sin saludar a sus padres. Últimamente las cosas en casa no iban del todo bien, y cierta tensión colgaba a dos centímetros del techo, lista para abalanzarse sobre ellos al menor descuido. Y además, después de lo ocurrido con Adela no estaba de humor para aguantar tonterías. Se arrepentía de lo que había dicho dentro del coche. No, se arrepentía de cómo lo había dicho. Ruth vivía midiendo sus palabras, incluso más cuando se trataba de Adela. Callaba y callaba, guardaba la cólera ocasional que le producían ciertas situaciones. Tenía una especie de papelera de reciclaje entre las costillas, y allí echaba todo cuanto no podía decir. Pero aunque usara bolsas de tamaño industrial para echar la basura, al final tenía que rebosar, y Víctor sólo había sido el último papel, lanzado desde demasiado lejos en un burdo intento por acertar una canasta, un papel que había caído fuera y había desequilibrado todo lo anterior. Ruth había estallado así un par de veces antes de aquella, pero nunca con Adela ni con su grupo de amigas, sino en casa. Pagaba el pato quien menos lo merecía, esas cosas suelen pasar. La primera vez fue el fin de semana anterior a la selectividad. No tenía por qué preocuparse, la nota de corte para entrar a su carrera era ridículamente baja, incluso le daba un poco de vergüenza que fuera a resultar tan fácil, pero quería hacerlo bien y estaba preparando sus exámenes a conciencia. Su madre opinaba que necesitaba descansar, separar las pupilas de los apuntes y respirar un aire que no fuera aquel de su cuarto, revenido ya tras tantas horas de estudio, por lo que decidió que marcharían al pueblo el domingo, todos juntos, para ver a la familia. Sólo sería ir, comer allí y volver, le dijo, pero Ruth se puso furiosa. Los nervios, el cansancio y la sola idea de que nadie pensara en lo importante que era para ella obtener un buen resultado la hicieron rebentar como un globo de agua que ha pasado demasiado tiempo al sol. Pum. Y el pasillo quedó salpicado de gritos y de “tú no tienes ni idea de lo que me conviene” y de frases injustas que no quería pronunciar y que no pudo contener. Los niños se asustaron, Abraham se echó a llorar y Carlos no quiso ser menos. Siempre lloraban a dúo. Su madre dio un portazo, su padre telefoneó a los abuelos y les dijo que no podían ir porque se les había averiado el coche. Después de todo lo que escupieron sus labios Ruth no pudo pedir perdón, por culpable que se sintiera. Tampoco hizo falta, pero eso no la hacía sentir mejor. No recordaba cómo fue la segunda ocasión, y casi mejor que siguiera siendo así. A pesar de todo, le dolía millones de veces más haber hablado de aquel modo a su amiga. Pensó en llamarla por teléfono, en enviarle un sms o escribirle un correo electrónico, y sin embargo no lo hizo. Ya le había pedido disculpas, y Adela le había acariciado la mejilla al despedirse. Sabía que aquello no significaba que la escenita se hubiera borrado de su memoria, ni mucho menos, pero sí que había comprendido lo que había querido decir con todo aquello, y probablemente también le estaba dando la razón, aunque jamás fuera a admitirlo.

Cuando Adela apareció en su vida ya había cursado un frustrante primero de carrera y al llegar la tercera semana de septiembre y comenzar la rutina de las clases pensó que no sobreviviría otros cuatro años como aquel. Le habían estropeado las mejores asignaturas con profesores incompetentes que se subían a la tarima esperando ser escuchados por eruditos en la materia, personajes extravagantes que no pretendían enseñar, que ni siquiera querían estar allí pero cobraban un suculento sueldo por pisar las aulas unas cuantas horas a la semana. Al hacer la matrícula de segundo cruzó los dedos para que al menos Literatura Española se salvara de la quema de apuntes al llegar julio. Alguien ahí arriba escuchó sus plegarias: un hombre de apariencia cuanto menos poética cruzó la puerta con un “buenas tardes” que aplastó cualquier comentario insulso que revolotease todavía en el aire. Tenía una voz increíble, como de antiguo locutor de radio, y recitaba de memoria a Gil de Biedma con una soltura apabullante. La barba y las gafas redondas le hacían parecer una fotografía en blanco y negro, pero hablaba de las letras de la posguerra con auténtico fervor. El día que se despidió de ellos, a final de cuatrimestre, Ruth estuvo a punto de echarse a llorar y suplicarle que no se marchara. Les comunicó que durante el segundo cuatrimestre la asignatura sería impartida por una joven de su confianza y los alumnos temieron lo peor. Quizá una niñita mimada, los ojitos lindos del catedrático, se plantaría allí a soltarles un par de charlas sobre lo guay que era leer y aquellas estupideces que ellos no estaban dispuestos a escuchar, y mucho menos después de haber tenido el placer de escuchar a su predecesor. Y entonces llegó Adela. Adela con su juventud a cuestas -en comparación con el que había sido su propio maestro no era más que una cría con el título recién salido del horno- y su entusiasmo y sus ganas de hacer las cosas bien. Y con una sonrisa encantadora pintada en los labios en un color que además le favorecía. Se podía oler su pasión por la materia a la legua y Ruth se dio cuenta en cuanto entró al aula. No había tenido una profesora como ella desde el instituto, cuando Asunción le hablaba, casualmente, de Bécquer. Sonrió sin poder evitarlo al recordar aquellos tiempos que parecían tan lejanos ahora, cuando pasaba las tres primeras horas de los miércoles mordiéndose las uñas, a la espera de esas clases en las que cruzaban miradas cómplices entre los pupitres de conglomerado verde. Fue, sin duda, lo mejor de la secundaria. Le gustaba conversar con Asunción, ella siempre sabía qué lecturas recomendar y le brillaban los ojos al ver que todavía quedaban personas interesadas ya no en la literatura del siglo XIX sino de la literatura a secas. Ruth le confesó -y era la primera vez que se lo contaba a alguien- que quería escribir sus propias historias, y ella se ofreció a leer y corregir como si aquella afición se tratara de algo realmente importante. Ruth estaría agradecida por ello eternamente, pero con Adela fue distinto. Ella sabía que en la universidad la relación profesor-alumno era muy susceptible a cambios, y la vio tan brillante y a la vez tan virgen en lo que se refiere a las ambiciones de los académicos frustrados que había conocido hasta el momento, que quiso abrirle paso. Sustituir a Prieto de Paula y que sus alumnos lo acepten es una ardua tarea, y Adela lo hizo lo mejor que supo, pero a pesar del esfuerzo, no logró conquistar a todos como había hecho con Ruth desde el primer día. 

Ruth no cruzó la línea hasta que las actas estuvieron cerradas. Entonces le escribió largo y tendido, sin ser consciente de que aquel correo era un bote salvavidas que la iba a recoger en medio de una tormenta. Como agradecimiento por el rescate, Adela la acogió entre su reducido grupo de amistades. Sabía perfectamente que eran muy diferentes, pero había demasiadas cosas en Ruth que le recordaban a ella con no tantos años menos, y pensó que quizá si la protegía, si evitaba que tropezara con las piedras que la hicieron caer a ella, si lograba que esquivase todo aquel dolor que había tenido que soportar, estaría restableciendo el equilibrio y tal vez recuperando un poco de sí misma a través de su alumna. Ruth sabía cosas que no había contado a nadie, había escuchado anécdotas que hubieran escandalizado a cualquiera sin inmutarse, limitándose a asentir y a abrazar en los momentos oportunos. Se había comido con patatas la historia de Jordi sin juzgar qué estaba mal o quién estaba equivocado, porque aunque le hubiera costado expresarlo al principio, quería a Adela con la mitad de su alma y necesitaba estar a su lado también en las situaciones difíciles. Y Jordi no había sido más que eso, una situación difícil y larga, tanto que se estiraba hasta hoy y su nombre seguía escociendo en los párpados de Adela. Acababa de comprobarlo.

- Me he pasado -murmuró Ruth, hablando sola en su habitación-, y mucho. Jamás creyó que pudiera ser tan dura con Adela como llegaba a suceder en ocasiones a la inversa, pero aquella noche había perdido el control, sobrepasado los límites; la había partido en pedazos pequeños e irregulares, e iba a tardar mucho en reconstruirla. Y eso si no se había perdido ninguna pieza en la explosión.

Trató de relajarse. Nunca dormía bien, pero en verano la hora de meterse en la cama era, paradójicamente, una pesadilla. Podía pasarse las noches enteras dando vueltas sobre el colchón intentando conciliar un sueño que no llegaba. Detestaba los meses de calor, prefería con diferencia las estaciones de frío, cuando podía acurrucarse en una esquina, bien aferrada a las mantas. Lo único bueno que encontraba en el verano eran los helados, y podía comerlos también el resto del año, así que poco le importaba. Si seguía dándole vueltas a aquella discusión con Adela, el amanecer la encontraría despierta y el día siguiente sería peor, porque además estaría agotada. Se quitó el vestido y se tumbó sobre la cama en ropa interior. Con los ojos cerrados e intentando dejar la mente en blanco, se llevó la mano derecha al abdomen y comenzó a acariciarse con la punta de los dedos, primero arriba y abajo, rozando las cosquillas pero sin alcanzarlas. Se rodeó el ombligo y dibujó el contorno del elástico de sus bragas, recorriendo también la parte interior de los muslos con la palma. Hacía aquello con frecuencia, pero sin ninguna connotación viciosa. No podía decirse que Ruth fuera adicta al sexo, porque, de hecho, no lo era. Se lo tomaba como la única forma completamente eficaz de relajar el cuerpo en su totalidad y eliminar cualquier pensamiento que cruzara su mente, como una vía de escape. Sin nada ni nadie flotando en su cabeza. No precisaba la imagen de un hombre atractivo al que imaginar sobre ella, ni tampoco la de una mujer. Era sencillo: ella se procuraba placer sin necesitar a nadie más que a ella, sin vincular su piel a otra y sin la obscenidad que parecen cargar las relaciones carnales. Solía hacerlo escuchando a Mahler por una extraña costumbre que adquirió en los comienzos, cuando apenas empezaba a descubrirse. Se ponía los auriculares y subía al máximo la voz del reproductor. Mahler era uno de sus compositores favoritos, le inspiraba una fuerza, una potencia emocional que, comparada con la de Beethoven, se le antojaba mucho menos artificiosa, aunque sabía que no era así. Beethoven, el indiscutible padre del romanticismo musical -depresivo crónico, víctima de su propia necesidad de sufrimiento contínuo, anhelante de la llegada del final de sus días-, había quebrado todas las leyes establecidas para abrir las puertas a una corriente nueva y egocéntrica; se había arrancado el alma con los dedos y la había escrito sobre papel pautado para que la Humanidad fuera consciente de su desgracia. Sin embargo, el Mahler del último periodo, el Mahler enfrentado a la muerte, había compuesto su música para despedirse de la vida. Su única carrera contra el reloj biológico había sido no numerar La canción de la Tierra en un intento por escapar de la maldición de la novena sinfonía que había fulminado a compañeros como Schubert o Bruckner. Se dejó llevar, y eso hacía Ruth con las manos en su sexo, dejarse llevar hacia un final inevitable para quedar agotada, sin fuerzas siquiera para pensar. Pero esa noche no se detuvo a buscar los auriculares ni el CD de la Novena. Quería llenarse del pastoso vacío que produce el cansancio en verano, acabar y dormir. Cuando despertara ya pensaría en cómo disculparse con Adela. O no.

Con los dedos de una mano entre las piernas y los de la otra entre los dientes, aumentó el ritmo de sus movimientos. En otra ocasión se habría recreado, habría jugado con el tiempo, estirándolo y encogiéndolo, alargando el camino hacia el orgasmo. Habría tensado los músculos hasta un milímetro antes del límite y habría vuelto al principio. Hoy todo era distinto, y se dio cuenta. Intentó terminar cuanto antes, pero justo cuando su respiración era más agitada, al borde del precipicio por el que ansiaba lanzarse de cabeza, un par de ojos verdes se cruzaron por su mente y la obligaron a detenerse en seco. Tardó unos minutos en asociarlos a alguien, puesto que al principio, después del susto inicial -Ruth se follaba a sí misma, nadie había entrado jamás en su pensamiento mientras lo hacía-, no comprendía qué había ocurrido. Se enfadó. Había visto aquella mirada un rato antes, en casa de Amaya. Eran los ojos de su primo, a quien ella había negado rotundamente en el coche. ¿Por qué tenía que ser precisamente él, el origen de su discusión con Adela, quien se presentase sin avisar en su cabeza? Podría haber sido cualquiera, por la facultad paseaban chicos dignos de un segundo vistazo a todas horas, además de algún que otro profesor. Podría haber imaginado a algún actor argentino, con perilla y la piel tostada, pero no. Ella no se sentía atraída por Víctor, o mejor dicho, ahora ya no quería sentirse atraída por él, y menos después de los comentarios que habían hecho sus amigas, dando a entender que tenía que ocurrir, como si fuese un hecho, sin preguntar siquiera. Se acordó de lo que había ocurrido en la terraza, del tacto de las manos del chico sobre su piel, y un escalofrío le recorrió la espalda. A lo mejor Adela tenía razón y no era más que un embaucador que había encontrado en ella a la víctima perfecta... o tal vez no, y era un hombre inteligente, encantador y además de buen ver.

Sacudió la cabeza. Aquello carecía de sentido: acababa de conocerle, no habían intercambiado más que algunas palabras amables, él le había desinfectado la herida del pie y las chicas estaban empeñadas en que entre ellos pasaba -o iba a pasar- algo. Y al parecer, su subconsciente también lo creía. Se mordió el labio con rabia. Detestaba no controlar sus emociones, pero más aún saber que jamás iba a ser capaz de hacerlo, por muchos años que pasaran. Pensó de nuevo en lo injusta que había sido con Adela. Al fin y al cabo, a ella le sucedía lo mismo, pero en otro nivel muy superior. Si Ruth no había podido evitar evocar el impresionante verde de los ojos de un desconocido mientras se tocaba, Adela no iba a dejar de amar a Jordi así como así, por mucho daño que se estuviera haciendo ella solita.

Alcanzó el teléfono móvil con la mano libre, puesto que la otra seguía quieta, allí dentro, y escribió un escueto mensaje a su amiga. “Lo siento”. Luego lo devolvió a su sitio, sobre la mesita, y quiso seguir, pero el calor era asfixiante y en su interior se había acomodado una sensación incómoda, como cuando sabes que algo malo va a suceder y no puedes explicar por qué. De pequeña le ocurría a menudo, y aunque había dejado de hacer caso a esas intuiciones, a veces seguía sintiendo un nudo en el estómago sin motivos aparentes. Se rindió: aquella noche tampoco dormiría.

Se levantó y buscó ropa interior limpia en el cajón. Ruth ordenaba meticulosamente armarios y cajones, pero siempre escogía las prendas prestando mucha atención. Tomó lo que necesitaba y salió de su cuarto camino de la ducha. Era muy tarde y temía despertar a su familia, así que cerró con cuidado la puerta del cuarto de baño y dejó correr el agua sin abrir demasiado el grifo. Era como si le cayera encima una ligera lluvia refrescante. Pasó allí mucho tiempo, permitiendo que el agua se llevara el olor a sudor y a sexo propio, y de paso también la escena a la que había estado dando vueltas durante un rato. Víctor explicándole cómo podía ser que un científico le hubiera impuesto las manos, ella atendiendo con cara de boba. Se sintió estúpida de repente.

- Mierda-masculló, mientras recogía la ropa sucia que había echado al suelo de cualquier manera-. No se puede ser más tonta.

domingo, 14 de agosto de 2011

El tiempo de la libélula (XI)


 POR VÍCTOR FERNÁNDEZ MOLINA

Capítulo III

Al mirar el suelo, Víctor podía distinguir cinco tipos diferentes de huellas que conducían a dispares direcciones en el escalón del portal de la casa de su prima. Habían pasado dos días desde el incidente del balcón y a Amaya ya se le había acabado la paciencia. Estaba muy cansada de encontrarse a su primo acostado en la cama de la habitación de invitados, leyendo libros sobre insectos, explotando indiscriminadamente su conexión a internet para bajarse series en inglés subtituladas en castellano, o hablando por teléfono con, ella suponía, algún amigo. Lo cierto es que prácticamente pasaba desapercibido para ella, pero su presencia, su masculina presencia, perturbaba el orden natural de aquella casa de noventa y dos metros cuadrados. 

Aquella misma mañana, Amaya se había despertado de muy mal humor y con ciertas náuseas, una sensación que ella asociaba con la enfermedad y que ahora tendría que asimilar como algo positivo, como un signo de vida, de que todo iba bien. Sin embargo, ese tipo de agrupaciones emocionales estaban muy lejos de lo que su condición psicológica podía aceptar. Prácticamente no sabía quién manejaba su cuerpo: su mente, su corazón o sus hormonas. Así, aquella mañana de viernes, conforme se levantó y se lavó la cara, entró en la habitación ocupada para decirle solo tres simples frases a su queridísimo primo:

-¡Tú, parásito! ¡Despierta! ¡Tienes que buscarte una casa!

El chico, sobresaltado por el susto, pensaba que se estaba quemando la casa o que tal vez había un terremoto y había que salir corriendo de allí. Fueron apenas unos segundos de confusión hasta que comprendió la totalidad de la situación. Podría haber respondido una retahíla de argumentos sobre las diferencias entre él y un parásito, pero finalmente decidió callarse, aceptar su responsabilidad y con un “de acuerdo”, se levantó y comenzó a hacer la maleta.

Llegó a un acuerdo con la amable anfitriona para dejar sus pocas pertenencias dentro del piso hasta la noche y con las mismas, cogió sus gafas de sol estilo Vintage Blues y se dirigió al mismo portal donde hacía unas noches había estado por un corto espacio de tiempo. Era un lugar apestoso, pero es en esos lugares donde Víctor conseguía sacar todo su potencial superviviente. Se fumó un par de cigarros. Estaba muy nervioso, aunque, como él pensaba, no había razón para estarlo. Incluso en una ciudad como Alicante tenía amigos a los que poder acudir en caso de algún contratiempo, y ésta, sin lugar a dudas era una de esas ocasiones. Iba a ser un día muy largo, había muchas puertas a las que tocar, mucha gente a la que pedir favores.

Se levantó de su improvisado y maloliente rincón del pensamiento. Varias señoras de rancio abolengo alicantino, cubiertas de joyas heredadas y collares de perlas que sus maridos les regalaban para que tuvieran la boquita cerrada, pasaron por su lado dedicándole una mirada de asco y curiosidad. Víctor se sacudió el poco polvo que habían recogido sus vaqueros y les brindó una pícara sonrisa. Odiaba a ese tipo de gente, y su mejor forma de despreciarlas era mediante la burla y la provocación. Cierto es que gracias a sus padres había podido hacer una carrera que prácticamente no le reportaría ningún trabajo bien remunerado y que tenía todos los caprichos que quería, pero él no miraba a nadie por encima del hombro. El desprecio entre seres de la misma especie le parecía repugnante, algo propio del alma humana que sólo por destruir es capaz de las peores injusticias, como lo que estaba ocurriendo ahora mismo con él.

El aire cálido y húmedo de la ciudad le daba ciertas energías para comenzar su baile pedigüeño, pero cuando comenzó a caminar para entrar en la estación del tranvía, se acordó de que no había desayunado. El estómago comenzaba a darle vueltas y era demasiada actividad la que tenía por delante para ir en ayunas. Se sacó la cartera del bolsillo trasero derecho y, no sin antes mirar a un lado y a otro para asegurarse de que no le estaban observando, miró en su interior con preocupación. Dos billetes de veinte euros nadaban en su interior como en una pecera de papel. “Suficiente” se dijo a sí mismo, cerró la cartera con una sonrisa y se dispuso a entrar al primer bar que encontrara.

La plaza de los Luceros es un lugar encantador, el corazón de la ciudad palpitante y lleno de vida donde puedes encontrar todo tipo de personas. Entre palmeras, bicicletas, bancos, tiendas de artículos de broma y cafeterías de muy distinta categoría, Víctor se fue a fijar en el único sitio donde él podía encajar: un pub irlandés. Se sentó en una de las banquetas de la barra esperando a que llegara el camarero. En otra ocasión se habría puesto a charlar con cualquier persona, pero ese día sabía que los pasos a seguir eran diferentes, por lo que cogió el periódico y comenzó por donde cualquier ser libre que desea ser esclavizado comienza: la sección de anuncios por palabras. Era curioso porque había muchos anuncios de pisos en alquiler, pero ninguno lo suficientemente bueno para él. Demasiado caros, demasiado grandes, demasiado pequeños. Todos eran demasiado. Además, él siempre había sido un animal de compañía, estrictamente hablando. No porque le gustara ir detrás de las faldas de las mujeres cual perro peludo con lacito en la cabeza, que también, sino que necesitaba constantemente la compañía de alguien. No era una persona miedosa, pero quedarse solo le causaba auténtico terror. De hecho, llegó a resultar un problema en su adolescencia. Todos, es decir, sus padres, sus profesores, sus amigos y demás personas que estaban a su lado, pensaban que era un poco hiperactivo. Víctor era el típico niño que no podía estarse quieto ni un solo momento, aunque por suerte eso no derivó en un déficit de atención. La contrariedad vino cuando, por gastarle una broma, unos amigos suyos del instituto le encerraron en el baño. Ni siquiera era el baño de las chicas, con su consecuente vergüenza  implícita. Era simplemente una novatada, que pasó a mayores cuando comenzó a gritar como un si le estuvieran rajando la barriga y diseccionando sus tripas a lo vivo con cuchillas oxidadas. Fue un ataque de pánico que además le dejó sin respiración.

-¿Qué te pongo? –una voz femenina con acento argentino interrumpió los pensamientos de Víctor que miraba el periódico pero estaba muy lejos de allí.

-Un cortado y una tostada con aceite. Sin prisa, no te preocupes – Víctor siempre intentaba ser lo más amable posible con los que le debían servir, y más si era una chica.

La camarera se metió en la cocina para preparar lo que por vigésimo tercera vez le habían pedido desde que había comenzado el turno de la mañana no sin pensar antes “Yo era diplomada en comercio exterior en mi tierra”, dejando a Víctor otra vez en la soledad de sus pensamientos. Y allí, en aquella barra de imitación a la madera del pub volvió a revivir aquellos trágicos momentos cuando por primera vez tuvo contacto con aquello que algunos llaman “el otro lado”. Cuando perdió el conocimiento en aquel baño se desencadenó un problema mayor: una parada cardiaca. Tuvo suerte a fin de cuentas, porque un profesor de guardia pasaba en aquel momento por el pasillo y oyó los gritos del pobre adolescente inocentado. Cuando don Lucas abrió la puerta se encontró con una escena dantesca. El chico estaba tirado en el suelo convulsionando y con los ojos en blanco. Parecía realmente que estaba poseído por el diablo, y justo cuando se agachó para ver que le pasaba, una última convulsión le paró el corazón. Literalmente, Víctor estaba condenado a morir. Fue entonces cuando, según su propio recuerdo, vio una luz y un túnel. Era una de esas experiencias que todo el mundo relata una y otra vez. Al final del túnel, su abuelo, que había muerto hacía algunos años, le hacía señales para que fuera con él. Era su hora. Sin embargo, sintió cómo comenzó a inflarse como un globo, poco a poco, se inflaba, se inflaba y se inflaba hasta que comenzó a volar y a alejarse de aquella luz tan tranquilizadora, tan llena de vida.  Un doloroso golpe en el pecho le hizo un agujero en su tórax, y de él comenzó a salir una bocanada de aire para así salir disparado como un globo pinchado. Comenzó a ir caóticamente de un lado a otro siempre impulsado por la ráfaga de su pecho. Cerró los ojos por la impresión, y cuando los volvió a abrir, se encontró con la frente de don Lucas, que medía unos cuatro dedos de anchura y tenía las cejas blancas. La boca de don Lucas no paraba de inflar la suya. Su aliento a tabaco negro y a pastillas de regaliz se mezclaban con el nuevo hálito de vida del chico. Finalmente, como cuando un bebé nace, tosió y volvió a respirar. Su corazón comenzó a bambolear a ese ritmo incesante de vida que estruja nuestros días y nos condiciona en nuestras oleadas de vida. Víctor estaba de nuevo en el suelo de aquel baño poco higiénico, y todo gracias a don Lucas, su profesor de Biología.

A partir de aquel momento su vida cambió para siempre. Fue un nuevo nacimiento. Dijeron en el hospital que tenía un soplo en el corazón y que aquel ataque de pánico había sido como un puñal clavándosele en la aorta. Los responsables del centro decidieron que había que investigar el por qué de aquel ataque, mientras que los padres de aquel niño enfermizo, humildes trabajadores, se gastaron los pocos ahorros que tenían para hacer unas vacaciones en familia a las Islas Canarias, en sesiones y sesiones de psiquiatra que al final, por suerte, dieron su fruto.

El teléfono móvil de Víctor comenzó a sonar de repente. En la pantalla podía verse una foto de un hombre de unos veinticinco años haciendo una mueca con la boca y sobre su frente la palabra “Marcos Al”. Era su amigo Marcos, un chico inteligente, compañero de la universidad que consiguió un trabajo como investigador de una constructora en los tiempos de bonanza. Se dedicaba simplemente a firmar estudios en los que aseguraba que hacer un edificio en tal lugar no era perjudicial ni para la fauna ni para la flora autóctona. Muchas veces le obligaban a mentir, pero para algo le pagaban casi tres mil euros al mes. Aquí conoció a su actual esposa. Una chica joven, independiente y a su vez muy familiar. Todos los amigos la llamaban en secreto “la guardia de reemplazo”, porque desde que estaban juntos, Marcos no salía con tanta asiduidad. En realidad, Marcos siempre la ponía como excusa, porque su hígado ya no aguantaba la cantidad de alcohol que sus camaradas ingerían cada vez que salían.

-¡Marquitos!¿Como lo llevas? Te envié un sms esta mañana. –dijo Víctor nada más descolgar el móvil.

-¡Hey! No sabía que estabas por aquí, –respondió Marcos al otro lado de la línea- vente a mi casa y a ver que podemos hacer para buscarte sitio.

-¿No se enfadará tu parienta? –le preguntó Víctor.

-No, que va. Está encantada de que vengas -en realidad era mentira-. Además tenemos que hablar tú y yo. El otro día estuvo por aquí Nadia.

Se quedó callado durante unos segundos. Nadia. Ese nombre siempre le hacía un nudo en la barriga. Cada vez que lo oía el alma se le ponía en posición fetal y todos lo ánimos que podía albergar se desvanecían como por arte de magia. Era su talón de Aquiles, y al mismo tiempo su heroína.

-¿Preguntó por mí? –dijo finalmente Víctor, sin saber a ciencia cierta qué respuesta esperar.

-No –respondió Marcos intentando disimular su incomodidad- pero no te preocupes ahora. Termina lo que estés haciendo y vente a mi casa. Recuerdas cómo llegar ¿no?

Pagó el desayuno y salió en dirección a la casa de su amigo. Estaba a la altura del mercado central por lo que debía caminar unos quince minutos esquivando tráfico humano por todas direcciones. Mientras avanzaba continuó pensando en todo aquello que en cierta manera le había llevado hasta allí, a esas calles mal hechas de una ciudad maltratada por su gente y por la historia. Pasó por delante de un despacho que ponía “Gabinete psicológico y psiquiátrico” y sin querer se vio a sí mismo dentro, con apenas dieciséis años, hablando con una mujer entrada en años y con claros síntomas de un desequilibrio psicológico-sexual, o al menos eso dedujo él por las miradas que le echaba a su padre cada vez que venía a recogerlo. Aunque es cierto que eran las mismas que le echaba a su madre también, contándole cómo le iba en los estudios, si algún chico le pegaba, cuántas veces se masturbaba por las noches y demás intimidades que le llevaron a una escena final escalofriante, casi de thriller. Una noche de invierno, cuando era pequeño, Víctor se quedó al cuidado de unos amigos de sus padres: el tito Juan y la tita Julia. Sus padres marchaban confiados porque la pareja también tenía hijos, y además eran muy bien educados. Siempre saludaban en el ascensor y hablaban de usted a los mayores. Todo parecía perfecto. De hecho, cada vez que dejaban a Víctor en su casa éste parecía volver mucho más tranquilo y sosegado. Sin embargo, lo que allí ocurría era que el pobre niño estaba totalmente muerto de miedo, porque para que se callara le encerraban en el armario escobero. Cada vez que hacía algo mal, hablaba más de la cuenta o lloraba porque quería volver con sus padres, los falsos “titos” le encerraban bajo llave, al igual que habían hecho con sus dos hijos. Y en el despacho de aquella psicóloga volvió a surgir toda aquella escena brotando por los ojos del niño adolescente, que lo único que quería era que volvieran sus padres para abrazarlos y decirles que no se fueran nunca más de su lado. Éstos, por su parte, denunciaron a sus ex amigos maltratadores, pero eran otros tiempos, o dieron con la gente inadecuada, porque las denuncias se traspapelaron y, como por arte de la burocracia fraudulenta, se dio el caso por sobreseído. Era mejor no ahondar en el tema, porque lo que había que hacer era recuperar la confianza y la sonrisa de aquel chico que tenía miedo a la soledad.

El mercado central de Alicante es un edifico emblemático de la ciudad. Posiblemente uno de los pocos patrimonios culturales de calidad que quedan en la ciudad. A sus espaldas se encuentra la plaza veinticinco de mayo, que no tenía nada que ver con los movimientos políticos del 23M que recientemente habían surgido por todo el país. Era un homenaje al bombardeo fascista ocurrido aquel día de 1938 donde murieron unas 300 personas. No hay monumento erigido que lo muestre. Solo una placa que deja entrever que allí pasó algo realmente duro, históricamente hablando. Justo detrás de aquella plaza se encontraba la casa de Marcos.

A pesar de los años transcurridos sin acudir hasta la casa de su amigo, Víctor tenía una memoria fotográfica para los lugares, y el gps de su teléfono móvil le ayudaba si tenía algún problema de localización.  Tocó al timbre ennegrecido y maltratado. Se abrió la puerta y subió.

-¡Víctor! –Marcos le recibió con los brazos abiertos- ¡Qué hay de tu vida!

-Menos mal que estás por aquí, Marquitos, porque la situación se me ha complicado un poco –respondió Víctor totalmente aliviado al ver a su compañero de carrera.

-¡Ejem! – una voz femenina, enervada, se escuchó justo detrás de ellos.

-¡Cariño! Ya has llegado –Marcos no podía disimular su sorpresa, y por qué no decirlo, su pánico- ¿Te acuerdas de Víctor?

- Sí, me acuerdo –dijo ella con un el mismo tono que se podría tener al aceptar un plato de comida que no te gusta en absoluto, pero que debes comértelo porque no hay otra cosa.

-Le he dicho que se quede a comer –dijo Marcos sonriendo y entrecerrando los ojos para evitar un golpe físico o psicológico.

-¿Dónde? ¿Aquí? Marcos, ¿podemos hablar un momento por favor? ¿Nos disculpas un minuto? –Víctor no llegó ni a entrar en la casa. Se quedó en el rellano de la escalera pensando en Nadia. Aquella chica de ojos azules, de apariencia escandinava que había conocido no hacía muchos años.

Los rayos de sol se reflejaban en la piel de Nadia. Era la única mujer en el mundo que podía destruir su sentido de la supervivencia, la que le devolvía a aquel estado de niño asustadizo. Fue justo gracias a aquel incidente cuando la conoció. Víctor continuó con sus estudios gracias al esfuerzo de sus padres. El sentimiento de culpabilidad les roía las entrañas y lucharon hasta agotar todas sus fuerzas para que su hijo, su único hijo, fuera alguien en la vida. La psicóloga, entre otras muchas cosas, le recomendó un tratamiento de choque para romper con el círculo de la ansiedad. Una actividad muy sencilla que consistía en ir a una feria y que él sólo se metiera en una de esas atracciones del túnel del terror.  Así, en cuanto superara unas cuantas veces esta dinámica posiblemente sería capaz de enfrentarse a situaciones de soledad mayor y de esta forma terminar con su cremiofobia. Pero su mal era más fuerte que él y que sus padres juntos. Solo la idea de subirse al vagón de la atracción sin compañía le hacía hiperventilarse, así que trataron de hacerlo poco a poco. No había momento del día que Víctor no estuviera solo, excepto cuando dormía, que tras despertarse sentía un momento de pánico que le obligaba a salir de la habitación en busca de sus padres.

Pasaron los años, y Víctor entró en la facultad. Con diecinueve años era un chico inocente que guardaba un gran secreto para sus compañeros y un gran problema frente a sus profesores, porque había un hándicap en la universidad: los exámenes orales y la consecuente “encerrona” que era la preparación de dichos exámenes en una sala, totalmente aislado. Debía pasar por aquello, así que una noche, antes de que todo el mundo descubriera su secreto y se destapara su cruel pasado, decidió ir a la feria para darse de bruces con su destino, para superarse a sí mismo una vez más. Iba él solo, pero la cantidad de gente que le envolvía  en aquella ruidosa feria le daba tranquilidad, hasta que llegó el momento de ir a la taquilla a por la entrada, cuando su pulso se aceleró hasta rozar las 120 pulsaciones por minuto. “Tranquilo, Víctor” se dijo a sí mismo, “esto está controlado, no va a pasar nada”. Poco a poco fue haciendo la cola para entrar en la atracción. Las gotas de sudor caían por su cuello, un sudor nervioso y frío como el de las reses que van al matadero. Era la mayor sensación de angustia que podía sentir un ser humano. Cuando se subió al vagón estaba empapado en sudor y tiritando. Era uno de esos vagones para dos personas con una barra de seguridad que evitaba que salieras corriendo. El hombre que dirigía la atracción le miró con cara de descrédito. “Pobre friki sin amigos” pensó aquel hombre cuya mayor facultad era controlar que la barra de seguridad estuviera bien sujeta una y otra vez, todos los días de su vida, hasta que la muerte lo separara de su trabajo. Cuando se puso en marcha la atracción Víctor comenzó otra vez a hiperventilarse. Tenía unas ganas irrefrenables de gritar  y salir de allí corriendo, pero era tarde, estaba atrapado. Una bruja de cartón-piedra, un maniquí convertido en hombre lobo, una niña del exorcista pintada en la pared. Cuando años después se acordaba de todo esto le entraba la risa, pero en aquel momento sólo quería llorar, y de hecho, la única forma que tuvo su cuerpo para expulsar toda la presión fue así: llorando. Lloró de rabia, de impotencia, lloró como cuando lloraba en aquel maldito armario oscuro, lloró como cuando se pierde a un ser querido, como cuando pierdes a un hermano, como cuando pierdes una parte de tu alma y en aquellas lágrimas de la ira, se fue diluyendo el principio de su miedo para transformarse después en perdón, porque en realidad eso era lo que necesitaba el alma de Víctor. Necesitaba perdonar para encontrar la paz, y pidió perdón por todo lo malo que había hecho y a su vez perdonó a todos los que le habían hecho daño alguna vez: a sus padres por dejarle con unos extraños, a los falsos “titos” por haberle destrozado la vida, a los niños del colegio por su crueldad, a sus amigos del instituto por haberle casi matado, a su psicóloga por haberle hecho revivir todo el dolor y a los profesores de la universidad por obligarse a enfrentarse a todo este maremoto de emociones encerrado en aquella atracción cutre de feria. Aún quedaba medio trayecto para salir de aquel túnel del terror y su meditación cuando el vagón se paró. Era algo inesperado, algo que no estaba planeado. Víctor no estaba preparado para aquello. Necesitaba salir de allí, necesitaba escapar. No podía ser. Notaba como su corazón latía cada vez más deprisa; estaba en peligro. Si no se ponía en funcionamiento la atracción se pondría a convulsionar y posiblemente volvería a repetirse la escena de los baños del instituto. Imaginaba cómo la dulce mano de la muerte se acercaba poco a poco para posarse sobre su cabeza, era inevitable. Y otra vez se puso a gimotear suplicando por su vida. La atracción no se movió. Todo estaba a oscuras y su pulso se aceleraba por momentos hasta que escuchó un “no tengas miedo, no es para tanto” a su lado. Víctor levantó la vista para enfrentarse a lo desconocido. De la nada había aparecido un ángel, o tal vez un espectro, de cabello rubio como el trigo maduro y ojos azules.

-¿Puedo subir? –le preguntó al hiperventilado universitario.

Víctor hizo un gesto con la cabeza de aprobación. No sabía si estaba ante un fantasma o una chica de verdad. Estaba aterrado y al mismo tiempo extasiado. No había visto nunca una chica como aquella. Era simplemente preciosa, una de esas bellezas que te hace perder la cabeza para siempre.

-Si no te gustan estos sitios ¿por qué te subes? Que ya eres mayorcito, hombre –Había cierto toque andaluz en su acento- nosotros nos colamos por aquel agujero, el tipo de la entrada no se entera de nada. Me llamo Nadia. ¿Tú cómo te llamas?

Víctor balbuceó su propio nombre, como una aseveración de que todavía estaba vivo, como una comprobación de que realmente estaba ganando esta batalla infernal.

-No tengas miedo chiquillo –y una sonrisa le iluminó en aquel vagón atorado en el túnel del terror, la meditación y el amor.

La puerta de la casa de Marcos se volvió a abrir para dejar paso a éste con cara de haber roto una vajilla entera sin darse cuenta.

-Esto… -Víctor, a pesar de saber que no debía hacerlo, esbozó una sonrisa. Había cosas que no cambiarían nunca, por mucho que uno luchara contra ellas, si es que lo había intentado su amigo alguna vez. Por su parte, todas las heridas estaban más que cicatrizadas-. No nos podemos quedar aquí- masculló Marcos metiéndose las manos en los bolsillos-. Tendremos que buscar una solución a tu problema, pero en otro lugar.

jueves, 11 de agosto de 2011

El tiempo de la libélula (X)

 POR CONNIE MARCHANTE

-          Es puro fuego esa Adelita tuya – sonrió el primo, que a cada segundo que permanecía en casa de su prima iba ganando más confianza.
-          Cuidado chaval –Amaya no hubiera querido utilizar a Sabina y parafrasear una de sus canciones, pero no tuvo más remedio porque cuando escuchaba dentro de su cabeza los acordes de “Y nos dieron las diez…” ya había pronunciado las primeras palabras-, te estás equivocando.
-          ¿Me equivoco? – la actitud de Víctor era desconcertante; bien le clavaba a Ruth el mortal verde de sus ojos con pose de don Juan desgastado que preguntaba, con un interés salpicado de algo semejante al vicio, por Adela.
-          No la llames Adelita –Amaya comenzaba a estar muy cansada de esa tregua que había pactado consigo misma con respecto a soportar a su primo-. Si te escuchara llamarla Adelita puede que haga que te arrepientas; advertido quedas.
-          Pero si te escuché llamarla…
-          Yo soy yo –interrumpió Amaya, ya sin paciencia-. Tú no tienes derechos por ser de mi familia, entérate. Tú no la conoces, no sabes quién es. No tienes ni idea.
-          De todos modos –Víctor notó en seguida el cambio de actitud de su prima y por nada, ni nadie, del mundo iba a perder el privilegio de tener casa gratis-, tranquila prima, que no me interesa ninguna de tus amigas. Simplemente me llamó la atención ese ataque sobreprotector de tu “Adela” –enfatizó la palabra, sin duda era uno de sus recursos lingüísticos favoritos-. Ya veo que es muy común entre vosotras.
-          Mejor será que dejemos esta conversación –suspiró Amaya, incómoda con el rumbo que estaba tomando la charla-. Ha sido un largo día, sin duda, lleno de sorpresas –volvió a suspirar-. En fin, sígueme. Te enseño la habitación de invitados.

Amaya tuvo mucho cuidado de no pronunciar en ningún momento las palabras: “tu habitación”.
Al otro lado de este mismo momento, ya de camino a sus respectivas casas, compartían coche y viaje Ruth y Adela. La joven profesora miraba de reojo a su ex alumna, que no se atrevía a pronunciar palabra. No era miedo lo que Ruth sentía por Adela, pero no por ello dejaba de ser algo que las perjudicaba y entorpecía su relación. Ruth sentía una admiración ilógica y, en muchas ocasiones, desmesurada. Jamás comenzaría a hablarle si no era para contarle algo realmente importante o para responder a alguna pregunta que la “maestra” le hubiera formulado primero.

-          ¿No piensas decir nada? –comenzó Adela, como siempre, con un tono que intentaba parecer tranquilo, equilibrado.
-          ¿Con respecto a qué? –Ruth cruzaba los dedos debajo de uno de los pliegues de su falda para que Adela no la interrogara demasiado con respecto a Víctor y lo que había sentido en aquel balcón.
-          El primo de Amaya, Ruth –Adela no estaba dispuesta a dar rodeos. No era su estilo-. Por favor, chiquilla, tenías que haberte visto la cara. Por dios…

Adela solía decir mucho “por dios”, “dios mío” o incluso fórmulas tan anticuadas como “¡por la virgen!” para expresar sorpresa. Era algo curioso para las demás, ya que Adela no se había definido nunca como creyente, mucho menos católica. En realidad eran formas de hablar heredadas de su abuela, que la había criado desde muy niña, cuando su madre había tenido que irse a trabajar para llegar a fin de mes; cuando su padre las había abandonado a las dos y habían tenido que ir a casa de la yaya para salir adelante.

- Adela, yo te juro… -Ruth no tenía ni idea de cómo acabar lo que apenas había comenzado.
- No me jures, Ruth, anda, no me jures. Lo que pasa es que te ha encantado y ya está. –Adela trató de mantener el tono cálido, no el de la madre que riñe y castiga, sino el de la amiga que acompaña y aconseja- Pero niña, tú eres muy joven, de verdad, créeme. Eres muy joven todavía y no sabes distinguir un buen chico de un caradura como este Víctor. Disfrazado de científico y místico y todo lo que él quiera. Te deslumbrará con sus fuegos artificiales, sé cómo son este tipo de hombres. Los conozco. Su aspecto descuidado y su mirada ardiente no están ahí por casualidad, todo está fríamente calculado. Es una imagen construida intencionadamente.
-Adela, creo que estás exagerando. –Ruth no podía entender de qué le hablaba su amiga. Simplemente, Víctor no podía ser así. Le había mirado a los ojos, le había mantenido la mirada a pesar de que le resultaba algo casi imposible con la mayoría de personas. Pero con él había sido distinto, como ese tipo de cosas que sólo suceden porque ha de ser así y ya está. Ruth y Víctor compartían algo que los demás probablemente no comprenderían. Había visto su alma y era algo hermoso.
- ¿Estoy exagerando? –Adela comprendió que aquello era mucho más grave de lo que había temido en un principio-. Por dios, niña, piensa un poco. Bájate de esa nube donde te ha colgado el aprovechado ese y entra en razón.
- ¿En razón? –Ruth se molestó con las últimas palabras de Adela, que denotaban una vez más que la consideraban una chica frágil, sin experiencia. Una niña tonta. Detestaba que la dejaran de lado por culpa de su edad, que la apartaran porque no fuera capaz de sentir, experimentar, razonar como ellas. Y eso le pedía Adela ahora, que razonara como ella. Sólo que Ruth no deseaba ser Adela en cuestiones sentimentales, en absoluto. - ¿Entrar en razón, Adela? Lo que te pasa es que siempre estás a la defensiva. Piénsalo un poco tú, por favor. ¿Qué te ha hecho Víctor? ¿Qué te ha dicho de malo? Creo que ha estado encantador. Incluso cuando Amaya lo ha echado de su casa, de muy malas maneras, piénsalo tú un poquito, se ha levantado, nos ha dado las buenas noches y se ha marchado sin molestar, sin causar ni un solo problema a su prima. Por favor… ¿cuándo vas a superarlo?

Adela se quedó callada, no porque su pequeña Ruth la hubiera convencido de ser demasiado dura con Víctor, de no darle una oportunidad al joven entomólogo, sino por su última pregunta. Le había sorprendido tanto que no supo qué contestar, con qué continuar con la conversación, cómo escapar de ella. Por su parte, Ruth había entrado en un estado parecido a las rabietas de los niños, empeñados en obtener el último capricho. Convencida de que ella poseía la razón esta vez, no había terminado de ser consciente del efecto que estaba causando en su amiga y no estaba dispuesta a callarse. Ahora ya no.

-          Ruth… yo no…
-          No, Adela, no. –Ruth cortaba con sus palabras, cada vez más afiladas. Porque tú no hayas sabido enamorarte nadie tiene la culpa. Y aún tienes suerte de crearte, tú que hablas de construir imágenes, esa fachada que no sé ni cómo te mantiene todavía en pie. Porque eres la más frágil de todas, entérate bien. Porque un tipo cualquiera disponga de ti como una marioneta no todos van a tener que ser iguales a él. –Ruth miraba al frente mientras Adela se mantenía aferrada al volante; aunque no pudiera verla, la joven comenzó a ser consciente de que el ataque estaba siendo devastador, pero era demasiado tarde para dejarlo dentro. Le quemaba las entrañas-. Deberías entrar tú un poquito en razón, ¿sabes? Deberías olvidar a Jordi de una vez por  todas y dejar a las demás que seamos felices. ¿Qué ha sido de tu orgullo?
-          Ruth, tú no sabes… -la voz de Adela pendía de un delgado y afilado filo, que amenazaba con cortarla.
-          No Adela –sentenció Ruth-, eres tú la que no sabes. Eres tú la que no sabe qué es el amor.

Las farolas de la calle de Ruth las recibieron al doblar la esquina, tintineantes, como si quisieran avisarlas de que por fin habían llegado a su primer destino. Por fin habría que parar, que callarse, que alejarse la una de la otra. Sin embargo, para las dos ya era demasiado  tarde. Algo se había roto dentro de aquel automóvil. Ruth se volvió para mirarla por primera vez desde que se había subido al coche. Vio distinta a su amiga, más pequeña y delgada que nunca, más pálida, podría decirse que hasta infinitamente más bella. Adela se había despeñado de un altar sagrado impuesto por Ruth hacía demasiado tiempo ya. Ahora era una muchacha débil que temblaba detrás de un volante, todavía mirando al frente pero sin poder ver nada, a través de las lágrimas, anegados sus ojos y extinguido el fulgor que los caracterizaba, luchando por salir todas a la vez; ya no era la genialidad, ya no era la locura, ya no era Adela; era una pobre mujer herida.

-          Adela –Ruth se sintió como nunca se había sentido antes. Quería a su amiga, le debía tanto y ahora la estaba traicionando-, lo siento, lo siento de verdad, perdóname. Tienes razón, soy una niña estúpida.
-          No –la voz de Adela no le pertenecía, era otra la que hablaba a través de su cuerpo, tal vez su sombra-, no te preocupes. No me esperaba que hablaras de Jordi, después de todo lo que te he contado, eso es todo.
-          Perdóname. – Ruth no sabía como recomponer aquella escena. Había roto un cristal en mil pedazos y ahora pretendía pegar todas las partes con sus palabras, conseguir con palabras que nadie notara lo que allí había sucedido. Y no las encontraba. No existían más.- Perdóname.

Adela acarició la mejilla de Ruth y esbozó lo que parecía ser una leve sonrisa. Ruth aprendió lo que era una sonrisa rota aquella noche. La noche de los ojos de Adela estaba roja como la sangre, como el dolor. Sin embargo no era rencor hacia ella, nunca hubo el más mínimo signo de enfado u odio para ella. No se dijo nada más, no hacía falta. Las jóvenes se separaron, la vencedora –o puede que no tanto- salió del coche y se encaminó a su portal.  No se volvió para comprobar que el coche se alejaba lentamente. El ruido del motor se lo aseguró sin necesidad de tener que echar la vista atrás. Necesitaba llegar a casa. A su habitación, al descanso, al no sentir más. Ruth sabía que Adela no tenía nada que perdonarle, porque en realidad no la había insultado con mentiras. Las verdades son las que más duelen cuando nos hemos empeñado en no enfrentarnos a ellas. Tan solo necesitaban tiempo. Adela volvería a agarrar todas esas imágenes de recuerdos y sentimientos que habían inundado el pequeño espacio del coche y lo metería todo en aquella cajita que había tallado en su interior. La cerraría con llave. Preferiría dejarlo pasar y fingir que no le dolía todo lo que Ruth le había destapado, como el niño que señala ante todos sin pudor, inocente, que a un hombre le falta un ojo o una pierna. A Adela le faltaba el corazón, y sí, también el orgullo. Se lo había robado aquel hombre al que seguía conectada, como la marioneta lo está a los mandos que la dirigen. Seguía enganchada a aquella maldición de no poder vivir sin él.

El tiempo de la libélula (IX)

POR CARMEN JUAN ROMERO

En verdad las había dejado alucinadas, incluso a su propia prima, pero también era cierto que Víctor y Amaya llevaban años sin mantener una conversación en condiciones. Y verle allí, pálido, apoyado contra la pared y fumando un cigarrillo ajeno sin haber pedido permiso, la irritaba un poco. Víctor tenía la capacidad de darle la vuelta al mundo con cada una de sus apariciones. Siempre había sido algo rarito, no había más que ver lo que acababa de ocurrir. Ruth todavía se palpaba el pie, indoloro ya, con los labios despegados, pero tardó aún un par de minutos antes de pronunciar una sola palabra. Era una chica inteligente, y sin embargo, en ocasiones se expresaba despacio, como a trompicones, sobre todo cuando algo la dejaba sorprendida y no podía aferrarse a nada sólido para reponerse. 

-                  - Qué ha sido eso.

Víctor le sonrió ampliamente antes de explicárselo:
-   Es una… medicina alternativa –dijo, enmarcando las últimas palabras con unas comillas invisibles que dibujaron sus dedos en el aire-. Por supuesto, no sustituye a las prácticas de la medicina real –y repitió el gesto de nuevo- pero sirve como complementario a los tratamientos oficiales.
-  Sé de qué va esto –interrumpió Ruth, recuperando el habla. Pocas cosas le molestaban tanto como que le intentaran explicar algo que ya sabía. Le parecía una pérdida de tiempo innecesaria-. Lo que quiero decir es que –realmente no sabía qué era lo que quería decir, o sí, pero desconocía cómo hacerlo sin resultar impertinente -, bueno, eres científico.

Una inmensa carcajada la sobresaltó. Adela también dio un pequeño respingo en su asiento, pero Amaya no pudo evitar unirse a él mientras negaba con la cabeza. Aquel chico no tenía remedio, había sido así desde pequeño y sería así toda la vida, y sabía cuál iba a ser la respuesta a la pregunta no formulada. Con la mano en el estómago y un aire un tanto elevado, Víctor expuso: 

    - Sí, tienes razón –no dejaba de mirarla a los ojos y ella se incomodó, pero haciendo un esfuerzo sostuvo aquella mirada. Solía mermar bajo los ojos de otros, se hacía pequeña hasta desaparecer, pero Adela le echaba unas broncas monumentales por ello y no quería darle motivos para otra de ellas durante el camino de vuelta a casa. Sin borrar la aparentemente constante alegría de su rostro, Víctor continuó-. La gente suele sorprenderse, creen que la ciencia y las prácticas como esta son incompatibles. Pero es que esto no es una religión, y además, depende de cómo quiera tomárselo cada uno a nivel personal. Se trata de energía, única y exclusivamente. Energía que cambia, que se puede transmitir, redireccionar. “La energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma” –recitó-. ¿Por qué no iba un científico a creer en algo tan obvio como eso?
   -  ¿Me estás tomando el pelo? –Amaya tembló al escuchar la voz de Adela, aunque ya sabía que su amiga no podría evitar explotar. Bastante tiempo había aguantado callada, pero aquello último, la posible amenaza de pedantería por parte de su primo la había hecho reventar como una chicharra -¿De verdad crees que puedes llegar aquí a vendernos crece-pelo, chaval? –era muy, muy difícil ver a Adela enfadada, y sin embargo el tono de su voz comenzaba a parecerse seriamente al de los enfados -. Pero, por favor, si lo único que has hecho ha sido humedecer el corte y limpiarlo un poco con agua fría.

Él se limitó a encogerse de hombros y a adoptar una postura despreocupada. No le importaba demasiado lo que pensara Adela, pero había quedado satisfecho con la expresión que Ruth todavía conservaba en la cara, como si acabase de ser abducida por unos extraterrestres. Era fácilmente impresionable todavía, más aún cuando se trataba de hombres. Se había dejado llevar por la película que había montado Víctor sin oponer resistencia, y eso había molestado a Adela (quizá demasiado). 

-         - Deberías ayudarle a buscar un piso. Si no, acabará por quedarse aquí todo el año, ya lo verás –le dijo a Amaya, señalando a su primo con el mentón, hablando como si él no pudiera oírlas. Luego se levantó, recogió su bolso e hizo un gesto rápido a Ruth-. Niña, es tarde. ¿Te llevo?

Ruth salió de su ensimismamiento, buscó sus cosas en el salón y la siguió hasta la puerta con movimientos rápidos. Amaya intuyó que nada más atravesar el portal la pobre tendría que soportar una disputa unilateral por parte de Adela y le dio un pequeño apretón en el brazo al despedirse, para animarla.

-          - Mañana hablamos –y tras cerrar la puerta tras ellas bromeó con su primo-. ¿Has visto lo que has hecho? Llegas aquí y me las espantas como moscas.
-          - ¿A qué venía tanta prisa de pronto? –hizo aquella pregunta sabiendo perfectamente cuál sería la respuesta, pero quería disfrutar de la satisfacción de haber previsto una situación y haber acertado de pleno.

Amaya se sentó frente a él y se escurrió hasta apoyar la nuca en el respaldo. Así, perdida en el gris contaminado de la noche en la ciudad, confirmó lo que Víctor esperaba:

-         -  Le has tocado las narices a Adela. No suele aguantar tonterías de nadie, pero has metido la pata hasta el fondo con Ruth. Es algo así como su protegida y ha visto cómo la mirabas y cómo ella se ha dejado engañar. Si hay algo que puede hacerla enfadar es eso. Cuando Ruth llegó aquí era una chiquilla ingenua y desprotegida. Adela hace de escudo humano con ella. No te va a pasar ni una, te lo advierto ya.

lunes, 8 de agosto de 2011

El tiempo de la libélula (VIII)


 POR VÍCTOR FERNÁNDEZ MOLINA

 Todos en el balcón se quedaron en silencio, como quien se encuentra ante un solemne acto religioso o ante el funeral de un ser querido. Sólo el transitar de los coches y las ambulancias rompían ese instante de paz que pocas veces se consigue en la ciudad y, como una macabra broma del destino, de fondo, parado en un semáforo, un coche con las ventanas abiertas lanzaba sin compasión las notas de “Enjoy the Silence” de Depeche Mode. Todos los asistentes a aquel espectáculo sonoro movieron en un hipnótico reflejo sus labios para susurrar “all I ever wanted, all I ever needed is here, in my heart” y después volver a callar. Era un mantra de la noche, una oración que invocaba el latido de su juventud.
Ruth se quejó del pie. La herida no era demasiado profunda, pero lo suficiente como para haberse infectado y estar un poco colorada. Nada grave, pero sí molesto.

-¿Te duele mucho? –se interesó Víctor por su estado, ya que en gran medida había sido su culpa.
-No demasiado –contestó con mirada baja, sonrisa picaresca en los labios y la mano sobre la herida- es un corte sin importancia.

Ruth levantó la vista para cruzarse de lleno con los ojos de Víctor. Ahí había algo más que un poco de química hormonal. Desde ese mismo instante Ruth sabía que ese chico semidespeinado, de mirada penetrante y voz grave, iba a remover todos los cimientos de su vida.

-¿Queréis ver algo alucinante? – dijo de repente Víctor sin apartar la vista de Ruth.
-¡No! –cortó secamente Amaya, que ya sabía algo de lo que iba a ocurrir a continuación -¿Ya vas a empezar con tus historias místicas? ¿Vas a volver a recomendarme que cambie los muebles de sitio para conseguir un buen Feng Shui?
-Algo así –respondió Víctor, de nuevo sin apartar la vista de los ojos Ruth, y con las mismas, sus manos se dirigieron a los pies de la accidentada hasta que sus pieles, sus epidermis excitadas por el calor de aquella noche, entraron en contacto.

Ruth dio un pequeño salto, como si no se esperara que alguien ajeno a ella la fuera a tocar. Solo le había rozado la mano para apartarla, pero para ella casi significaba una proposición para algo mucho más íntimo. Víctor puso la palma de su mano en la herida del pie y con un “no tengas miedo” cerró los ojos y comenzó a concentrarse. Su respiración fue cada vez más profunda y más pausada. Parecía que estaba entrando en trance. Ruth no sabía qué estaba haciendo. Era la primera vez que un chico, la misma noche que lo había conocido, ser lanzaba a sus pies para casi adorarlos como si de una figura religiosa se tratara. 

-Prima –llamó de pronto-, ¿puedes traerme una toalla mojada en agua fría?

Amaya le volvió a mirar como sólo ella miraba a los gorrones. Parecía que iba a decir en cualquier momento una frase como “ya estamos pidiendo otra vez” o “si quieres una toalla cómpratela tú”, pero en lugar de eso se levantó, fue a traerle lo que pedía y, cosa extraña, no se la tiró a la cara sino que se agachó y se la facilitó amablemente para apartarse un poco después y observar el procedimiento. Esto era nuevo también para ella. Víctor colocó la toalla sobre la herida y puso sus manos encima. Volvió a cerrar los párpados y permaneció así durante un par de larguísimos minutos. 

-No puede ser- masculló Ruth.
-Estate quieta y no hables –le respondió rápidamente Víctor, y aumentó la presión sobre la herida.
- Esto es increíble- dijo Adela mientras movía la cabeza con los ojos bien abiertos. Parecía estar echándole algo en cara, como si la hubiese molestado-. ¿Qué eres, un sanador?
-Puedo ser muchas cosas- respondió finalmente Víctor, que de nuevo tenía su vista fijada en los ojos de Ruth, intentando atravesar su alma, como si de un rayo de sol se tratara-, pero esto es algo muy básico. 

Amaya y Adela miraban atónitas la rocambolesca escena. Cada una a su manera y con distintas sensaciones como resultado. Sin embargo, ninguna de las dos podía decir ni una sola palabra. Era increíble lo que estaba pasando allí esa noche, y sobre todo la cara de Ruth, que parecía imbuida en una especie de éxtasis religioso al estilo de Santa Teresa. En cierta manera, el poder de sugestión de Víctor la había conducido a una ligera alucinación transitoria donde ella era una dama decimonónica y él un caballero que se había rendido a sus pies. “Sofía se habría muerto de la envidia”, pensaba ella en su sueño sanatorio.
De repente Víctor dijo “ya está”. Abrió los ojos, apartó las manos y suspiró. Parecía exhausto. Sin embargo, no se fijaban en él. Sus miradas se posaban en Ruth y en la deliciosa sonrisa que había brotado de sus labios.

-          Ya no me duele –musitó ella, impresionada. 

Adela, por su parte, escudriñaba el estado de la herida. El color rojo insano que tenía antes no había dado paso al blanco nuclear normal de sus pies, eso era evidente, pero sí tenía mejor aspecto. Amaya se reía y se sujetaba las sienes en una postura de incredulidad y desapego social. Pensaba que de todos los pirados y extravagantes freaks de este mundo, tenía que caerle a ella su propio primo, justo en estos días tan duros y difíciles. Días de decisiones y apuestas, donde parecía que la felicidad se escapaba poco a poco de sus vidas de nuevo, y tenían que saltar para cogerla como si de un globo con helio se tratara. No paraba de pensar que su primo era un caradura, pero había algo en él que despertaba ese sentimiento maternal que en unos meses tendría que poner en práctica. Porque, aceptémoslo, Amaya nunca había sentido la llamada de lo que muchos llaman su “reloj biológico”. Ella era una solitaria que de vez en cuando tenía ciertas necesidades. Y la noche del “incidente”, tal y como ella lo denominaba en sus reflexiones, solo había acudido a casa de un conocido a cenar y a ver qué pasaba después. Aún era muy pronto para saber qué iba a hacer con ese ser que crecía en su interior, pero el tiempo apremiaba si en realidad quería dejarlo todo como estaba hasta entonces. En realidad, sabía que nada iba a ser igual a partir de aquellos meses. Su vida, tanto si decidía tenerlo como si no, se iba a convertir en un vaivén de sufrimiento y alegría, una ciclotimia de emociones que ni su atractivo psicólogo-amante argentino podría arreglar nunca.
Volvió al presente, a su balcón repleto de plantas, amigas y familiares, a la noche calurosa de verano, a la cara de felicidad casi orgásmica de Ruth, a la extenuación  posiblemente fingida de su primo y al increíble interés o escepticismo de Adela por lo que allí estaba pasando, teniendo en cuenta que hacía unas horas habían decidido tirarse desde su barandilla y acabar con sus vidas.

-Gracias, prima- Víctor se incorporó visiblemente recuperado después de un momento y le entregó la toalla húmeda para que la echara a lavar.
-¡Ah! ¡Está caliente! – gritó Amaya cuando la cogió.
-Sí, es un efecto secundario–respondió Víctor mientras se sentaba en una silla.
El paquete de tabaco de Adela seguía encima de la mesa como un resto arqueológico de una vida anterior, de una idea que se olvidó, de una conversación acabada.  Víctor lo cogió con sus mágicos dedos y le dio un par de vueltas. “Fumar puede matar” podía leerse en la cajetilla y la foto de un cadáver ilustraba el mensaje ampliamente argumentativo que querían emitir las autoridades. Sacó un cigarro de su interior y se lo llevó a la boca.
-Necesito relajarme después de este tipo de cosas –se justificó mientras lo encendía-. No me confundas, no suelo fumar, pero a veces me apetece.

Adela no sabía qué hacer. Quería acompañarle. Ver a otra persona frente a ella fumándose su tabaco hacía que le apeteciera muchísimo más uno de esos deliciosos cigarros que tantos años la habían acompañado. Pero había hecho una promesa y las promesas, tarde o temprano, hay que cumplirlas.

sábado, 6 de agosto de 2011

El tiempo de la libélula (VII)

 POR CONNIE MARCHANTE


Condujo a toda prisa, presa de la preocupación y de un ataque inexplicable de nervios. No le había llamado en todo el día, ni un solo mensaje al móvil, nada. Esperaba encontrarse con un enfrentamiento con su novio, seguro que le pediría una explicación a tantas horas de ausencia y, sobre todo, por no haber dado señales de vida. Señales de vida, qué curioso, pensaba, ya que todavía sería capaz de darlas, gracias a que Adela decidió que finalmente no era un buen día para suicidarse. Sofía habría cumplido con los deseos de Adela en aquel momento, a pesar de que ahora, dentro de su coche y con la imagen de Álvaro en su mente, de su enfado y sus exigencias, jamás le habría dado crédito a las locuras de su amiga. En ese momento se hubiera reído en su cara y la habría llamado loca. Porque en el fondo, o no tan en el fondo, Sofía pensaba que Adela padecía algún tipo de trastorno psicológico, que la convertía en el ser fascinante y carismático que era. Le costaba pensar con claridad y se esforzaba por articular una explicación coherente para Álvaro, de por qué tanta tardanza. Ella lo habría exigido de estar en su lugar, sin duda. Cuando llegó a casa, Álvaro estaba sentado en su sofá –el que habían comprado los dos en una feria del mueble hacía quince días- mirándola sonriente, como cada vez que la veía entrar por la puerta. Sofía no pudo evitar sentirse culpable en aquel momento. No había contado con él para nada. Toda su frustración y su desilusión giraban en torno a ella y sus propias circunstancias. Se había sumado a la descabellada propuesta de Adela porque su situación económica, su estabilidad y sus planes, los de ella solamente, se tambaleaban y anunciaban derrumbarse, como un castillo de naipes demasiado alto, amenazado por un golpe de brisa, de mala suerte en este caso.

-          Cariño –comenzó Álvaro- ¿dónde has estado? Te estuve llamando varias veces y no respondías –su tono no era de reproche, ni siquiera había un atisbo de enojo en su voz, siempre suave y comedida-. Ya estaba preocupado, no sabía si llamar a tu madre.
-          No lo has hecho, ¿verdad? –Sofía era demasiado orgullosa como para admitir sus preocupaciones hacía unos escasos minutos dentro del coche. Demasiado fría como para comenzar con una disculpa a Álvaro. Dejó el bolso en el perchero que tenían en la entrada y se encaminó a la habitación para quitarse la ropa y ponerse su pijama. Miró de reojo el reloj que adornaba una de las mesitas de noche y vio que eran más de las doce. Al regresar, Álvaro estaba con la misma actitud cariñosa y condescendiente de siempre.
-          No, pensé que si no estabas en su casa se asustaría y sería peor. Ya conozco suficiente a tu madre, mi vida. – Sonrió. Desde luego, no estaba nada molesto y, lejos de tranquilizar a Sofía, la no-reacción de Álvaro le causaba cierta rabia y resquemor, instalados de forma silenciosa, para no llamar demasiado la atención, en lo más profundo de sus entrañas.
-          Estuve en casa de Amaya, cariño. En realidad estuve con todas las chicas y a Adela se le ocurrió ir a casa de Amaya. Ya sabes que tiene un balcón precioso y bueno, -Sofía estaba acostumbrada a darle falsas excusas a su pareja- finalmente Amaya nos invitó a cenar y a mí ni se me pasó por la cabeza avisarte. Supongo que todo fue tan inesperado y surgió tan de improviso que no me acordé. Lo siento mucho, no quise preocuparte.
-          Bueno, cariño, intenta dejar aunque sea una nota la próxima vez. ¿Te imaginas si tu madre te hubiera llamado a casa y al móvil en vez de haber sido yo? Ahora estaría llamándome desesperada porque su hija habría desaparecido. –La imagen que había formado en su cabeza parecía divertirle un poco.
-          La verdad –admití- es que ni siquiera me lo había planteado.
-          Ese es el problema -concluyó con un tono algo más serio que el resto de la conversación-. Mucho mejor nos iría si nos planteáramos más a menudo las cosas.

Un beso sencillo y suave zanjó la cuestión. Plantearnos las cosas. Medir las consecuencias de nuestros actos. Meditar las propias decisiones y contar con lo que éstas puedan afectar a los demás. Demasiado fácil. Con Álvaro las cosas siempre resultaban demasiado simples. Se fueron a la cama con los ánimos justos para darse las buenas noches y recostarse a dormir, cada uno mirando hacia un lado de la cama. Al día siguiente Álvaro debía levantarse a las cinco y media de la mañana para ir al aeropuerto. Sus viajes de negocios formaban ya parte de su rutina y tampoco es que le desagradaran a Sofía. Le daban mayor libertad de movimientos, la mantenían independiente de algún modo.
En el apartamento de Amaya, desde el otro lado de la ciudad, la noche no había finalizado para el resto de las chicas. Desde que se fuera Sofía a toda prisa, habían tenido tiempo para recoger la mesa y sentarse un rato más en el balcón, esta vez con Víctor. El muchacho todavía parecía estar allí de prestado, sin duda por la tensa situación en que lo había situado su prima. Adela se recostó en un anticuado diván que Amaya guardaba en su habitación. Era una antigua costumbre que Adela lo buscara sin pedir permiso y lo colocara allí, medio empotrado entre las madreselvas. Le gustaba fumar allí, recostada y sintiendo la brisa contaminada de una ciudad como Alicante. Se sentía en paz consigo misma en aquellos momentos, como si el ruido de los coches y las luces confundieran sus sentidos y no la dejaran atender a sus propios sonidos, los de su mente siempre funcionando. Encendió el primer cigarrillo de la noche cuando, al darle la primera calada, se topó con la mirada sorprendida de Víctor. Molesta por las silenciosas acusaciones, no le retiró la mirada, desafiante como era.

-No sabía que fumabas –se justificó el joven al comprobar que era evidente su cara de sorpresa, aunque también podía serla de decepción.
-Sí –contestó Adela, obviando las miradas cómplices de las demás, sobre todo de Ruth, que no perdía un solo detalle de lo que allí pudiera ocurrir-, lo he intentado dejar miles de veces, pero, ya ves.

Nadie dijo más al respecto. No era un tema interesante para el resto, ni siquiera para la propia Adela. Desde comienzos de año se había aprobado la ley anti-tabaco que prohibía fumar en todos los establecimientos públicos, en los bares, cafeterías, en todas partes. Los fumadores se habían  transformado en unos apestados sociales, un motivo más para sentirse arrinconada, puede que hasta censurada. “Me han convertido en un prototipo de sujeto maldito –bromeaba con Ruth de vez en cuando-. Pienso demasiado, critico demasiado, fumo demasiado y, por supuesto, no termino de conformarme. Deberían prohibirme”.
Aquella noche, milagrosamente –o tal vez para alumbrar los pensamientos de los que se encontraban en aquel balcón- se podían ver algunas estrellas, más allá de los edificios y las chimeneas de fábricas y de las luces de neón. Adela las señaló, como haciendo un hermoso descubrimiento del que todavía nadie se había percatado. Volvía a ser ella misma, volvía a delirar, a dejarse llevar por sus ideas, que ahora volvían a mecerla y consolarla.

-Lejos de las leyes y de los miedos –dijo-, unas cuantas estrellas lucen su resplandor sin importarles nada ni nadie. Miradlas, como se recogijan de no tener que estar aquí con nosotros, tan patéticos todos –Víctor volvió a mirarla, esta vez con un aire de reprobación, pero no se atrevió a contrariarla, mucho menos a interrumpir sus discursos, que comenzaban a interesarle de alguna manera, aunque sin razón todavía-. Acompañadas las unas de las otras en apariencia, cercanas, amigas; sin embargo, en realidad se mantienen apartadas a millones de kilómetros de distancia las unas de las otras. Están mucho más solas de lo que jamás podremos estar nosotros y, sin embargo, no les importa. Tal vez porque jamás se den cuenta, porque ellas no lo saben.

En ocasiones nadie sabía a dónde quería llegar Adela con sus palabras, con tantas teorías a medias, con sus extravagantes imágenes y retorcidas metáforas. Incluso Amaya, que la conocía íntimamente, se perdía a veces en las disquisiciones fantasiosas de su amiga. Aquella noche Adela no había cumplido con sus propósitos, pero eso tampoco resultaba una novedad. Adela jamás terminaba sus proyectos, era algo muy propio de ella y a nadie le sorprendía ya.

- Voy a dejarlo –cortó su propia disertación, tal vez porque ni a ella la estaba conduciendo a ningún lado. O porque ya había llegado a su destino. Miró el cigarro y lo lanzó por el balcón, sin importarle quién pudiera recibirlo allá abajo, en las profundidades de las calles alicantinas-. Esta vez lo digo en serio. Esta noche ha sido la última. Estoy cansada de sentirme una apestada. Estoy cansada de estar a millones de kilómetros, a pesar de parecer estar aquí al lado, rodeada de vosotros, de los demás.