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sábado, 6 de agosto de 2011

El tiempo de la libélula (VII)

 POR CONNIE MARCHANTE


Condujo a toda prisa, presa de la preocupación y de un ataque inexplicable de nervios. No le había llamado en todo el día, ni un solo mensaje al móvil, nada. Esperaba encontrarse con un enfrentamiento con su novio, seguro que le pediría una explicación a tantas horas de ausencia y, sobre todo, por no haber dado señales de vida. Señales de vida, qué curioso, pensaba, ya que todavía sería capaz de darlas, gracias a que Adela decidió que finalmente no era un buen día para suicidarse. Sofía habría cumplido con los deseos de Adela en aquel momento, a pesar de que ahora, dentro de su coche y con la imagen de Álvaro en su mente, de su enfado y sus exigencias, jamás le habría dado crédito a las locuras de su amiga. En ese momento se hubiera reído en su cara y la habría llamado loca. Porque en el fondo, o no tan en el fondo, Sofía pensaba que Adela padecía algún tipo de trastorno psicológico, que la convertía en el ser fascinante y carismático que era. Le costaba pensar con claridad y se esforzaba por articular una explicación coherente para Álvaro, de por qué tanta tardanza. Ella lo habría exigido de estar en su lugar, sin duda. Cuando llegó a casa, Álvaro estaba sentado en su sofá –el que habían comprado los dos en una feria del mueble hacía quince días- mirándola sonriente, como cada vez que la veía entrar por la puerta. Sofía no pudo evitar sentirse culpable en aquel momento. No había contado con él para nada. Toda su frustración y su desilusión giraban en torno a ella y sus propias circunstancias. Se había sumado a la descabellada propuesta de Adela porque su situación económica, su estabilidad y sus planes, los de ella solamente, se tambaleaban y anunciaban derrumbarse, como un castillo de naipes demasiado alto, amenazado por un golpe de brisa, de mala suerte en este caso.

-          Cariño –comenzó Álvaro- ¿dónde has estado? Te estuve llamando varias veces y no respondías –su tono no era de reproche, ni siquiera había un atisbo de enojo en su voz, siempre suave y comedida-. Ya estaba preocupado, no sabía si llamar a tu madre.
-          No lo has hecho, ¿verdad? –Sofía era demasiado orgullosa como para admitir sus preocupaciones hacía unos escasos minutos dentro del coche. Demasiado fría como para comenzar con una disculpa a Álvaro. Dejó el bolso en el perchero que tenían en la entrada y se encaminó a la habitación para quitarse la ropa y ponerse su pijama. Miró de reojo el reloj que adornaba una de las mesitas de noche y vio que eran más de las doce. Al regresar, Álvaro estaba con la misma actitud cariñosa y condescendiente de siempre.
-          No, pensé que si no estabas en su casa se asustaría y sería peor. Ya conozco suficiente a tu madre, mi vida. – Sonrió. Desde luego, no estaba nada molesto y, lejos de tranquilizar a Sofía, la no-reacción de Álvaro le causaba cierta rabia y resquemor, instalados de forma silenciosa, para no llamar demasiado la atención, en lo más profundo de sus entrañas.
-          Estuve en casa de Amaya, cariño. En realidad estuve con todas las chicas y a Adela se le ocurrió ir a casa de Amaya. Ya sabes que tiene un balcón precioso y bueno, -Sofía estaba acostumbrada a darle falsas excusas a su pareja- finalmente Amaya nos invitó a cenar y a mí ni se me pasó por la cabeza avisarte. Supongo que todo fue tan inesperado y surgió tan de improviso que no me acordé. Lo siento mucho, no quise preocuparte.
-          Bueno, cariño, intenta dejar aunque sea una nota la próxima vez. ¿Te imaginas si tu madre te hubiera llamado a casa y al móvil en vez de haber sido yo? Ahora estaría llamándome desesperada porque su hija habría desaparecido. –La imagen que había formado en su cabeza parecía divertirle un poco.
-          La verdad –admití- es que ni siquiera me lo había planteado.
-          Ese es el problema -concluyó con un tono algo más serio que el resto de la conversación-. Mucho mejor nos iría si nos planteáramos más a menudo las cosas.

Un beso sencillo y suave zanjó la cuestión. Plantearnos las cosas. Medir las consecuencias de nuestros actos. Meditar las propias decisiones y contar con lo que éstas puedan afectar a los demás. Demasiado fácil. Con Álvaro las cosas siempre resultaban demasiado simples. Se fueron a la cama con los ánimos justos para darse las buenas noches y recostarse a dormir, cada uno mirando hacia un lado de la cama. Al día siguiente Álvaro debía levantarse a las cinco y media de la mañana para ir al aeropuerto. Sus viajes de negocios formaban ya parte de su rutina y tampoco es que le desagradaran a Sofía. Le daban mayor libertad de movimientos, la mantenían independiente de algún modo.
En el apartamento de Amaya, desde el otro lado de la ciudad, la noche no había finalizado para el resto de las chicas. Desde que se fuera Sofía a toda prisa, habían tenido tiempo para recoger la mesa y sentarse un rato más en el balcón, esta vez con Víctor. El muchacho todavía parecía estar allí de prestado, sin duda por la tensa situación en que lo había situado su prima. Adela se recostó en un anticuado diván que Amaya guardaba en su habitación. Era una antigua costumbre que Adela lo buscara sin pedir permiso y lo colocara allí, medio empotrado entre las madreselvas. Le gustaba fumar allí, recostada y sintiendo la brisa contaminada de una ciudad como Alicante. Se sentía en paz consigo misma en aquellos momentos, como si el ruido de los coches y las luces confundieran sus sentidos y no la dejaran atender a sus propios sonidos, los de su mente siempre funcionando. Encendió el primer cigarrillo de la noche cuando, al darle la primera calada, se topó con la mirada sorprendida de Víctor. Molesta por las silenciosas acusaciones, no le retiró la mirada, desafiante como era.

-No sabía que fumabas –se justificó el joven al comprobar que era evidente su cara de sorpresa, aunque también podía serla de decepción.
-Sí –contestó Adela, obviando las miradas cómplices de las demás, sobre todo de Ruth, que no perdía un solo detalle de lo que allí pudiera ocurrir-, lo he intentado dejar miles de veces, pero, ya ves.

Nadie dijo más al respecto. No era un tema interesante para el resto, ni siquiera para la propia Adela. Desde comienzos de año se había aprobado la ley anti-tabaco que prohibía fumar en todos los establecimientos públicos, en los bares, cafeterías, en todas partes. Los fumadores se habían  transformado en unos apestados sociales, un motivo más para sentirse arrinconada, puede que hasta censurada. “Me han convertido en un prototipo de sujeto maldito –bromeaba con Ruth de vez en cuando-. Pienso demasiado, critico demasiado, fumo demasiado y, por supuesto, no termino de conformarme. Deberían prohibirme”.
Aquella noche, milagrosamente –o tal vez para alumbrar los pensamientos de los que se encontraban en aquel balcón- se podían ver algunas estrellas, más allá de los edificios y las chimeneas de fábricas y de las luces de neón. Adela las señaló, como haciendo un hermoso descubrimiento del que todavía nadie se había percatado. Volvía a ser ella misma, volvía a delirar, a dejarse llevar por sus ideas, que ahora volvían a mecerla y consolarla.

-Lejos de las leyes y de los miedos –dijo-, unas cuantas estrellas lucen su resplandor sin importarles nada ni nadie. Miradlas, como se recogijan de no tener que estar aquí con nosotros, tan patéticos todos –Víctor volvió a mirarla, esta vez con un aire de reprobación, pero no se atrevió a contrariarla, mucho menos a interrumpir sus discursos, que comenzaban a interesarle de alguna manera, aunque sin razón todavía-. Acompañadas las unas de las otras en apariencia, cercanas, amigas; sin embargo, en realidad se mantienen apartadas a millones de kilómetros de distancia las unas de las otras. Están mucho más solas de lo que jamás podremos estar nosotros y, sin embargo, no les importa. Tal vez porque jamás se den cuenta, porque ellas no lo saben.

En ocasiones nadie sabía a dónde quería llegar Adela con sus palabras, con tantas teorías a medias, con sus extravagantes imágenes y retorcidas metáforas. Incluso Amaya, que la conocía íntimamente, se perdía a veces en las disquisiciones fantasiosas de su amiga. Aquella noche Adela no había cumplido con sus propósitos, pero eso tampoco resultaba una novedad. Adela jamás terminaba sus proyectos, era algo muy propio de ella y a nadie le sorprendía ya.

- Voy a dejarlo –cortó su propia disertación, tal vez porque ni a ella la estaba conduciendo a ningún lado. O porque ya había llegado a su destino. Miró el cigarro y lo lanzó por el balcón, sin importarle quién pudiera recibirlo allá abajo, en las profundidades de las calles alicantinas-. Esta vez lo digo en serio. Esta noche ha sido la última. Estoy cansada de sentirme una apestada. Estoy cansada de estar a millones de kilómetros, a pesar de parecer estar aquí al lado, rodeada de vosotros, de los demás.

El tiempo de la libélula (VI)

  POR CARMEN JUAN ROMERO

- No es nada -fingió. Todavía no estaba segura de qué iba a hacer. Ni siquiera sabía cómo había podido ocurrir. No iba a decirles sencillamente “tranquilas, es que estoy embarazada, se me pasará en unos nueve meses”, así que tiró de algo que no era más que un añadido que en otro momento no habría tenido ni la mitad de importancia -. Sólo me ha pillado por sorpresa. Hace años que Víctor y yo no nos vemos, apenas hemos hablado desde... En fin, y ahora se planta aquí, sin avisar, a decir que se queda conmigo hasta que acabe el maldito máster que ni siquiera ha empezado aún. Pero qué morro.
Hablaba sin parar de moverse, gesticulando con las manos, como si hablara sola y tratara de autoconvencerse de aquello. Caminaba en círculos, balcón arriba, balcón abajo. Estaba nerviosa y procuraba evitar los ojos de Adela. Ruth y Sofía seguían sus paseos con la mirada, pero no buscaban nada más allá de la agitación que le producía a Amaya hablar de su familia. Sin embargo, Adela la estaba taladrando con aquel negro sin fondo de sus ojos, y la anfitriona no podía disimular que estaba huyendo de ella. Aquella conexión que había entre las dos no siempre era algo cómodo de soportar. Por norma general, era Adela quien evitaba estas situaciones, porque no era fácil para ella quitarse la máscara delante de nadie, y ese nadie incluía a su mejor amiga, pero esta vez las tornas habían cambiado. De pronto, sin previo aviso, Amaya se paró en seco y se giró para quedar de cara a sus amigas y poder señalarlas con un dedo acusador.
-      - Y encima llegáis vosotras con esa tontería de que os vais a suicidar o no sé qué, diciendo que no habéis venido porque me echabais de menos, no, que sólo queréis un balcón del que saltar al vacío y acabar con todo. Cobardes -se le quebró la voz al pronunciar la última palabra, por eso se detuvo a tomar aliento antes de repetirla a modo de sentencia-. Cobardes.
Adela se levantó, se acercó a ella y negó con la cabeza. No se lo creía. Es decir, sí se lo creía, pero sólo en parte. Su primo había llegado arañando una fibra que ellas no se habían atrevido a tocar hasta entonces. El tema de su familia estaba protegido por una cúpula de cristal milimétrica que podía estallar con sólo rozarla, y sus amigas habían aprendido a respetar las circunstancias. Aquella era la primera vez que veían, e incluso que oían hablar de alguien que compartiera la sangre de Amaya, y no había sido de una forma demasiado ortodoxa. Y además estaba preocupada por ellas, su grupo de amigas chifladas que se había plantado en su piso con la intención de matarse. Era normal que se lo hubiera tomado mal. Pero no era eso lo que le ocurría. En menos de cinco minutos había experimentado al menos dos cambios fugaces de humor. Había algo más, algo suyo, tan personal que ni Adela podía intuir. Se dio cuenta de que nunca habían estado tan lejos una de la otra. El abismo que aportaban las largas miradas en silencio de Adela era ahora insalvable y no era por su causa, sino por la de Amaya. Quiso ponerle las manos sobre los hombros y tranquilizarla con un “no pasa nada”, como en los primeros tiempos de instituto, cuando a Amaya todavía le afectaban explícitamente las molestas rimas de sus compañeros, pero no se movió, se limitó a pedir sin palabras una respuesta que no le fue concedida.
-         - Vale, oye, no pasa nada –se adelantó Ruth, acercándose también pero guardando una distancia mayor. No quería interrumpir, pero se sentía culpable por haberla asustado-. Aumentaremos el plazo, si quieres. Tienes un mes, un mes entero para convencernos de que merece la pena seguir pateando el mundo cada mañana –y después, en un arranque inesperado de cariño, acercó su mejilla a la de su amiga aparentemente para besarla, pero en lugar de eso susurró unas palabras más -. Confío en ti.
Amaya se separó un poco de ella y dejó entrever media sonrisa sincera que barrió la tensión que se había acumulado sobre sus cabezas. Aquel último comentario la había animado un poco. Sinceramente no creía que fueran a suicidarse, pero sí las veía muy capaces de ello si lo hacían juntas. Igual que todo. Los amigos permanecen unidos, pase lo que pase. Pase lo que pase. Ese pensamiento estuvo flotando en su mente durante unos minutos, haciéndola sentir mejor.
-          - Y ahora llama a tu primo y haz que suba. ¿O le vas a dejar en la calle, como un vagabundo?
-          Sólo por hoy.
-          - Sólo por hoy –asintió Adela -. No tienes ninguna obligación, pero no puedes dejarle esta noche ahí. Es tarde, ahora ya no va a encontrar otro sitio.  

Amaya bajó a la calle a por Víctor y ellas contemplaron la escena desde el balcón donde le habían confundido con un poeta hacía un par de horas. Fingió que no la había visto llegar, y cuando ella le tendió la mano para ayudarle a levantarse del suelo se le iluminó la cara. Arriba, las chicas reían. Al final acabarían llevándose bien, seguro.
-          - A ti te ha gustado ese chico –espetó de pronto Adela, observándoles cruzar la calle.
Ruth contestó rápido, por inercia, aunque nadie había aclarado si el comentario iba dirigido a ella:
-         - Qué va –se había sonrojado un poco, pero siempre le pasaba cuando se trataba de cosas así. Sus amigas eran mayores que ella y evidentemente tenían más experiencia en temas interpersonales. Ella aceptaba a la gente nueva con facilidad, sin pensar en nada más, y las demás se burlaban a menudo-. No. Parece simpático.
-         - Venga ya –la voz de Sofía llevaba tanto tiempo sin sonar que ambas se volvieron accionadas por el resorte de la sorpresa-. A todas nos ha gustado.
Oyeron llegar a Amaya y a su primo, que se deshacía en agradecimientos. Ella le pedía que parase, y le dejó claro que sólo era un favor.
-          - Mañana coges tus cosas y te buscas un piso o un cuarto o lo que sea. Aquí no te quedas.
-          Está sonando un teléfono.
-          - No me des largas. Mañana te vas –Amaya se estaba arrepintiendo de haber aceptado y se preguntaba si no podría echarle de nuevo a la calle, a dormir a la intemperie.
-      - No, joder, Amaya –se indignó él, poniendo los brazos en jarras-. Es en serio, ¿no lo oyes? ¡Chicas, un teléfono!
Ellas volvieron a entrar al salón. Era el móvil de Sofía. Se puso a rebuscar dentro del bolso enorme que había traído y cuando por fin lo encontró habían colgado.
-         -  Mierda. Se nos ha hecho tardísimo, tengo que irme.
Se había quedado pálida. ¿En qué estaba pensando? Había llegado allí para tirarse de un cuarto, sin pensar en nada más, porque el trabajo estaba mal, porque la economía estaba mal, porque el país y el mundo se estaban yendo al garete y les habían parecido motivos suficientes para querer bajarse del barco. Y había dejado el resto apartado a un lado, sin miramientos. Álvaro y planes de boda incluidos. Ahora él había llegado a casa y la había llamado, como solía hacer cuando no la encontraba allí, para preguntar si la esperaba para cenar. Se despidió sin muchos aspavientos y se marchó prometiendo que las telefonearía al día siguiente.

viernes, 5 de agosto de 2011

El tiempo de la libélula (V)

 POR VÍCTOR FERNÁNDEZ MOLINA

 Capítulo II


El incesante repicar del roce de tenedores y cuchillos con los platos cubiertos de comida se convirtió en una banda sonora que acompañaba el silencio incómodo de aquella extraña cena. Sobre la mesa, una vajilla común sobre la que se extendían diferentes improvisaciones culinarias que poco tenían que ver con un estilo definido: una ensalada aliñada, unos platos de embutido, una tabla de quesos, unas mini-quiches, mojama, hueva, y unas almendras saladas surtían los estómagos de los comensales silenciosos. Habían pasado ya 15 minutos desde que se sentaron a la mesa y nadie había dicho ni una sola palabra de lo sucedido aquella misma tarde, así que Amaya, la anfitriona, decidió dar el primer paso:

- Bueno, ¿nadie me va a explicar todo esto?- rompió en mil pedazos el armónico tintineo de tenedores y platos- Quiero decir que, no me llamáis en un mes y de repente aparecéis aquí para, ni más ni menos, suicidaros. Supongo que será una broma de mal gusto.

- No es ninguna broma –replicó Adela sin levantar la vista del plato.

- Sí, es algo que queríamos hacer desde hace mucho tiempo –continuó Ruth con una voz casi inaudible.

- ¿¡Pero es que os habéis vuelto locas!? ¿Qué sois? ¿El club de las suicidas? ¿Y encima en mi casa? –gritó Amaya dando un puñetazo sobre la mesa

- Prima, no seas tan dura con ellas – le interrumpió Víctor

- Y tú, cállate. Gorrón. No te mereces ni el plato que tienes delante. ¿Cuántas veces has venido a visitarme en estos últimos años? – ahora el objetivo de la furia de Amaya era su esperpéntico primo.

-Vale, es cierto. –intentó defenderse éste- Nunca había venido a verte. Pero tú también siempre has estado apartada de la familia. Desde que fallecieron tus padres…

-¡Ni se te ocurra mencionarlos! –le gritó Amaya para acabar con este renglón torcido de su conversación con nosotras-  Más te vale acabar la cena y buscar un sitio donde quedarte, porque te aseguro que aquí no será.

Víctor bajó la mirada, dejó el tenedor y apartó el plato. Se levantó de la silla y con un “que pasen una buena noche, señoritas” salió del salón para encaminarse a la puerta de la casa y desaparecer.

-¿Y bien? –volvió a retomar el tema una vez que el chico se fue.

Adela y Amaya cruzaron una larga e intensa mirada. Era una de esas miradas que transmiten conocimiento, que hacen que dos almas se toquen para hablar y revelarse secretos sin mediar una sola palabra. Ruth y Sofía se miraban perplejas. Aquellas dos amigas desde la infancia siempre habían tenido ese tipo de conexión, algo más fuerte que cualquier relación sentimental o de amistad. Era química neuronal en estado puro, un estado avanzado de la evolución humana. Ruth, que había llegado mucho después, parecía comprenderlo y callaba cuando sucedían ese tipo de escenas; A Sofía, sin embargo, parecía  darle mucha envidia no poder tener una relación así con nadie en este mundo. De pequeñas siempre estaban juntas, como dos hermanas que se pelean por la misma muñeca pero luego se dan siempre un abrazo de buenas noches. Adela había participado cuando era adolescente en algunas de las humillaciones de Amaya pero, a pesar de ello, siempre estaban juntas y compartiéndolo todo. Lo que había entre ellas era algo demasiado especial como para poder describirlo con unas cuantas palabras.

- Verás Amaya –habló Sofía para interrumpir de nuevo el silencio, aunque sabía que en realidad ellas estaban ya hablando con los ojos- en realidad es muy sencillo. Mira como está el mundo. No tenemos nada, y lo peor de todo, cada vez tendremos menos. Se nos exige más y más para conseguir los mismos resultados que nuestros hermanos mayores o nuestros padres. Somos prácticamente basura. Y lo que se avecina es mucho peor. Lo pensamos muy fríamente. ¿Por qué sufrir todo esto? ¿Por qué vivir bajo el yugo de toda esta sociedad que nos lleva una y otra vez al fracaso? Tú siempre te lamentas de no haber nacido en el S.XIX. ¿Por qué no acabar con esto? Pero ya que lo íbamos a hacer, lo haríamos con clase.

- Acabar con todo de un plumazo es siempre la última posibilidad –continuó Ruth mientras Amaya intentaba asimilar la veracidad de estas palabras –y no siempre sale bien. Créeme que sé de lo que hablo. Pero en realidad no hay muchas más salidas actualmente. No deseo vivir en un mundo que me hace sufrir una y otra vez hasta la extenuación.

- No podéis suicidaros –dijo Amaya muy seriamente –todavía hay muchas cosas por las que luchar. Sí, la vida es una mierda. Pero esa no es razón suficiente para tirarse desde mi balcón. Las cosas pueden cambiar. Las cosas van a cambiar. Es una verdad universal.

-No vas a convencernos. –musitó Adela mientras se llevaba un trozo de hoja de lechuga a la boca- Tal vez hoy no es el día, pero lo acabaremos haciendo dentro de poco. Contigo o sin ti, puedes pensártelo.

El silencio volvió a la mesa, como un invitado más que molesta con sonoros discursos que a nadie interesan pero a todos obnubilan. El silencio dando golpes en el vaso con una cucharilla de postre para llamar la atención se levantaba una y otra vez de su silla para proponer un brindis por la letra “h”, por el sonido del vacío, por las ondas paralizadas y por la sordera. Los mayores solían decir siempre que cuando se hacía el silencio en una mesa era porque había pasado un ángel. Ellas hacía tiempo que no creían en esas cosas. Algunas de ellas, como Amaya o Sofía, se habían vuelto tan ateas como el propio Lenin y todas aquellas pamplinas religiosas de los padres les daban simplemente repulsión.

-Está bien –finiquitó el tema Amaya- dadme una semana. Si en una semana no os logro convencer de que aún hay motivos para seguir luchando, podréis tiraros desde ese balcón.

Se levantaron todas de la mesa y fueron hasta el balcón. La brisa fresca de la noche alicantina les acariciaba las mejillas como un baile sensual de manos invisibles. El mirador era amplio, hermoso, lleno de plantas y flores coloridas donde el color predominante era el morado. Había una enredadera coronando la entrada y una madreselva ocupaba la práctica totalidad del ala izquierda. Una mesa de hierro forjado con una losa de piedra encima rodeada de un epítome de sillas del mismo diseño, antiguo pero no viejo, centraba el poco espacio libre que allí quedaba. Era un jardín mágico en medio de la ciudad, el lugar preferido de Amaya para sentarse y leer. Allí había pasado largas horas con sus padres cuando era pequeña, escuchando historias sobre héroes y leyendas maravillosas que su padre se inventaba a la luz de la luna mientras tomaba una copa. Habían sido unos padres maravillosos, pero Amaya les guardaba rencor por haberse ido de este mundo sin haberle dado ni siquiera la oportunidad de despedirse. Aún le quedaban demasiadas historias que escuchar de su padre y demasiados abrazos que recibir de su madre. Pero ella sabía que nunca los recibiría, porque la vida es así.

-¡Allí está Víctor!- dijo Ruth señalando al portal de enfrente.

En efecto, allí estaba el pobre estudiante amante de los insectos. Sentado en el portal de enfrente, fumándose un cigarro tras otro sin saber donde ir ni qué hacer. La gente pasaba por delante de él como si fuera un perro acostado guardando la tumba de su dueño, fiel, pero solitario.

-Deja que vuelva, Amaya –le rogó Ruth con un destello en los ojos, como aquellas niñas que quieren un juguete que han visto en el escaparate o se han encontrado un cachorro húmedo en la calle. En realidad, Ruth y Víctor eran demasiado parecidos como para no caerse bien.

-¡Es un caradura! –objetó Amaya- Lleva aquí prácticamente unas horas y me ha vaciado la nevera, se ha bebido mi whisky, se ha colgado al teléfono durante media hora y me ha recomendado… ¡un decorador! ¡a mí!

-Amaya, ¿qué te pasa? –repuso Ruth con mirada extraña- Tú no eres así. Tú siempre lo das todo sin esperar nada a cambio, y hoy nos has chillado y has tirado a alguien de tu casa.

-Sí, es cierto, aquí hay algo que no cuadra –confirmó Adela.

Todas la miraron inquisitivamente, como si a través de su piel pudieran ver una frase escrita en tinta invisible que les dijera lo que le pasaba. Amaya por su parte miraba al vacío, aunque cualquiera diría que estaba vigilando a su primo para que no le ocurriera nada, porque ese instinto de protección tan suyo debía seguir ahí. Sin embargo, no era así. A partir de aquel día Amaya sería mucho más egoísta no porque lo quisiera, sino porque debía serlo. Debía cuidarse porque una palabra, una sola palabra, transformó su realidad completamente hacía tan solo unos días: “Embarazada”.

miércoles, 3 de agosto de 2011

El tiempo de la libélula (IV)

 POR CONNIE MARCHANTE

Aquella situación era cuanto menos inverosímil. Las chicas eran incapaces de pronunciar palabra aunque, sorprendentemente, Amaya parecía la más extrañada de todas ante la presencia del poeta.

-     Desde luego… -dijo al fin, acompañándose de un ademán de rendición- Estáis todas mal de la cabeza.
-         Bueno –interrumpió Adela impaciente- ¿Vas a explicarlo o nos lo seguimos imaginando? A este paso nos montamos una peli de ciencia-ficción… ¡Regreso al Romanticismo! Eso sí… nos falta el Delorean.- Sus ojos, siempre vibrantes y más expresivos que cualquier otra parte de su cuerpo, reflejaban algo parecido al enfado aunque no se trataba de eso; quien la conocía sabía perfectamente que lo que le ocurría a Adela es que no soportaba la incertidumbre.
-   Si es que no hay nada que explicar.- Amaya cerró la puerta de su piso, que hasta ahora había permanecido abierta, y se acercó hasta el joven sonriente. Desde luego, se notaba de lo más entretenido con la escena que se había improvisado en apenas unos minutos.- Os presento a Víctor. Es mi primo; llegó anoche de Madrid y no tengo mucho más que contar salvo que pretende quedarse en mi casa mientras hace un máster de no sé qué pero, vamos, que esta misma noche se larga.

La noticia de que Amaya tuviera familiares era casi más inquietante para sus amigas que la de que Gustavo Adolfo Bécquer pudiera haberse reencarnado para buscar a su mayor admiradora sobre la tierra. Sin embargo, seguían demasiado impactadas por el enorme parecido con la famosa pintura que le hiciera su hermano al eterno poeta del romanticismo tardío. Paradójicamente y contra todo pronóstico, este hecho innegable no había impresionado lo más mínimo a Amaya, que no estaba dispuesta a aguantar gorrones en su casa.

-      Encantado –la voz de Víctor era profunda y varonil aunque debilitada por un carácter que se adivinaba demasiado tímido. Se mantuvo en el umbral de la puerta que daba al balcón, apoyado en el marco, las manos metidas en los bolsillos en todo momento. Se le notaba nervioso, puede que incluso algo incómodo. Seguramente el hecho de tener a un cuarteto de curiosas no era para menos, tampoco.
-       ¿Vais a contarme por qué tanto alboroto y qué hacíais tocando el timbre como si lo quisierais fundir? – Amaya retomó la conversación sin darle un segundo de tregua a su novedoso familiar.

Sin ponerse de acuerdo, Ruth y Sofía miraron a Adela, como si un mecanismo automático de defensa se hubiese activado. Ella solía ser quien daba las explicaciones más importantes (y de vez en cuando también las menos), aunque en esta ocasión la joven no pareció reaccionar inmediatamente ante las demandas silenciosas. Se había dejado caer sobre uno de los sillones desgastados que adornaban la entradita del apartamento de su amiga y miraba al joven como si hubiera un cristal que la protegiera, como si hubiera dibujado una línea imaginaria entre ella y él, que ninguno de los dos pudiera traspasar. Sin apartar la mirada dijo, al cabo de unos segundos:

-          Hemos venido porque pretendíamos tirarnos desde tu balcón.

Amaya la miró fijamente. Cualquiera de las otras chicas hubiera dado lo que fuera por adivinar qué se le estaba pasando por la mente a la estrafalaria profesora de universidad mientras se sumergía en la profundidad de los ojos de Adela, siempre serenos, siempre en llamas. No era sorpresa, desde luego. Se conocían desde hacía muchos años, quizá alguna de las dos ya había pensado que demasiados, pues siempre habían sido objeto de comparaciones. La cerebrito y la carismática, la marginal y la líder, la triunfadora y la que se tuvo que conformar, la que siempre tuerce su camino y a la que le tocó el camino torcido. Adela anhelaba en silencio la suerte profesional de Amaya y ésta deseaba tener la locuacidad y carácter de la primera. Siempre había sido así, desde antes de ser amigas incluso; algunos años antes de ir a la universidad, ya sabían la una de la otra gracias a las comparaciones que de ellas se hacían.

-          Y bien… ¿quieres suicidarte todavía, Adelita?

A Adela le gustaba que la llamaran Adelita; le recordaba un tiempo lejano y siempre mejor. Por supuesto, esto no lo admitía abiertamente y sólo Amaya tenía el permiso para agregar un diminutivo a su nombre. Las demás no se atrevían; no era fácil alcanzar este tipo de cercanía con Adela, sobre todo por la imagen de chica fuerte y decidida que siempre les había transmitido. Como por resorte, Adela sonrió al escuchar a su amiga. Sin duda era su amiga, a pesar de que Amaya hubiera conseguido cumplir los sueños que sólo ella había soñado -el puesto en la universidad, el reconocimiento, los ensayos publicados y las conferencias aplaudidas-, a pesar de que estuviera viviendo con desgana una vida que le había surgido casi por casualidad, por la que ella lo hubiera dado casi todo. Según los rumores, esa precisamente había sido la clave de su fracaso: el “casi” que no había sido capaz de ofrecer, aunque ella nunca había querido explicar nada al respecto.

- No –continuó sonriendo, extendiendo su mirada al resto de las que allí estábamos, expectantes por lo que vendría a continuación.- Me temo que hoy no es un buen día para suicidarse.

En aquel instante Adela les pareció algo así como un cachorrillo perdido, uno de esos gatitos que tienen los ojos muy abiertos y, sin embargo, no están seguros de estar vigilándolo todo como debieran para sentirse seguros por completo. Eran raras las ocasiones en que se quedaba desprotegida, sin su coraza natural. Ahora Adela dejaba de ser la líder de aquel grupo para volver a ser una profesora de lengua y literatura de secundaria más, de las que se quejan por la pérdida de plazas en los institutos o por las reformas que se plantean en las nuevas oposiciones, una persona normal como Ruth o Sofía; incluso menos, porque ella todavía era profesora interina y se dedicaba las más de las veces a sustituir a otros profesores que se habían dado de baja médica por diversas cuestiones. Sofía siempre pensaba que no tenía sentido el hecho de que ella, teniendo mucha menos nota en la media del expediente académico, tuviera una plaza fija desde hacía dos años y que Adela siguiera deambulando por los mundos de dios. Pero ella, Adela, era así: siempre predecible y cambiante, una fuerte debilidad, una infructífera inteligencia, una absurda genialidad desaprovechada, una chica carismática e insignificante en la sociedad, una vibrante serenidad de trémula templanza, en definitiva, una contradictio in terminis hecha mujer. Sin embargo, eso no le preocupaba demasiado, no temía ser quien era; lo que realmente odiaba es que alguien más se diera cuenta de la verdad, de cómo era realmente. Y Amaya no solamente la conocía, sino que además lo sabía todo de ella.

-          Entonces, habrá que buscarle un sentido a esta visita inesperada- sonrió la nueva anfitriona.- Podríais quedaros a cenar. Y de paso –disparó una mirada  entre burlesca y desafiante a su primo a quemarropa- recomendarle a Víctor algún lugar donde pueda quedarse estos meses que va a estar en Alicante, así se evitará tener que estar preguntando en la calle durante horas.- A continuación y sin perder nuestra atención ni un solo momento, se acercó a Ruth poniéndole una mano sobre el hombro, en un exceso de cariño al que claramente no estaba acostumbrada- Vamos, niña, tienes que lavar y desinfectarte esa herida. 

Ruth, agradecida por el inesperado gesto de bondad de Amaya, la siguió en silencio hasta el baño donde se guardaba el botiquín. Sofía, que no le había quitado el ojo al invitado sorpresa, aprovechó para conocer un poco más del tal Víctor, al que apenas habían escuchado pronunciar dos palabras. La mayor de las amigas planeaba su boda desde hacía más de seis meses con su novio de toda la vida, Álvaro, y necesitaba experimentar alguna sensación que le recordara que seguía siendo una mujer joven y deseable. Desde luego, sus planes de compromiso no eran un obstáculo para conocer al primo de Amaya ya que, aún dejando de lado que podría tratarse de una pasajera reencarnación de Bécquer, el muchacho desde luego le resultaba muy atractivo y, a juzgar por su apariencia, podría ser apenas un par de año mayor que ella.

-          ¿Y tú, Víctor… -comenzó torpemente la conversación, desde luego no tenía la soltura de hacía unos años- a qué te dedicas? Lo único que sabemos de ti es lo que ha dicho Amaya, que vienes para estudiar un máster…
-          Sí, un máster en Entomología ambiental aplicada. Soy entomólogo, ya ves, nada que ver con vuestro poeta, me temo – no pudo evitar que se le escapara una leve carcajada, sin duda por el recuerdo de la confusión que había causado en las muchachas- Perdona, ¿tú te llamas?
-      Sofía –dijo mientras notaba cómo toda su sangre se instalaba en el pequeño espacio que ocupaban normalmente sus mejillas. Por primera vez disponía de toda la atención del muchacho y se había enfrentado al verde chispeante de sus ojos-. Perdónanos, es cierto que ninguna de nosotras se ha presentado. Esta de aquí es Adela y la chica más joven que ha acompañado a Amaya se llama Ruth…
-          Sí, la accidentada –dejó la sonrisa olvidada en el balcón donde había permanecido todo este tiempo para acercarse y sentarse en un lado del sofá, al lado de Sofía y frente a Adela-. Lamento muchísimo lo ocurrido con la maceta, de verdad. Estaba apoyado, intentando convencer a mi prima para que me dejara quedarme esta noche y creo que me pasé con los aspavientos, debí golpearla sin darme cuenta. En cuanto salga Ruth le pediré disculpas.

Hablaba despacio, con calma, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo para contarles cualquier cosa que se le cruzara por la mente. Era un hombre joven, ahora que Sofía estaba más cerca no era capaz de echarle más de treinta y dos años. Su cabello ondulado y la forma de la barba eran las de Bécquer, sin duda, aunque su particular color de ojos le delataba como alguien distinto. No es que fueran unos ojos verdes, no unos ojos verdes cualesquiera; eran aquellos ojos verdes que Bécquer soñara y describiera en una de sus más famosas leyendas.

-    Seguro que no ha sido nada.- Adela, como siempre interrumpiendo las corriente de pensamiento de su compañera, pareció despertar de su letargo para inmiscuirse en la incipiente conversación- ¿Y qué bichos pretendes estudiar en una ciudad como Alicante? No creo que este sea muy buen lugar para un entomólogo…

Al parecer eso era todo lo que Adela había encontrado de interesante en Víctor. Que se dedicaba a los bichos. El muchacho se dirigió a ella con un semblante alegre, casi entusiasta, como dando a entender que iba a dar una explicación de lo más emocionante, al menos para él.

-          Bueno, tal vez no lo recordéis, pero en Alicante hubo hace unos meses un suceso relacionado con los “bichos” –pareció subrayar la palabra que había utilizado Adela para nombrar a su queridísimo objeto de estudio- de lo más interesante. Resulta que por el mes de octubre una plaga de miles de libélulas inundó vuestra ciudad y llenaron balcones y ventanas, siendo un espectáculo que jamás se había producido hasta la fecha. Esto se debe a un cambio climático que hizo a las libélulas agruparse y cambiar su rumbo natural para buscar zonas acuáticas más cálidas donde puedan poner sus huevos.
-    Recuerdo las libélulas –Adela había cambiado su actitud por una cada vez más interesada en la conversación, cosa que parecía molestar a Sofía más de lo que ella habría deseado-. Yo estaba de camino a un pueblo que está a unos noventa kilómetros al sur de Alicante y me topé con un ejército de ellas por el camino. Rodearon mi coche porque ocupaban prácticamente toda la carretera. Lamenté que mi parabrisas chocara con algunas. Me gustan las libélulas.
-          Pocos saben que el tiempo de vida de la libélula tal y como la conocemos o la hemos visto la mayoría de ocasiones, en realidad, es un tiempo de transición- Víctor se había olvidado de todo y de todos, ensimismado en sus explicaciones entomológicas o en los ojos y la boca de Adela, no era posible saberlo-. Las larvas de libélula sobreviven dentro del agua y necesitan de mucho tiempo para poder desarrollarse. Una vez que logran respirar fuera del agua, convertidas en libélulas, han de encontrar un tallo al cual aferrarse para sufrir otra transformación. Es el imago el último estadio del desarrollo de este insecto, su conversión en adulto. Imagínate, es algo formidable…
-       Sí, es como lo que nos está pasando a nosotros en este momento –interrumpió Adela, que hablaba como si estuviera en otro lugar, puede que en alguna dimensión lejana-. También estamos en un tiempo de transición. Acabamos de salir del agua y apenas estamos respirando un aire que nos resulta extraño, venenoso, un aire contaminado que nos duele dentro del pecho porque todavía no nos hemos acostumbrado a alimentarnos de él. Volamos a tientas, buscando nuestro lugar, pero los tallos están lejos y aún no somos capaces de llegar a ellos. No somos imagos, insectos adultos capaces de defenderse gracias a la experiencia y la fortaleza de su propia naturaleza; no somos larvas protegidas por el agua poderosa, ajenas a los males del amenazante mundo exterior.
-   ¿Pero qué dices, Adela? Desvarías un poquito cuando te dan esos bajones que te dan. – Sofía quiso interrumpirla, desacreditarla, romper su halo de genialidad inspiradora y retomar la conversación de alguna manera.
-        No me entiendes, Sofía. Somos libélulas, no, no quiero decir eso literalmente –sus ojos llameaban con fuerza, cuando se ponía así era imparable-. Lo que ocurrió con las libélulas fue como una señal de nuestro tiempo, una metáfora de nuestro estado… eso es… vivimos el tiempo de la libélula.

El tiempo de la libélula (III)

POR CARMEN JUAN ROMERO

Adela miró a Sofía como si quisiera decirle algo, quizá uno de esos comentarios tan naturales y tan suyos, un "¿tú eres idiota?" que no llegó a pronunciar. Devolvió la mirada arriba y dejó caer el cigarrillo, consumido ya. Sencillamente no podía ser, y sin embargo Ruth, que se había incorporado muy lentamente, como con miedo a que se repitiera algún ataque, rompió el silencio, su aliento agitado todavía, y empleó aquella voz solemne que sólo conseguía de forma inconsciente.

-  Es él.

Y con dos monosílabos las convenció de que aquello imposible estaba sucediendo. Sólo ella era capaz de hacer algo así, de obligarlas a creer con un par de palabras. Quizá se debiera a que era la más joven y también la más ilusa, a que conservaba casi intacta esa irracionalidad inocente de los niños chicos que ellas habían guardado en el último cajón de sus roperos. No había despegado los labios en todo el trayecto, y las demás sabían a qué se debía. Tenía miedo. Del mundo cambiante, de sus amigas suicidas y sobre todo de sí misma, que había caminado hasta allí callada, arrastrando los pies pero sin rechistar. Y lo había hecho porque creía deberles a las demás una fidelidad que ni siquiera las otras, las adultas, las de la vida resuelta a medias y las mentes amuebladas, se habían jurado jamás. Pero al fin y al cabo ella había entrado en el grupo de rebote, sin habérselo propuesto ni haber tenido tiempo para evitarlo.
Cuando Adela la trajo por primera vez al grupo parecía un pollito mojado y asustadizo. La joven había sido su profesora de Literatura española en la universidad, en calidad de becaria de investigación. Aquel primer día, Ruth se sentó en el borde del sillón, procurando ocupar el menor espacio posible. Temía equivocarse, decir algo fuera de lugar, quedar en evidencia ante un grupo de mujeres inteligentes que habían decidido aceptarla entre sus filas sin siquiera preguntar de dónde había salido. Adela había aprendido a la fuerza a seleccionar meticulosamente a quién abrir la puerta del círculo más cercano, y el resto supo de inmediato que con aquella alumna-lapa de segundo de carrera no había errado. Aunque llevaba ya un año con las chicas, todas ellas profesoras, seguía acobardándose de cuando en cuando, pero todavía no había cumplido los veintiuno, y fue, gracias a los posos de adolescencia inconsciente y kamikaze que la universidad aún no había limpiado, la primera en reaccionar ante el ataque verde del literato fantasma.

Caminó de puntillas entre los pedazos de macetero. Llevaba las sandalias manchadas de tierra húmeda y uno de los trozos de barro le había hecho una pequeña herida en el pie. Adela, repuesta del susto, le preguntó si se encontraba bien y ella asintió mientras se acercaba al portal para volver a llamar al timbre. Sofía oteó de nuevo el balcón de Amaya. Ya no había nadie. Fuera el poeta muerto novio de la infancia de su amiga o un simple fontanero peinado a la antigua, su cabeza flotante había desaparecido. 

-  Chicas, arriba. Ya no está. 

Ruth pulsó el botón de nuevo, con insistencia, y no dejó de hacerlo hasta que oyeron cómo alguien descolgaba el telefonillo. 

-  ¿Quién es? 

Se miraron perplejas. Amaya estaba en casa. Sofía y Ruth habían llegado a pensar que tal vez había entrado un ladrón, porque conocían a prácticamente todos sus amigos y no le habían reconocido. Ella no era, que dijéramos, una chica con mucho éxito entre los hombres, y lo máximo a lo que solía aspirar era a tomar café con ellos y hablar largo y tendido acerca de novelas viejas, difíciles de encontrar.

-    Abre, niña, somos nosotras. 

Subieron los cuatro pisos que las separaban de ella deprisa a pesar del mal estado de las escaleras, impacientes por desvelar el misterio del hombre con perilla. La propietaria de aquella ruina de piso nos esperaba con la puerta abierta y sonrió al vernos llegar. Amaya podía conmover a cualquiera que supiera leer la dulzura de sus sonrisas, pero lo cierto era que sus amigas no estaban para encandilamientos de ningún tipo. Adela esquivó el abrazo y entró sin saludarla, directa al balcón. 

-  ¿A qué vienen esas caras? –preguntó Amaya, extrañada. Era obvio por su expresión que realmente no tenía ni idea de a qué se debía tanto alboroto. Ruth la besó en la mejilla y pasó al recibidor mirando a todas partes -. ¿Qué les pasa? 

Sofía se limitó a devolverle la sonrisa que aún no había borrado del todo y a encogerse de hombros. Antes de que Amaya pudiera formular otra pregunta, oyeron a Adela gritar desde fuera.

-   Aquí no está.
-  ¿Quién?
- Bécquer –Amaya se giró asombrada hacia la benjamina, con las cejas tan levantadas que por un instante la pequeña Ruth pensó que más tarde tendría agujetas por el esfuerzo.
-   ¿Quién? Bécq… ¿Qué?
-   Gustavo Adolfo, el poeta. Bécquer. 

La resolución de Ruth helaba la sangre. Estaba tan seria y lo decía con tanta convicción que parecía factible que el escritor estuviera allí de verdad y que fuera a salir a saludarnos en cualquier momento. Sofía sacudió la cabeza al ver que Adela volvía al salón con las palmas hacia arriba y que Ruth continuaba plantada delante de nosotras, absolutamente segura de lo que acababa de decir.
 - Nos ha parecido verle asomado a tu balcón –intentó aclarar Sofía, y las palabras que salían de su boca se le antojaron ridículas ahora -. Cayó una maceta y… -señaló el pie sangrante de Ruth y ella levantó una mano para restarle importancia.
-   Pero ¿cómo iba a estar alguien muerto el siglo pasado en mi casa? ¿Os habéis vuelto locas? 
Alguien se movió al otro lado del pasillo. Una silueta de rizos despeinados caminó hasta el umbral del salón y les saludó con un tímido “hola” casi imperceptible. Llevaba las manos en los bolsillos y tenía la cabeza ladeada, como si estuviese presenciando una escena curiosa.
-   ¿Ah, no? ¿Y entonces este quién es?

lunes, 1 de agosto de 2011

El tiempo de la libélula (II)

 POR VÍCTOR FERNÁNDEZ MOLINA



Amaya era la amiga rarita que todo el mundo tiene. Ese tipo de chica melancólica y postmoderna que se pasaba el día suspirando de pena por haber nacido en el siglo equivocado. Todas la llamaban “la cucaracha” en tono despectivo por su manía de vestir siempre de negro, pero para ella eso no era una ofensa: era un estandarte de su personalidad. Sin embargo, era especial. Lo que le faltaba de cordura y habilidades sociales lo suplía con un gran corazón. Era capaz de dar su propia vida por el bienestar de los demás. “Soy una mártir” se decía a sí misma en multitud de ocasiones, para después con una sonrisa prestarte sus últimos cinco euros para que cogieras un taxi mientras ella se iba caminando a su casa del centro, a la luz de las anaranjadas farolas de la ciudad.

Vivía, o mejor dicho malvivía, sola. Era otra de las componentes de todo el grupo de amigas que había alcanzado la independencia, pero por una razón trágica, como todo en su vida. Sus padres murieron en accidente de tráfico cuando sólo tenía 14 años, heredando así una considerable indemnización económica, proveniente del seguro, y una casa vieja, aunque con unas medidas que ya no se encontraban en el mercado, en el epicentro cultural y económico de la ciudad de Alicante. Vivió con unos tíos hasta que cumplió los 18 para, justo el día de su cumpleaños salir dando un portazo y meterse en aquel piso tan oscuro lleno de recuerdos. Pero de eso ya hacía mucho tiempo, y aunque una herida semejante siempre sigue palpitando, ella había conseguido pasar un par de páginas y continuar con su vida.

Su casa era una muestra más de su particular personalidad. Las paredes estaban forradas con páginas y páginas de libros antiguos que compraba en librerías de viejo, y sobre ellas, numerosos cuadros con dibujos en acuarela que ella misma pintaba, donde se podían observar escenas de sus novelas favoritas: uno de los infiernos de La divina comedia de Dante Alighieri, la resurrección del primigenio destructor en La llamada de Cthulhú, la horripilante escena final de El gato negro de Edgar Allan Poe, o, como no, La cruz del diablo de Gustavo Adolfo Bécquer, amen de varios retratos de este viril y hermoso autor que los reservaba para, lo que ella denominaba su “rincón personal”. Esa obsesión le venía desde pequeña. En el colegio, y está mal que yo lo diga, hacíamos corrillos al grito de “Amaya tiene un novio muerto, Amaya tiene un novio muerto” o “Si tu novio está muerto, deberías matarte para estar con él ¿no?”, y la más repetida “Amaya la rara y su novio muerto se comen la tierra de los cementerios”. Eran cosas de crías, que pueden alcanzar un nivel de maldad insospechado. Aunque la verdad es que no sabían ni qué decían. La sorpresa vino a todos después cuando, un día, llegando a clase de literatura en BUP y al abrir el libro los compañeros encontraron toda una lección sobre Bécquer con su retrato en la primera página del tema. Una de las chicas se atrevió a levantar la mano y a preguntarle a Trini, la profesora:

- Profesora. Este hombre está muerto ¿verdad?

A lo que Trini, o mejor dicho la “quebrantahuesos” como la llamaban los chicos de la clase, contestó:

-Usted, señorita, debe tener menos cerebro que una ración de gambas al ajillo.

Todos rieron como se esperaba, excepto la que lo preguntó, que se quedó pensativa intentado procesar el insulto (o tal vez halago, según se mire) que le habían proferido. Desde entonces Amaya se sintió respaldada por el entorno académico y adquirió una especial devoción por la literatura, no sólo por la del Romanticismo, sino por todas las letras españolas.  Estudió filología, y como todos los filólogos, se hizo profesora, para, entre otras cosas, defender a aquellos alumnos que como ella sufrían el abuso de sus compañeros por tener unas características intelectuales fuera de lo común. Desde entonces su vida estuvo siempre ligada a la literatura y a la docencia, hasta el punto que la nombraron profesora adjunta de la universidad el mismo año que se licenció. Era, lo que en círculos universitarios se denomina, un cerebrito, pero, eso sí, un cerebrito mal pagado.

-En serio, últimamente parece que estás en la parra, Sofía –volvió a interrumpir el fluido de pensamientos Adela- ¿Has oído una sola palabra de lo que te he dicho?-

-Sí –contestó la joven muy seriamente- vamos a tirarnos. No lo pensemos más.

Estaban eufóricas, como si hubieran tomado una droga excitante. No había planificación en sus actos, no había racionalidad. Era una oportunidad de acabar con todo. En realidad puede que llevaran deseándolo desde hace tiempo, pero nunca se habían atrevido a dar el paso. Nadie lo había pronunciado y ya se sabe que nada existe hasta que no se dice, hasta que no surge de unos labios y la idea, hecha sonido, es asumida por los demás a través del oído. Más de una vez habían fantaseado con la idea de ahogarse en el mar como Alfonsina Storni (una de esas autoras que le gustaban a Amaya) o inflarnse a ketamina para que les provocara un paro cardíaco, pero siempre había una razón para seguir viviendo. Ahora no. Todo se estaba acabando. En unos meses estarían en la calle, sin trabajo y sin dinero, tendrían que volver con sus familias, con la cabeza gacha y aceptando todas las recriminaciones que sus respectivos padres les hicieron cuando decidieron salir. Volver era una derrota, una cruel derrota y la única solución a una derrota es la muerte. No cruzaron una palabra más. Se miraron fijamente a los ojos. Ruth y Sofía casi podían escuchar los pensamientos de Adela diciendo “ya era hora de que te decidieras”, a través de sus ojos negros. Con aquella radical determinación, lo dejaron todo como estaba y salieron de allí en dirección a la casa de Amaya, aquella casa que después de muchos años se convertiría en algo muy importante para ellas.

Llegaron al portal de su anticipado destino y tocaron dos veces al timbre. Así Amaya las reconocía siempre. Pasaron varios minutos. Adela fumaba con más intensidad. Era como ver una locomotora de vapor a pleno rendimiento. Volvieron a llamar. Nada. Era como si se la hubiera tragado la tierra. Tal vez era una señal. Tal vez ese día no era un buen día para morir. Un crisol de sentimientos se mezclaron en el interior de Sofía, ya que había sido la que había apoyado sin pensar demasiado la propuesta de Adela. La responsable de aquella escena y de las siguientes, las últimas. Por un lado sentía frustración por no poder llevar a cabo todos sus planes, por otro había una pequeña parte de su alma que todavía quería seguir viva.

- Mierda. No está –dijo Adela arrugando la nariz mientras le daba otra calada a su cigarrillo.

-Deberíamos irnos –contestó Sofía intentando disimular todo el nerviosismo que recorría sus huesos.

-No… ¡No! Hemos dicho que íbamos a hacerlo y lo haremos. ¡A tomar por culo! Esperaremos aquí toda la tarde si es preciso –gritó Adela para hacer ver que ella era la voz cantante.

Y, súbitamente, un golpe a su lado con un estruendo tan brutal que las hizo saltar a las tres, y a gritar como si fueran las protagonistas de una película de terror, estalló en mil pedazos. Era una maceta que había caído de uno de los balcones. Ruth había caído al suelo ya que el impacto resultó demasiado cercano a su posición. Miraron hacia arriba para nombrar a la familia de la persona que había tirado aquella arma vegetal recubierto de loza. Había una cabeza asomada justo donde estaba el balcón de Amaya. Estaban dispuestas a hacer un recital de recuerdos de mal gusto para su familia viva y muerta cuando, de repente, Sofía agarró a Adela del hombro, presa del shock. No podía creer lo que veían sus ojos. Aquella no era Amaya. Ni siquiera era una mujer. Poco a poco sus labios se fueron poniendo de acuerdo con sus neuronas alucinadas, sus cuerdas vocales y sus pulmones para, finalmente, decir en una voz minúscula: “¿Ese no es Gustavo Adolfo Bécquer?

viernes, 29 de julio de 2011

El tiempo de la libélula (I)

 POR CONNIE MARCHANTE


Capítulo I

 
Aquel caluroso día de comienzos de agosto se retransmitió por radio y televisión la noticia que recogía la decisión del presidente del gobierno de adelantar las elecciones generales, reduciendo así su tiempo de mando en el poder. Fue entonces cuando Adela se dio cuenta por primera vez de que estaba viviendo tiempos extraños y difíciles. Qué tiempos no lo son, habrían dicho muchos si hubieran sido capaz de escuchar los pensamientos de la nueva generación que se incorporaba al estado de crisis nacional. Ésta parecía una estrategia del gobierno para quitarse de encima la incómoda  tarea de aprobar unos presupuestos paupérrimos a comienzos de nuevo año. Así que, planteando el abandono para el mes de noviembre, soltaron la bomba en pleno verano, cuando la voluntad, las neuronas y las almas deambulan tranquilas, adormiladas por los efectos del calor y el peso de nuestra cultura hispánica, pícara y despreocupada de todo lo serio e importante.
  En realidad, estos jóvenes que ahora salían al mundo nunca habían tenido la certeza de experimentar una situación política complicada y, hasta ese momento, ni siquiera habían sospechado que estos meses todo su entorno podría estar siendo amenazado, que realmente todos estaban abocados a un cambio, no necesariamente positivo.
  Ni a Adela ni a sus amigas les gustaba pensar demasiado en su verdadera situación. Tal vez por eso se negaban a analizar lo que estaba claro desde hacía más de un año, porque preferían no estar enteradas de lo que se les venía encima. Evitaban tener que leer las señales que ahora se amontonaban en sus cabezas. Bastante drámatica resultaba una situación así, ya de manera natural, como para encima estar sustentada por datos objetivos y demostrables. Sin embargo, aquella mañana la amenazante historia de sus vidas les dio en las narices sin darles tiempo a cerrar la puerta.
  Adela fumaba en el balcón, lamentándose de su mala suerte o de su falta de fortuna por completo y de que todo lo malo le tenía que ocurrir a ella, justo en el momento en que florecía su independencia. Un trabajo, un coche, una casa... palabras que no dejaban de ser imágenes borrosas en un cuadro abstracto y que ella fingía anhelar a toda costa. "Vivimos tiempos abstractos" le bromeaba Ruth a modo de consuelo, aunque la otra joven era incapaz de sonreír mientras las visiones de una vida no realizada colgaban de los rizos desordenados que invadían su prodigiosa cabeza.

- No es justo, Ruth... piénsalo fríamente. No es justo. - Adela exhalaba nerviosa el humo azul de unos cigarrillos extranjeros. Sofía y Ruth la acompañaban aunque ninguna de las dos aguantara demasiado bien el olor del tabaco, cada día más desprestigiado por las nuevas leyes. Pese a ello, las acompañantes estaban convencidas de que nadie podría fumar aquel tabaco como lo hacía su amiga. Era un regalo que su padre le había traído, casi en secreto, de uno de sus viajes para asistir a conferencias de Medicina.- Nuestros padres lo tuvieron difícil, bueno- continuaba mientras el humo la envolvía creando una ensoñación digna de nuestro siglo- todo el mundo lo ha tenido más o menos complicado en la vida... pero, ¿y nosotras? A nosotras se nos quita la oportunidad de luchar. A nosotras no se nos permite siquiera entrar en la batalla. - Y luego la que tenía la fama de "dramática" era yo, pensaba mientras la escuchaba declamar sus frustraciones.

Estaban en casa de Sofía tomando un café. De hecho, ella era una de las componentes de aquel curioso grupo de amigas que había tenido la suerte -o la desgracia- de ser propietaria hipotecada de un piso de nueva construcción; los últimos de una era ya pasada, la de la “burbuja inmobiliaria”. Era una chica que a pesar de no haber cumplido todavía los treinta estaba llena de deudas. La casa, el coche y hasta los planes de boda. Sus amigas la envidiaban algunas veces por esa condición, novedosa para ellas, aunque Sofía estaba convencida de que las más de las veces agradecían en secreto no haber cometido sus errores. La televisión sonaba de fondo desde el salón y la anfitriona se limitaba a ser una espectadora silenciosa del cambio de época, queriendo formar parte de aquella generación extraña sólo por el hecho de no sentirse completamente ajena, definitivamente sola. Suspiraba y las miraba como si, entendiendo cada una de sus palabras, no encontrara las suyas propias, las que sirvieran para apoyar su teoría o para rebatirla, otorgando algo de esperanza al rumbo de la conversación. Se quedaba sentada en su propia casa como si también hubiera acabado allí por casualidad aquella mañana, como si fuera una invitada más. Afortunadamente, sus amigas la conocían y sabían cómo funcionaban las cosas con ella. Sofía se limitaba a participar con su silencio, llenándolo de todo el significado del que era capaz. Les hablaba con la mirada: "Estoy con vosotras, soy una más". Nunca resultó demasiado buena como anfitriona, pero siempre se lo perdonaban.

- En serio, esto es una mierda. - Adela tendía a romper las divagaciones de las demás con algún tipo de exabruptos desalentadores. De repente daba una calada más y sonreía como si volviera de un sueño magnífico y quisiera compartirlo de inmediato.- ¿Y si nos tiramos juntas por el balcón de Amaya y acabamos de una vez por todas?