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viernes, 9 de diciembre de 2011

Geminis

CUANDO Malena llega a casa, despacio para no molestar a los vecinos que ya duermen desde hace horas, se da cuenta de que esta noche se ha pasado un poco. Tambaleando con los tacones en la mano se dirige a su cuarto, ni siquiera se le pasa por la cabeza quitarse el maquillaje. La mañana del sábado ya se anuncia a través de su ventana; para evitar el nuevo día e ignorar que el mundo sigue girando -sin importarle lo que ella haya estado haciendo mientras-, baja las persianas.
     Andrea llegó casi a las cinco de la mañana, pero aún las calles estaban oscuras y las farolas defendían la tranquilidad de una ciudad donde nunca pasa nada. Lo primero que hace es dejar sus cosas sobre el mueble que hay en la entrada y comprobar que todo está tal cual ella lo había dejado antes de marchar. Entra en el baño y mientras se desnuda y se desmaquilla se mira atentamente en el espejo. Después de todo no acertó con aquel vestido tan largo. Es bajita y apenas se luce en él... Le hubiera gustado maquillarse de otro modo pero tampoco es que sepa sacar partido a su belleza natural, al menos a su juventud -está segura de poseer eso-. ¿Estuvo con la misma gente y escuchó la misma música? Por un momento lo ha olvidado, es como si hubiera estado allá sola ¿Acaso alguien se enteró de que ella había estado en aquel lugar?
     A Malena le cuesta poco quitarse la ropa, quizá por lo escaso que es su vestido, desabrocha los corchetes y lo deja caer al suelo sin la más mínima compasión. La temperatura de su cuerpo la tienta a desechar el pijama y algo extraño parece retenerla antes de meterse en la cama; será que no tiene sueño. Camina por su habitación y todavía disfruta del vaivén de sus caderas, nota su ritmo incansable, se sabe joven y fuerte. El espejo le sonríe y le susurra entre las sombras que también es muy bella. El calor casi es insoportable pero no quiere subir las persianas, la luz del día podría recordarle donde estuvo... con quien... ¡y eso pasó hace ya tanto tiempo!
     Cuando se mete en la cama, Andrea no puede dormir, piensa que ha vivido una noche más, que no se rindió, que estuvo allí, siendo como es y formando parte de eso que buscan todos pero que ella no termina de encontrar. ¿Qué le faltó? No lo sabe. No comprende el mundo en que vive y se limita a dejarse arrastrar... Se quedó mirándolo, intentando decirle con la mirada lo que jamás se hubiera atrevido a pronunciar, deseaba tanto que alguien se le acercara. Que él le hubiese sonreído al menos. De repente, la madrugada de ese viernes, siendo las cinco de la mañana del sábado siguiente descubre que algo ha cambiado. Se siente incompleta en la cama. Una parte de Andrea quedó perdida entre la gente que la había estado rodeando, tocando, poseyendo aunque ella en todo momento sentía que nadie podía alcanzarla. Tan lejos ahora del ruido sólo le quedaba el silencio, unas horas de oscuridad y el sueño, pero ¿qué soñaría? Algo había ocurrido, pero ¿qué? En realidad nada. Y ahora estaba tan perdida... tan equivocada...
     Malena se deja caer, sus sábanas la acarician y su cama se convierte en un barco, en una alfombra mágica que la puede llevar a cualquier parte, se convierte en rama de un árbol, está colgada en ella y casi puede sentir una brisa; ¿de dónde vendrá? Una gota de sudor resbala desde sus pechos hasta el ombligo. Ella siente el recorrido y pasados unos segundos descubre una sonrisa maliciosa nacida de sus labios, quién sabe desde cuándo. Se le ha pasado por la cabeza que tal vez ese sudor no le pertenezca. Se da la vuelta y abraza la almohada, no se ha dado cuenta de que un trocito lo tiene entre los dientes. "Malena, Malena quién fuera tango..." Las palabras recorren su cuerpo que todavía se estremece al recordar aquella voz. Sí, su piel tenía memoria, y ella -ahora tumbada en la cama, sola- ella era un tango, era acordeón y piel y rabia y pasión y violín y mirada y vuelta y un paso atrás, porque había que saber cómo bailar... cómo llegar a Malena.
     No queda noche que transcurrir cuando caen rendidas al sueño. Pronto llega la hora de salir del cuarto, vuelta a la vida diurna y formal, después de unas horas de malsueño y poco descanso acalorado. A las dos les espera el café y la prensa de diario. Cuando vuelva a caer la noche, querrán salir de nuevo, cada una por su lado. Pero la oscuridad todavía no ha llegado, aún la luz del sol inunda la realidad y ellas no están preparadas para emprender otro viaje. Ahora, en este momento, no se arreglan ni se preocupan demasiado para estar por casa porque hace tiempo que viven, salen y piensan solas, las hermanas. Cuando se encuentran, la una le pregunta a la otra qué tal se le dio la noche. "Como siempre", suele ser la respuesta.




miércoles, 7 de diciembre de 2011

Aire

Soñé que era aire,
que por un momento,
un tiempo inexacto,
pude ser libre
y volar escapando,
transformada en palabras,
por siempre de tus labios.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Las culpas

Es culpa tuya que todas las lunas 
griten tu nombre con luz muerta. 
Es culpa mía el saber que 
esta noche hay luna llena.

viernes, 28 de octubre de 2011

Frío

Tengo frío. 
El aburrimiento 
y la soledad 
me arropan 
pero no me 
abrigan. 
Será que ellos 
no saben, 
de lo templado.

domingo, 23 de octubre de 2011

La voz dormida

Anoche vi en el cine La voz dormida, película basada en la homónima novela de Dulce Chacón. No cuenta una historia particularmente distinta; recoge un testimonio más de la posguerra española, tal y como pudo hacerlo en su momento La lengua de las mariposas o Las trece rosas. Sin embargo, lo hace con una especial atmósfera de feminidad que me ha convencido. La fotografía de la película es maravillosa, algunas imágenes se te agarran al alma. Los juicios a "los rojos" y el papel de la Iglesia a través de las monjas, desgarradores. Una llega a temer a su propio país cuando tiene en cuenta que no ha pasado tanto tiempo desde aquello. Por encima de la historia y técnica cinematográfica, hay algo que me ha gustado mucho más: los ojos de María León en los primeros momentos del filme, tan inmensos y tan perdidos. Sufrimiento y lágrimas asegurados, para qué nos vamos a engañar, porque lo que cuenta -lamentablemente- no es ciencia ficción. Y la memoria, sea propia o ajena, siempre duele.

viernes, 21 de octubre de 2011

Ha vuelto esta mañana,
y me ha llenado de
esta angustia que no cesa,
oscura, envolvente
y espesa.
Cae de nuevo sobre mí
su presencia,
que es soledad,
no saber cuándo ni dónde,
que es pura oquedad.
Me pesa esta nada.
Vuelve con un nuevo ciclo.
Me destroza su calma.
Ha regresado como una
vez se marchó, sin avisar.
Se conjuró con él la luna.
Ya se ha instalado en el
recoveco de mi más
profunda intimidad.
Ha deshecho las maletas y
ha borrado las hazañas.
Ha roto los sueños, la claridad.
El silencio. Se ha quedado
con todas mis palabras.

martes, 4 de octubre de 2011

La felicidad (Ganador del II Premio Internacional de Microrrelatos "Caja Ávila")

"Pide un deseo". Dijo el genio de la lámpara al apuesto
muchacho, que quedó en pensativo silencio. "Pero sólo
tienes uno y no habrá marcha atrás, así que asegúrate
bien de lo que quieres".
El joven, sin embargo, parecía seguro de su petición. Había
estado soñando con tan gran oportunidad toda su vida y
había meditado largamente cuál habría de ser su mayor
deseo.
"Yo anhelo ser feliz por siempre". Dijo enérgica y
claramente. Y fue justo entonces cuando el genio cumplió
con lo formulado.
Convirtió al muchacho en un hombre terriblemente
conformista, insensible y estúpido.

sábado, 17 de septiembre de 2011

De la esperanza y otros males

En realidad no hay necesidad de complicar la circunstancia que nos envuelve, de malograr los propios planes, de desviarse del camino de cuando en cuando, de empeñarse en las cosas que no se consiguen. En realidad no hay necesidad porque todo puede ser mucho más simple y sencillo. Fácil. Conocemos el bien y el mal, ya nos lo enseñó la Historia, la cultura, el peso de la propia vida. Conocemos nuestros defectos, aunque los callamos por vergüenza o por decoro. Entendemos vagamente que éste es un tiempo prestado. Lo sabemos y nos consolamos durante un instante pensando que la vida es corta y que podemos disfrutar de las pequeñas cosas. Lo estás pensando ahora. Sin embargo, ¿por qué será que, aunque en realidad no haya necesidad, y siendo conscientes de ello, realmente necesitamos complicarlo todo siempre, seguir buscando lo que no se alcanza, no contentarnos, mantener el deseo encendido de algo más que no ha de ocurrir? La esperanza, lo comprendo ahora, es el más terrible de los defectos.

El bucle vital

Todo final contiene a su vez un comienzo y todo comienzo tiene, irremediablemente, un final. Por tanto, podríamos pensar que estamos atrapados en círculos conectados que no nos llevan sino al primer momento, al jamás recordado, a la oscuridad primera, a la nada. Y, sin embargo, seguimos creyendo que avanzamos a algún lugar.

La herencia del escritor

Las lecturas que realizamos a lo largo de nuestra vida se convierten en raíces-venas que recorren nuestro cuerpo hasta la misma punta de los dedos con que tecleamos las historias.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Todo por un sueño

Despuntaba el alba fría y blanca. Sus ojos alegres saludaron al nuevo día; su corazón, joven e inquieto, latía dispuesto a emprender la mayor aventura de su vida. Había llegado el momento de cumplir lo tantas noches planificado, tan anhelado y ahora inminente. Todo estaba listo y él dispuesto. Subió corriendo a lo más alto del monte más cercano a su casa. Inspirado por la brisa de las alturas, que acariciaba y desordenaba alegre sus cabellos, abrió los brazos, rodeados por el mágico artilugio diseñado por él mismo y sintió cómo, levemente, su cuerpo se iba dejando llevar por las corrientes de aire. Sin apenas darse cuenta, penetraba por vez primera en las nubes: se alejaba. Volaba. La sensación fue sublime, la satisfacción inmensa, su ambición infinita.  Ícaro comenzaba a cumplir su gran sueño.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Los planes


Al comienzo, como todo cuando nace,
eran pensamientos, anhelos desbocados.
Luego, poco a poco, llegaron los planes
y, como en un juego, comencé a anotarlos
y ahora ya son letra, mientras te pienso
en este extremo del sofá lleno de silencio.

Podríamos regresar a los días lejanos
en los que me descubrías con el atardecer,
encendidas las miradas, mientras bailamos
-siendo tú el artista que sujeta el pincel-
Gloomy Sunday desde cualquier terraza
y que mi falda se tiñera de la luna perlada.

Veríamos El lado oscuro del corazón,
 y que Benedetti recite “No te salves”,
abrazados los dos en cualquier rincón,
mientras te susurro al oído mis planes,
y que sonrieras mientras nadas en mis ojos
y que me besaras ahogando los sollozos.

Quisiera volver a tener entre mis dedos
tus cabellos desordenados en mi almohada,
tus labios suaves y ardientes de deseo,
el tacto de tus manos recorriendo mi espalda,
las últimas palabras de aquel amor prohibido
que por tener que pronunciarlas, las perdimos.

viernes, 9 de septiembre de 2011

La habitación 35 (Relato ganador del X Certamen Literario IES Los Alcores)


Por Javier García del Olmo y
 Connie Marchante Sáez

Miranda se despertó con un extraño sabor amargo en los labios. Le costaba abrir los ojos por culpa de la diáfana luz de la diminuta habitación. El empapelado amarillento, a pesar de que no parecía muy viejo, creaba un ambiente que en un primer instante consideró bastante sórdido. Tampoco había tenido demasiadas opciones cuando llegó al lugar; ya tenía la habitación 35 asignada –probablemente porque no quedaban más cuartos libres–. No lograba trasladar sus recuerdos al momento en que debió reservarla, porque aquella noche había estado demasiado fuera de sí, como si se tratara de otra persona, totalmente ajena a ella misma.
Apenas podía pensar en lo ocurrido la noche anterior. Lo único que la rodeaba ahora eran las paredes amarillas presididas por un pequeñísimo escritorio, un sencillo armario –donde debía estar guardada toda su ropa–  un anticuado sillón arrinconado y una ventana, adornada a su vez por unas cortinas, que seguro hubieran quedado mejor en la barra de un baño. La cama donde se encontraba, al igual que todo su alrededor, era desconocida aunque, por fortuna, vacía de acompañantes sorpresa. No sería la primera vez que había tenido que dar los buenos días a alguien después de una fiesta desmedida, mientras salía de la cama y comenzaba a vestirse. Desde que había muerto su madre había cometido un sinfín de locuras, a pesar de las continuas reprensiones de su padre y su hermano. Se burló un poco del mal gusto que habían tenido para adornar las habitaciones, que parecían lienzos abandonados pendientes de la inspiración de algún artista frustrado. Las sábanas, blancas y ásperas, propias de un hotelucho de carretera, la invitaban a pegar un salto y correr hacia la ducha que la habría de regresar al mundo real, a la rutina laboral, a la soledad más sentimental, a la angustia de cada día. Sin embargo, la pesadez de sus miembros y el mal sueño de aquella noche la cubrían de una pereza casi abúlica.
Tras unos minutos de lucha con la ropa de cama, que parecía agarrarla por las muñecas y piernas impidiéndole incorporarse y comenzar el nuevo día, decidió rendirse un rato más, porque en realidad se sentía agotada. De todas formas se dio cuenta de que era domingo. ¿Qué necesidad había de madrugar si nadie la esperaba fuera? Miró hacia el ventanuco, que prometía ser el mejor accesorio de la pequeña habitación, y vio que estaba muy nublado, probablemente en breve comenzaría a llover. ¡Menos mal que en el precio no se incluían bellos paisajes que admirar por esa concisa pantalla! La pereza le subía por los dedos de los pies hasta sus ojos, que luchaban en vano por mantenerse abiertos por completo.
Tras algunos bostezos interminables, optó por despejarse un poco desperezándose hasta con violencia. Notó que la noche anterior debió haber sido extremadamente salvaje porque al estirar las piernas le dolía el costado, lo que le provocaba reaccionar con un espasmo inesperado. Cuando por fin pudo abrir los ojos y sentirse despierta, volvió a notar el sabor amargo en el paladar y comprobó que le dolía muchísimo la cabeza; entonces pensó, inmersa en la soledad de la habitación, en qué habría bebido para estar en aquellas condiciones.
Por primera vez desde que había despertado, se preguntó en qué punto de la ciudad, si aún continuaba en ella, podría estar. En el pasillo, más allá de la puerta que hacía juego con las paredes, se podía escuchar el transitar de las ruedas de los carritos o maletas y conversaciones con voz femenina –tal vez las señoras de la limpieza, tan vivarachas e impertinentes–. Miranda volvió a dar un vistazo a su entorno y se sintió como una manchita inoportuna dentro del recipiente perfecta y completamente esterilizado que era su cama. Fue entonces cuando escuchó la voz de una mujer joven hablar de la chica nueva en la habitación 35.
Miranda sonrió; sin duda se trataba de ella. ¿Qué impresión debió causar a los responsables del motel –puede que se tratara de un hostal, quién sabe– cuando llegó a la recepción en aquellas alcoholizadas circunstancias? La nueva de la habitación 35… ¿por cuántas noches habría reservado la habitación? Qué de cosas se hacen sin juicio ni autocontrol. Se le escapó una traviesa carcajada como si estuviera orgullosa de su propia chiquillada. En ese justo momento se abrió la puerta.
-Buenos días Miranda, soy la doctora Fernández. ¿Me reconoces? No te preocupes… tranquila, ssshhhhh… estás atada porque anoche entraste en crisis nerviosa muy agresiva. Estás en el hospital Vistahermosa, en planta de psiquiatría. Tranquila, cuidaremos de ti.
Su cara se tornó pálida y rígida –como una muñequita de porcelana– al escuchar las palabras de aquella señora que decía ser doctora. Aún no pudo salir de su asombro cuando ciertamente comprobó que estaba atada de pies y manos, inmóvil, desconociendo el motivo. Totalmente desorientada, al no saber las razones por las que estaba allí. A pesar de que aquella mujer se le acercó y comenzó con lo que parecía un breve reconocimiento visual, Miranda siguió absorta en la terrorífica realidad que la había golpeado. Nunca imaginó que se vería inmersa en una situación parecida; se consideraba una chica normal –la palabra “alocada” que tanto la había caracterizado ahora le parecía un puñal clavado en el costado, el cual seguía doliéndole–. Había cometido algún que otro abuso propio de su juventud pero nada más. Las condiciones en las que ella había pensado estar no habían sido las peores de su vida, ni mucho menos. Imaginó que tal vez todo aquello era una pesadilla y concentraba toda su mente y esfuerzos en querer despertar; en escapar de aquel lugar, de la mirada de la mujer con la bata blanca que parecía sonreírle… como si la conociera.
-¿Por qué estoy aquí? No entiendo nada. Por favor, dígame cómo he llegado hasta un hospital -rogaba empapada en lágrimas - ¿Es una broma no? Dios mío… estoy soñando… quiero despertar…
-Miranda, tranquilízate. Como te he dicho, ayer sufriste una crisis nerviosa por lo que tuvimos que tomar las medidas oportunas. Descuida, no estarás así por mucho tiempo. Ya has estado aquí otras veces, ¿no lo recuerdas? Yo soy tu médica, la especialista que ha estado al cargo de tu caso… ¿no?
Los ojos de Miranda estaban al borde del espanto y la desesperación, llenos de lágrimas y terror.
- Bueno, bueno – continuaba la doctora– no te preocupes, no pasa nada. Dentro de un rato volveré para evaluar de nuevo tu estado. Mientras tanto, trata de descansar.
Miranda, impotente ante aquella situación del todo increíble, observaba atónita cómo la doctora abandonaba la habitación. No la había visto en su vida; esto no podía estar ocurriendo. Con un golpe seco, casi como un estruendo, la puerta se cerró y Miranda volvió a quedarse inmóvil en la soledad de su habitación. Miraba por aquella ventana que sólo podía ofrecerle un óleo pintado en tonos muy tristes manchados de tenebrosidad; vio cómo algunas aves volaban buscando refugio –ante la amenaza de una inminente tormenta–. Si no se trataba de una pesadilla, probablemente se trataba de un error; eso era, se habían confundido de persona; igual un vecino la había denunciado por montar algún escándalo en la calle. Los especialistas habrían interpretado su tremenda borrachera como una crisis nerviosa. Seguro, seguro que comenzó a decir tonterías sin sentido y la tomaron por loca.
Deseaba que alguien acudiera de nuevo para poder explicar, reuniendo toda la tranquilidad posible para no parecer inestable, todo aquel terrible malentendido. Sin embargo, tuvieron que pasar unas larguísimas horas para que el pomo de la puerta volviera a gruñir de manera silenciosa. Para su sorpresa, la figura que se proyectaba a través del cristal semi-opaco de la puerta anunciaba a una persona totalmente diferente a la doctora. Apenas pudo pronunciar palabra cuando apareció en su habitación un hombre joven, de aspecto descuidado y que no debía tener mucho más de veinte años. Era su hermano pequeño.
-¡Álvaro, que alegría que seas tú! No sabes lo mal que estoy en este lugar horrible. Dime, ¿qué es lo que está pasando? ¿Te han llamado? Álvaro, créeme tiene que haber sido una confusión, esto es un error, ayúdame… Sácame de aquí…
Miranda trataba de incorporarse intentando buscar refugio en su hermano. No podía hablar más porque las lágrimas inundaban su garganta, obligándola a toser y respirar de forma entrecortada. Tras cerrar la puerta, Álvaro la miró atentamente con cierto aire de preocupación. El muchacho, en contra de los deseos de su hermana, no dijo ni hizo nada. Se sentó en el pequeño butacón que se encontraba en uno de los rincones de la habitación y se tapó la cara con las manos. Seguramente no había esperado encontrarse a su hermana en aquellas circunstancias y la situación lo había desbordado; probablemente estaba llorando como ella.
-Álvaro, no recuerdo a esa doctora… Fernández dice que se llama. Ella dice que me ha tratado antes, que no es la primera vez que estoy aquí. ¿Te lo puedes creer? –dijo Miranda con una risa nerviosa, casi histérica. Durante algunos segundos el silencio volvió a envolver de frialdad la habitación; la joven temblaba y no se había percatado de ello hasta entonces. Escuchó entre sollozos por primera vez las palabras de Álvaro, que había destapado su rostro, libre de lágrimas o cualquier gesto de dolor.
-Miranda, tanto papá como yo estamos contigo. A partir de ahora no te abandonaremos jamás– dijo sin parpadear. La mente de Miranda se quedó bloqueada con aquella respuesta, demasiado ambigua, demasiado inquietante. ¿Acaso su hermano no había escuchado ni una sola palabra de lo que le había estado contando? ¿Tal vez estaba soñando que hablaba con su hermano pero en realidad era todo producto de su mente? ¿Acaso había tomado alguna droga en mal estado que la había conducido sin remedio a la locura?  Álvaro hablaba de su padre pero ella no lo veía por ningún lado. Sollozaba y los temblores eran casi espasmos, así que pensó que, ante todo, tenía que tranquilizarse; si venía la doctora la sedarían, no la dejarían salir jamás de la habitación 35. Álvaro se quedó callado en el butacón, como hundido por el cansancio de quien ha librado una gran batalla y la ha perdido finalmente.
 Como si fuera capaz de leer los pensamientos, la doctora Fernández entró pocos minutos después en la habitación de Miranda para seguir evaluando su estado y así poder llegar a un diagnóstico más acertado. Tenía un semblante serio, no saludó ni a la paciente ni a su hermano, sino que se colocó inmediatamente al lado de la cama, tomando el pulso de Miranda y su temperatura. La chica callaba mientras hacía el mayor esfuerzo por parecer serena y racional. 
-Espero que estés un poco más calmada, así las cosas serán mejor para ambas –dijo después de comprobar que la tensión de la muchacha era la correcta. Miranda miraba a la doctora fingiendo que ya no estaba preocupada. También miraba a Álvaro esperando a que él dijera algo que la ayudara a salir de aquella incomprensible situación, pero el joven prefirió quedarse callado y esperar a que la doctora hiciera su examen.
-Señora yo le aseguro que no estoy desequilibrada. Tal vez me encontraron en unas circunstancias… negativas, pero no estoy… loca– en aquel momento Miranda no tenía palabras que explicaran el posible malentendido. Todo sonaba mal en aquella habitación. Decidió demostrar su cordura centrándose en las preguntas de la doctora, deseando obtener, a su vez, esa información que tanto ansiaba y nadie era capaz de otorgarle.
-Miranda, ¿recuerdas algo de lo que sucedió anoche? – inquirió la doctora Fernández. Pero Miranda no sabía qué contestar; tan sólo miraba en la dirección que estaba su  hermano Álvaro, esperando una respuesta por su parte, cosa que tampoco ocurría. Entre la decepción y el miedo, sabiendo que aquello era algo que debía resolver por sí misma, contestó que no recordaba nada de lo que había ocurrido, como si algo o alguien lo hubiera borrado de su mente.
-Es normal, no pasa nada. Es habitual que en algunos casos un shock post-traumático inicie un pequeño periodo de amnesia en la persona. –La doctora sacó una jeringuilla de su bolsillo y le aplicó una inyección sin interrumpir su discurso.– Descuida, será temporal; ahora te estoy inyectando un calmante para que duermas. – El efecto de la droga fue inmediato, dejando a Miranda dormida aunque aún inquieta.
Después de un tiempo sin determinar, las manchas grisáceas que la habían acompañado desde por la mañana, comenzaron a descargarse de manera suave pero constante durante los primeros minutos. El viento se levantó, provocando que la lluvia se estrellara contra el cristal. Miranda, desconsolada, sin respuestas y ya casi sin esperanzas miraba cómo las pequeñas gotas se deshacían ante aquel duro enemigo y resbalaban hasta perderse en el marco inferior de la ventana.
La tormenta empeoraba por momentos; el golpeteo de la lluvia contra el cristal era fuerte y sonoro; el viento enfurecido soplaba ráfagas de aire que parecían estar interpretando una canción nueva y cada vez más oscura. Mientras, en el interior de la habitación número 35, Miranda se compadecía en pesadillas de sí misma, deambulando una y otra vez por los pasillos de un psiquiátrico. Tanto era el tiempo que llevaba en la misma postura que lo que antes era dolor en su cuerpo ahora era un profundo cosquilleo, ya que apenas notaba las extremidades que debían haber quedado dormidas con el paso de las horas. Al despertar, comenzó a sentirse mareada, probablemente por los efectos del medicamento que le habían inyectado. Con los ojos aún turbios y desenfocados por el llanto, por fin pudo atinar –sin adivinar cómo había llegado hasta allí– a ver a su padre frente a la ventana, de espaldas, susurrando una canción que cantaba cuando Miranda era apenas una niña de tres años.
-Papá, ¿eres tú? No te he oído entrar. -La cara de Miranda pareció teñirse con algo parecido a la felicidad- Por lo que me dijo Álvaro pensaba que no vendrías…
La imagen de su padre seguía frente a la ventana, inmóvil y sin mostrar señales de cansancio alguno mientras Miranda, todavía atada a la cama, intentaba descifrar el enigma en que se había transformado su vida. Las drogas que le habían suministrado le impedían pensar con claridad. Tan sumergida estaba en sus pensamientos que no advirtió que su padre se había sentado en la cama y había cogido su mano, apretándola levemente, sin dejar de cantarle aquella nana. Junto a su padre, Miranda nada más pudo hacer que llorar amargamente en silencio.
La cara de la joven se asemejaba a las condiciones meteorológicas que había en el exterior: sus ojos húmedos por las lágrimas, la cara sombría por la tristeza y un aire rancio que envolvía la habitación la hundieron por completo. “Tú no tienes la culpa”, Álvaro volvió a resonar en los oídos de Miranda que, inmóvil, seguía mirando por la ventana.
-Quisiera saber si estoy loca, porque sólo busco una respuesta y nadie me dice nada.
La voz de Miranda, que rebotaba chillona en la soledad de las horribles paredes amarillas, sonó patética, tal vez porque su creciente debilidad la empujaba a creer que realmente merecía estar allí. Cerró los ojos, dejándose llevar por el cansancio una vez más.
Pasó el tiempo, imperceptible, y al despertar, comprobó mirando a través de la ventana que la noche estaba ya fijada en el cielo y que la tormenta parecía haber amainado. Cuando quiso volver la vista a su padre, éste ya no ocupaba el sitio donde había estado antes. Miranda, rota por el dolor, todavía luchaba por sobrevivir a todo lo que había ocurrido en ese día tan extraño; un día que ni en sus más terribles pesadillas podría haber imaginado. A pesar de que la oscuridad parecía reinar fuera de aquel mundo amarillo que la encerraba, la doctora Fernández volvió a aparecer por la puerta.
-Buenas noches, Miranda. Espero que hayas podido descansar hoy; di órdenes severas a las enfermeras de que nadie te molestara.
-No creo que le hicieran mucho caso doctora –dijo Miranda con cierta inseguridad -. Es cierto que ninguna enfermera vino a molestarme… pero sí permitieron que viniera mi familia.
-Miranda, lo que dices no tiene sentido. Tu situación es muy delicada y no es posible ninguna visita, menos de tus familiares. ¿Quién dices que ha venido?
-No se preocupe doctora, estoy bien –Miranda trataba de justificarse pareciendo lo más tranquila posible–. Lo que padezco puede ser parecido a un grave ataque de ansiedad, una crisis nerviosa como usted dijo, pero necesito la compañía de mi familia; compréndalo también. Estoy deseando salir de este lugar, dejar de ser la chica de la habitación 35; quiero volver a casa. Mi hermano y mi padre me han acompañado, pero conocen mi estado y han sido muy cuidadosos…
La doctora interrumpió inesperadamente las explicaciones, marchándose sin prestar mayor atención a las palabras de la muchacha. Los ojos desorbitados de la especialista al abandonarla espantaron terriblemente a la joven, atrapada en una mueca comparable al peor de los esperpentos. Sin embargo, pasados unos momentos logró calmarse, confiada en que la especialista no pondría una queja en contra de su familia, que no les prohibirían la entrada. Miranda sabía perfectamente que con la ayuda de su padre y hermano saldría adelante mucho antes, que todo iría bien…
*****
Cuando ya ha terminado su turno, la doctora Fernández entra en su despacho. Pareciera que el caso de la muchacha de la habitación 35 le ha afectado algo más de lo normal; es comprensible, ¡es tan joven! Una enfermera encuentra a la doctora sentada frente a su mesa, los codos apoyados en ella y la frente entre sus manos.
-¿Tan grave está la chica de la 35, Cristina?- pregunta la enfermera, que ha trabajado muchos años con la doctora Fernández y la conoce perfectamente.
-Trato a Miranda desde sus doce años. Padece un mal genético que produce paranoias severas –asegura la doctora como en un suspiro de agotamiento–. Lamentablemente sólo afecta a las mujeres de la rama familiar; de eso mismo murió su madre, que fue tratada por el director de este hospital, hace ya unos cuantos años –la leve sonrisa de la doctora deja vislumbrar perfectamente la tristeza de su recuerdo–. Miranda está muy enferma, ahora no es consciente de su gravedad. No sabe que va a quedarse por mucho tiempo en esa habitación. Ni siquiera recuerda que fue ella quien asesinó a su padre y su hermano.

martes, 6 de septiembre de 2011

SONÁMBULA

                                                                                                                        A ti, 
que nunca me 
has ocurrido;
                            que no existes.

Te acercas por la espalda,
silenciosa sombra que me
rodea con sus brazos de
aire profundo y negro,
como la noche
en la que me encuentro.
La oscuridad me protege.
Me cobijo en tu aliento.
La soledad
nos guarda el secreto
de este húmedo e
inesperado momento.
Recorres mi cintura
como un largo sendero
y con tus manos dibujas
espirales que habrán de
clavarse como agujas
en el mismo centro
de mi gravedad.
Es una guerra más de
las que siempre pierdo.
Mi verdugo será esta noche
que se asoma a nuestra cama.
Convulsa danza de piel
contra lamentos, de
calor contra recuerdos
que ya no significan nada.
Ya me llevas todo,
ya te llevo dentro.
De pronto, algo duele
y se quiebra un poco;
el mundo cambia.
Estoy despierta. Abro los ojos.
Y es entonces,
cuando mis sábanas me
cuentan que todo se acaba.
Lejos del sueño, tan sola,
comprendiendo ya el daño,
me atraviesa esta ironía:
cómo es que tu sabor
se halla en mis labios
todavía.

sábado, 27 de agosto de 2011

El tiempo de la libélula (XV)

POR CARMEN JUAN ROMERO


Sofía se despertó abrazada a su novio, a pesar de cómo se habían metido a la cama por la noche y del maldito calor que no remitía ni entonces, cuando empezaba a despuntar el sol. Se levantó con cuidado de no despertarle y fue a preparar el desayuno. Apenas tenía apetito últimamente, cosa que achacaba a los nervios de los preparativos para la boda, y desayunar a las cinco de la mañana no era algo a lo que estuviera acostumbrada, pero en apenas media hora él se marcharía y estaría fuera un par de días, quizá más; se subiría al avión y la volvería a dejar sola y asqueada en aquel piso que ni siquiera le gustaba. Por suerte o por desgracia, aquel sería un día ajetreado para ella, de todos modos, así que quiso que por una vez desayunasen juntos. Así se disculparía también por no llamar y haberle preocupado. El hecho de que ella fuera a mordisquear una tostada sin ganas era irrelevante. Sólo quería sentarse delante de él y mirarle antes de que se fuera, tal vez charlar, aunque eso último no era necesario. Se conformaba con tenerle allí, verle un rato y luego sonreír cuando Álvaro la besara en la sien y le dijera “te llamaré en cuanto llegue”. Y luego volver a meterse en la cama y poner la tele, hacer tiempo hasta que la mañana llegase de verdad y entonces recoger un poco y darse un baño antes de que llegase su madre. Inconscientemente, había organizado su día antes incluso de recordar qué debía hacer.
El olor del café recién hecho despertó a Álvaro y le arrastró hasta la cocina. Él no tenía problemas para madrugar, era cuestión de trabajo y lo llevaba bien. Sin embargo parecía cansado.
-          ¿No has dormido bien? Tienes mal aspecto. Para ser sincera, estás horrible –le confesó sin ningún tipo de reparo Sofía. Hacía demasiado tiempo que estaban juntos como para andarse con chiquitas y era cierto: las ojeras le llegaban a mitad de las mejillas e iban a ser difíciles de disimular; tenía los párpados hinchados y los ojos ligeramente enrojecidos.
-          Yo también te quiero –contestó él, dándole un empujón suave y reprimiendo un bostezo-. Te has pasado la noche entera moviéndote sin parar, ¿cómo quieres que duerma? He estado a punto de salirme al sofá.
Sofía sirvió el café en dos tazas y le hizo un gesto con la cabeza para que se sentase y la dejara hacer. No le gustaba que nadie merodease a su alrededor cuando estaba en la cocina, aunque lo que tuviera en la mano no fuese más que un pedazo de pan con aceite. Cuando hubo acabado, se sentó frente a él, como había planeado, y le observó soplar al vaso.
-          ¿Cuándo vuelves? –la respuesta le daba un poco lo mismo, pero aun así la hizo, más por quebrar el silencio que lo invadía todo a aquellas horas intempestivas que por interés.
-          Cielo, ya te lo he dicho –Álvaro tenía mucha paciencia con ella, y lo demostraba repitiendo una y otra vez la información cuando Sofía no la retenía, lo cual sucedía muy a menudo-. Espero que sea antes, pero el domingo estaré aquí, seguro. Lo prometo.
Ella asintió. Tenía la sensación de que no le importaba lo más mínimo que Álvaro pasara fuera una semana o un mes. Por su cabeza rondaban miles de cosas que no tenían relación alguna con él ni con la boda.
Álvaro apuró su café con prisas y desapareció de la cocina. Ya tenía todo preparado, sólo tenía que vestirse, pero aun así revisó la bolsa de viaje comprobando que no olvidaba nada y echó un par de cosas más que seguramente no necesitaría, por si acaso. Ella se quedó allí sentada, sujetando la taza con las dos manos, sin beber, dejando que el tiempo que les quedaba juntos aquella semana se evaporase y se mezclase con el humo del café.
-          ¿A qué hora viene Teresa? –se escuchó desde el otro lado del pasillo.
Quiso ignorar la pregunta, obviarla y disfrutar del silencio matinal. No tenía ninguna gana de ver a nadie, de ir a ninguna parte. Hizo un rápido cálculo mental, por si aquel repentino mal humor tenía relación con los ciclos lunares. No.
-          Quedé con Gema para que tuviera el vestido preparado a las once –y además tenía que probarse el vestido para los últimos retoques. Esperaba que no tardaran demasiado, no le apetecía subirse a una peana y dejar que una panda de marujas la contemplara y la adorase, le dijera lo preciosa que estaba y lo feliz que iba a ser y lo bien que le sentaba aquel escote, sencillo y austero pero elegante-. Le dije a mi madre que pasara por aquí a las diez, pero conociéndola no sé cómo no se ha presentado aquí ya, a desayunar con nosotros.
Álvaro contuvo una carcajada en la habitación contigua. Su futura suegra era la mujer más agobiante que había conocido en su vida y entendía perfectamente que su novia dijese aquello de una forma tan apática. Imaginaba que no habría sido fácil para ninguna de las dos escoger el vestido juntas, es decir, que Sofía hubiese escogido el vestido que su madre prefería después de mantener una discusión que ambas sabían que no llegaría a ninguna parte. Pero tras el primer disgusto la había encontrado encantada con el modelo. Él, por su parte, no había querido que se lo enseñara en el catálogo, ni escucharla hablar de formas, telas y colores. Prefería que fuera una sorpresa, para deslumbrarse al vérselo puesto el día de la boda. Se asomó a la cocina para darle ánimos:
-          Venga, que sólo te quedan dos pruebas más y habrás zanjado el tema.
-          Ya, pero es que me tiene harta –respondió ella, y era verdad-. Cada vez que piso la tienda, Gema se ríe de mí sin cortarse un pelo. A carcajada limpia. Se lo pasa genial presenciando las disputas madre-hija en directo.
Álvaro se acercó por detrás y la cogió por los hombros.
-          Ni que fueras la primera novia que va acompañada de su madre, mujer. Tiene que estar más que acostumbrada.
-          A ella no.
Y así, con un tono tajante que no daba pie a más discusión, cerró aquella conversación. Poca gente conocía de verdad a su madre. Era cierto que siempre estaba encima de todo y de todos, sobrevolando hechos y personas como un ave rapaz a la espera de que alguien dé el primer golpe a su presa para luego posarse sobre ella y picotear las entrañas, y que aquella condición suya de carroñera era explícita y reconocible, pero nadie sabía como Sofía hasta qué punto disfrutaba su madre con ello.
Álvaro acabó de vestirse y cogió sus cosas. Llevaba una bolsa de cuero enorme para la ropa en una mano, y en la otra sujetaba el maletín con el portátil. Sofía le acompañó hasta la puerta, se dejó besar en la sien como estaba previsto y al despedirse sonrió con sinceridad por primera vez desde que se había despertado.
-          Te llamaré en cuanto llegue.
Ella echó el cerrojo, volvió a la cama y encendió el televisor, pero a aquellas horas no hacían nada a lo que mereciese la pena prestar atención. De todos modos la dejó de fondo para llenar el vacío que había dejado Álvaro al cerrar. Le vino a la mente la noche anterior, la locura que sus amigas y ella habían pretendido cometer y cómo había acabado el asunto, volviendo a casa como si nada, después de haber conocido a un fantasma poeta entomólogo sanador y quién sabe cuántas cosas más que había resultado ser el primo de Amaya. Y la cara de tonta de Ruth. El mal humor aumentó sin avisar y se descubrió apretando los dientes hasta hacerse daño. Le había molestado en su momento y le molestaba ahora. Que la herida y por tanto la paciente hubiera sido Ruth, que él fuera tan atractivo y que ella se hubiera dado cuenta. Que hubiera acaparado la atención del chico. Y aquel comentario estúpido que no había conseguido contener. No se lo explicaba, de ningún modo. A ella nunca le gustaron los críos como aquel, con esos aires que se daban, entre místicos e intelectuales. Ni siquiera en el instituto. Sofía era más de hombres normales, con trabajos normales y vidas normales, humildes y familiares, siempre mayores que ella. Además, ella ya tenía su hombre normal, le amaba y se iba a casar con él. Y sin embargo cuando vio a Víctor allí plantado, con ese peinado antiguo y esa aparente timidez que no le duró más de unos minutos, se le hizo una pelota de algo gelatinoso en el estómago. Y cada vez que él abría la boca la superficie de la pelota temblaba como un flan y le provocaba escalofríos.
Dieron las ocho y ella seguía entre las sábanas, preguntándose a qué demonios venía esa actitud de adolescente confundida. Recuperó la taza vacía y la rellenó con café.  Se había enfriado, pero no lo suficiente, y ahora era un mejunje oscuro y empalagoso, templado, que daba angustia sólo con verlo. Sacó un par de cubitos de hielo del congelador y los echó dentro del brebaje con la esperanza de no terminar la mañana vomitando hasta la primera papilla. Un vago recuerdo de un domingo de resaca con las chicas la hizo sonreír. Aquel fin de semana desfasaron más de lo que debían y acabaron amaneciendo las tres (faltaba Ruth, a quien todavía no conocían) en casa de Amaya, que además de refugio antidepresivo era refugio post-borracheras. Todas habían bebido más de la cuenta y todas se encontraban fatal cuando sonó el despertador que Amaya había olvidado desconectar. También era verano en esa ocasión, y en aquella casa siempre había una cafetera llena. La sirvieron sin calentar y Adela lo puso tras el segundo trago. Primero escupió voluntariamente el café, y la cena de la noche anterior fue detrás. Su ropa, el suelo, la silla en la que se había dejado caer… A ella le entró la risa y Amaya ejerció de madre. La ayudó a limpiarse, recogió todo y la devolvió a la cama mientras Sofía se sujetaba el estómago, sin parar de reír. La anfitriona, por el contrario, le preparó una infusión y la obligó a tomarla antes de dejarla dormir un poco más. Para obligar a Adela a hacer algo tenías que tener mucho valor o ser Amaya. Era la única que podía domarla, sólo hacía falta una mirada directa y Adela comprendía, Adela acataba (casi siempre). A la inversa sucedía más o menos lo mismo, pero no era tan espectacular porque Amaya no parecía estar hecha de hierro forjado. Entre ellas había un vínculo especial que Sofía envidiaba desde que el mundo era mundo. Jamás había participado de él, no había tenido una relación como la que había entre ellas, ni con sus amigas ni con nadie. Parecían horneadas de formas distintas pero hechas de la misma masa, lo sabían y habían aprendido a aprovecharlo. Adela y Amaya se tenían la una a la otra indistintamente de qué ocurriera sobre la faz de la Tierra. Ella dudaba si tenía a alguien de ese modo incondicional. Observó unos segundos el contenido del vaso, ya helado, y se lo bebió de un trago antes de meterse a la ducha.
Su madre apareció pasadas las nueve, cumpliendo con la previsión de Sofía de que llegaría a su cita antes de la hora acordada. Ella todavía llevaba el pelo húmedo, pero ya estaba casi lista: se había enfundado unos pantalones cortos y una camiseta básica, de tirantes. Poco importaba la ropa que llevase, se la iban a hacer quitar de todas formas. Como había procurado mantenerse ocupada para no dar más vueltas al asunto de la noche anterior, la casa estaba recogida e incluso había limpiado un poco, pero a ojos de su madre nunca era suficiente.
-          ¿Nos vamos? –la saludó desde el rellano.
-          Hemos quedado allí dentro de casi dos horas, mamá.
La hizo pasar a casa y preparó más café. Habría preferido que alguien más las acompañase para no tener que pasar por aquello de nuevo. Se ponía terriblemente pesada cuando estaban a solas. Sin embargo, pensó, Adela no la habría acompañado, y Amaya estaba liada con el asunto de su primo. Ni se le pasó por la cabeza llamar a Ruth.
-          ¿Piensas ir así vestida?
Ya empezaba.
-          Mamá, hace calor, ¿prefieres que llegue sudando?
Discutieron durante un par de minutos y luego cambiaron de tema. Si empezaban el día peleándose la jornada se haría eterna, y ambas lo sabían. Después de tomarse el café, tan sólo habían pasado treinta minutos, y aun así, Teresa consiguió sacarla del piso y encaminarse hacia la tienda.
Cuando llegaron tuvieron que aguardar un poco. Como era de esperar, todavía no lo tenían preparado, pero Gema hizo lo posible por atenderlas cuanto antes. En cuanto pudo ayudó a Sofía a vestirse y sujetó los bajos para que al subir a la tarima no se estropeasen.
El vestido era maravilloso, parecía sacado de una película. Las líneas eran sencillas pero se le ajustaban al cuerpo perfectamente. El escote, palabra de honor, le recogía el pecho y lo realzaba sin llegar a ser provocativo, y justo debajo una franja de pedrería oscura delimitaba la parte alta de la cintura. El resto caía sin grandes ademanes, y carecía de una cola descomunal y pesada, como tantos otros vestidos. Antes de aquel ella ya había escogido su vestido, completamente diferente. El nuevo estaba en el escaparate de la tienda de al lado, y su madre se empeñó en que debía probárselo antes de decidirse. Pidieron disculpas y se trasladaron, la hija enfadada y la madre radiante. Gema las atendió desde el primer momento, la ayudó a cambiarse y en cuanto se vio en el espejo se convenció: aquel era su vestido, se casaría con él.
Sin embargo ahora, subida allí mientras Gema y su ayudante retocaban el contorno de la cintura –había adelgazado un poco por los nervios y le quedaba holgado- y escuchando a su madre recordarle en voz alta que si no fuera por ella se habría casado con aquel horrible atuendo que parecía un saco viejo en comparación con aquel, se miraba al espejo y dudaba. El vestido seguía siendo el mismo y era precioso, por supuesto, pero había algo que le revolvía el estómago. Aquella gelatina que Víctor había metido a presión continuaba molestándola y su reflejo, la imagen de ella misma vestida de novia, se le antojaba irreal y transitoria. La verdad la abofeteó con fuerza y sin previo aviso, como una tormenta repentina en mitad del verano. Se iba a casar. Y entonces sería irreversible. De niña soñaba con ese momento, con los preparativos, las flores y los menús, incluso, aun sin poner rostro al hombre que la acompañaría el resto de su vida. Se recreaba imaginándose bajando unas escaleras larguísimas y era la mujer más bella del mundo, y el que fuera su marido la estaría esperando abajo para llevarla de la mano. Y todo sería felicidad y luces de colores en medio de la noche. Aquella mañana se acordaba y le daban ganas de gritar que era una estupidez. La mujer a la que veía en aquel espejo gigante no era ella, no era la niña deseosa de una boda por todo lo alto, sino una chica a la que no le importaba que su futuro esposo se marchara de viaje de trabajo cada tres días. Se miraba y no reconocía nada suyo en el cristal. De pronto la imagen se volvió amenazante y tuvo que dejar de hacerlo. Comenzó a tener problemas para respirar y Gema se dio cuenta.
-          ¿Estás bien?
Sofía negó con la cabeza y se bajó del escalón, apartándose de ellas. Cerró los ojos y se concentró: no quería ponerse a gritar como una novia histérica a punto de dar marcha atrás y decidir, un mes antes de la boda, que no quería casarse, y mucho menos delante de su madre. Podría pedirles que le quitaran los alfileres, desprenderse del vestido y salir corriendo. De hecho, era lo único que quería hacer en ese momento. Salir corriendo y no parar hasta que le sangrasen las plantas de los pies descalzos; desaparecer, pero no lo hizo. Improvisó una sonrisa y se disculpó:
-          Sólo me he mareado un poco. He tomado demasiado café.
En ese momento habría jurado que no había dicho una mentira tan grande en toda su vida.