Tal vez comencé
llorando por ti,
pero a estas alturas
no lo recuerdo.
Cuando las lágrimas
nublan junto a los ojos,
el corazón,
todo es confuso.
Admito
que me desconcierta
el final
pero lo que siempre
me ha aterrado,
verdaderamente,
es el imparable
comienzo.
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jueves, 26 de julio de 2012
Ojalá
Cuando escribo,
cuando siento,
cuando anhelo letras y signos,
surge en ti esa magia extraña
que nace del tecleo arrítmico
e inconstante de mis pensamientos
que te obliga a atarte a mí mediante
palabras absurdas, irracionales y
chispeantes, creando puentes
cobardes e inestables
que no llevarán a
ningún otro lado y que,
sin embargo
y aunque
no lo comprendas del todo,
no quieres evitar.
Ojalá.
cuando siento,
cuando anhelo letras y signos,
surge en ti esa magia extraña
que nace del tecleo arrítmico
e inconstante de mis pensamientos
que te obliga a atarte a mí mediante
palabras absurdas, irracionales y
chispeantes, creando puentes
cobardes e inestables
que no llevarán a
ningún otro lado y que,
sin embargo
y aunque
no lo comprendas del todo,
no quieres evitar.
Ojalá.
lunes, 9 de julio de 2012
Destino
No podrás ser escritora.
Dónde se vio una mujer poeta y maldita.
No lo dudes. Serás loca, depresiva y hasta suicida.
Pero escritora, contadora de historias, poeta, artista: jamás.
Así que silencia tus manos, cierra los labios y baja esta escalera, anda.
Que no fue hecha para ti la torre de marfil ni la historia reclamará mañana tu pluma.
Asume tu destino, muchacha. Que no te reserva sino el abismo hondo y terrible de la mediocridad.
Dónde se vio una mujer poeta y maldita.
No lo dudes. Serás loca, depresiva y hasta suicida.
Pero escritora, contadora de historias, poeta, artista: jamás.
Así que silencia tus manos, cierra los labios y baja esta escalera, anda.
Que no fue hecha para ti la torre de marfil ni la historia reclamará mañana tu pluma.
Asume tu destino, muchacha. Que no te reserva sino el abismo hondo y terrible de la mediocridad.
Mensaje sin botella
Me duele cuando dices
que no te escriba.
Que no te gusta la modernidad,
que son mejores las llamadas,
y me envías tu silencio
indiferente y disgustado.
Pero yo no puedo evitarlo
y, cada día, me muerdo la
punta de los dedos que
corren por el teclado al
no poder tocarte.
Y surcan las ondas
del aire tecnológico
mis mensajes,
siempre sin botellas
de cristal que los protejan.
Y es que, amor mío,
escribirte mensajes
es como lanzar
una moneda a una fuente
de supersticiones o
pedir un deseo
a una estrella fugaz.
No hay respuestas;
es una simple cuestión
de esperanza.
jueves, 7 de junio de 2012
Todavía
Hoy también
ha ocurrido.
La tristeza
profunda
e inesperada.
La lágrima
sin aviso.
Mi esperanza
que no cesa;
tu recuerdo
encendido.
Hoy mi amor
por ti no termina.
Todavía me pasa.
ha ocurrido.
La tristeza
profunda
e inesperada.
La lágrima
sin aviso.
Mi esperanza
que no cesa;
tu recuerdo
encendido.
Hoy mi amor
por ti no termina.
Todavía me pasa.
viernes, 1 de junio de 2012
Reseñas de alumnos acerca de mis "Distintas maneras de contar un mundo imperfecto" (IES SANGONERA LA VERDE, MURCIA)
"¿Cómo
sería el país de las maravillas en el mundo de Conníe Marchante? Seguramente, estaría lleno de libros, de aventuras, de
miedo, de amor y lo más importante, de microrrelatos, sí, pues son la
especialidad de esta escritora, escribe todo lo que tenga que ver con ``micro-´´:
microrrelatos, micropoesía…, además de otros relatos breves.
Y
os preguntaréis, ¿De dónde saca tanta historia?, pues de la imaginación, aunque
también podría ser de los cuentos que siempre leía de pequeña, aquel
cuentecillo que nos contaban de pequeños sobre el hombre del saco o el monstruo
del armario, en su momento hicieron despertar la curiosidad de nuestras
pequeñas mentes, que apenas sabían sumar o leer, pero sí que tenían la
capacidad de hacerte soñar por las noches, pero no solo los cuentos de miedo
despertaban a ese genio que llevamos dentro.
Si
un día ese genio te preguntase que cuál es tu mayor deseo, ¿qué le dirías?
Sería bastante complicado poder hallar respuesta a esa emocionante cuestión, pero eso
sí, puedes encontrar respuesta a uno de tantos miles de
deseos en el microrrelato de Connie ganador del primer premio en
el “II Concurso Internacional de Microrrelato de Caja de Ahorros de Ávila”
(2009) titulado “La felicidad”. Suena bien ¿no?, pero
no te confíes, porque si lo leemos hasta
la última letra, esconde en él un gran
significado: ¿cómo seríamos felices? Quizás olvidándonos de esa parte del mundo
que pasa hambre, guerra, injusticias día a día, de ese mundo que poco a poco se
consume por el cambio climático o de ese niño que un día te preguntó si tenías
algo para darle… Así seguro que seríamos felices, volviéndonos fríos, ajenos a
todo lo que ocurre a nuestro alrededor; mejor sería intentar mejorar estos y
muchos otros aspectos, para ir añadiendo al cofre de la felicidad una pizca más
de luz.
Recuerda
también, de vez en cuando, a esa Alicia del país de las maravillas (risueña, ilusionada,
aventurera), que nos grita desde lo más profundo de nuestra alma de niño o niña:
¡Estoy atrapada, déjame salir!, por eso, dejémosla salir, y déjala que le ponga ese sentimiento
olvidado de la infancia a algunas cosas, no la olvidemos para siempre, eso es
lo que nos quiere transmitir Conníe en su microrrelato ``Inocencia perdida´´.
Ser
escritor o escritora, no es solo escribir en un folio unas palabras, a esas letras
se les tiene que poner una pizca de sentimientos, ingenio y por supuesto esa
Alicia perdida entre el fondo de nuestros pensamientos.
Carmen
María Martínez Pérez 4º ESO B
I.E.S
Sangonera la Verde
(Murcia)"
"Connie Marchante es una joven escritora de 28 años que hace poco
vino a mi instituto para dar una pequeña charla sobre su pasión, que es
escribir.
Nuestra profesora de Lengua nos leyó un poco sobre la vida de
Connie, y después tomó el turno de palabra esta, que nos estuvo explicando lo
que la literatura significa para ella. Leyó una serie de microrrelatos y poemas
mediante unas diapositivas y explicó el significado de cada uno de ellos. Nos
dijo que cada uno podía tener una visión diferente de cada poema y cada relato,
ya que eso es lo verdaderamente bonito de la lectura. Mediante opiniones de
otras personas puedes descubrir un nuevo significado más profundo que el
que tú ya tenías de una lectura.
Antes de entrar a la charla de Connie, pensaba que no me gustaba
la poesía, pero todas y cada una de las que leyó me encantaron. Me gustó sobre
todo un poema llamado ''Los planes'', es precioso.
Cuando llegué a mi casa, me metí en su blog
(libelulasazules83.blogspot.com) y comencé a leer.
Todo lo que escribe, es genial."
"La pasada semana
los alumnos de humanidades de cuarto y bachiller tuvimos el placer de poder
asistir a una charla de la joven escritora de microrrelatos Connie Marchante
Saez.
Connie Marchante
nació en Elda (Alicante) en 1983, estudió la licenciatura de Filología Hipánica
en la Universidad de Alicante y realizó estudios de postgrado a través de un
master en estudios literarios.
En la pasada
charla de Connie Marchante estuvimos viendo microrrelatos hechos por ella,
además Connie nos estuvo contando cosas de su vida relacionadas con los
microrrelatos y de que para ella la literatura era un arte y que ese
sentimiento le viene desde pequeña, ya que desde la más tierna infancia Connie
Marchante ya escribía relatos. También nos contó que no lo había tenido nada
fácil a la hora de hacer microrrelatos para concursos por los requisitos que
tenían que tener para ser válidos en el concurso, etc.
En cuanto a mí
opinión, a mi la charla me pareció muy interesante ya que me parecieron muy
atrayentes los microrrelatos que presentó, especialmente uno que puso
acompañado de una canción llamada "Gloomy Sunday " (domingo
lúgubre), más conocida como la canción suicida. La charla también me pareció
muy provechosa ya que gracias a la charla he aprendido que por muy difícil que
me puedan parecer las cosas yo podré superar esos problemas, que puedo
conseguir cualquier cosa que me proponga, que lo único que necesito es poner de
mi parte y confiar en mí misma.
Ana María
López Hernández 4ª B"
"Un individuo cubierto de nostalgia atraviesa la
puerta. Una pipa y la gabardina que porta definen una silueta que causa
incertidumbre en la sala: <<¡Qué curioso ser!>>, <<¡Qué miedo
da!>>, <<¿Qué es “qué”?>>. Tras recorrer silenciosamente
la estancia con la vista, dibuja en el aire alguna letras de diversos colores
procedentes de la pipa, que parecían decir:
-¿Quién
eres tú? (Who are you?)
Ahora Alicia se hallaba enredada y no tenía
escapatoria.
<<¡Comamos de la seta y dancemos!>>. La
fiesta había comenzado al ritmo de “Gloomy Sunday”, y los suicidas iniciaban
ahora su pequeño letargo, mientras la dulce golosina cobraba su peculiar
delirio psicosomático, entre cánticos y recitales de salados versos impregnados
en materia onírica y creatividad, desconocidos para la razón (seguramente
habiten en otro mundo, donde pasen la horas mientras se juega al escondite).
Tras contar “Distintas maneras de contar un mundo imperfecto”, amanece la duda
de cómo habría de contarse un mundo perfecto. (Al individuo omnisciente) ¿Haría
usted el favor de poner su imaginación al servicio de la humanidad para disipar
el dilema que me atormenta?
Alfonso Agüera (4º
E.S.O.)"
"Connie Marchante es una escritora de
microrrelatos que vino al IES Sangonera la Verde a contarnos cómo es su vida de escritora y
qué ha cambiado desde que tiene esta afición.
Primero, nos contó que viajó por muchos sitios, entre ellos, América del Sur,
donde también es reconocida por escribir microrrelatos y ganar varios premios.
Además, también nos contó lo mucho que tuvo que estudiar para llegar donde
está. No obstante, dice estar muy orgullosa y a gusto en el mundo de la
literatura; algo que nos recuerda la importancia de estudiar las cosas que nos
gustan, y no por obligación. Aunque te cueste mucho trabajo o esfuerzo
conseguir algo que te guste o que te vaya a hacer feliz, merece la pena, pues,
a la larga, te enorgullecerás de ello.
Por otro lado, también nos contó que ahora trabaja como profesora. Esto también
muestra el amor por la literatura y el inconformismo de una simple profesora de
lengua. El querer aspirar a más, el luchar por destacar en lo que amas. Es algo
que verdaderamente es admirable, al menos por mi parte.
Además, nos expuso algunos de sus microrrelatos, los leyó y nos los explicó un
poco. Me llamaron la atención dos cosas:
La
primera fue uno de sus microrrelatos que hablaba del alzheimer. Esa enfermedad
es tremendamente dolorosa tanto para el enfermo como para los familiares y más
allegados. Connie, en este microrrelato explicó en unas solas líneas cómo es un
día cualquiera para uno de ellos. A mí eso me llega profundamente y espero que
no me pase nada parecido nunca.
La
segunda cosa fue la manera de leer que tiene Connie. Tiene una lectura tan
relajante y suavizadora. Me sentí muy a gusto cuando la escuchaba...
Al final, leyó el poema titulado “Los Planes” con una canción de fondo titulada
“Gloomy Sunday” (canción prohibida por tendencia al suicidio). Con su voz me
metí de lleno en la historia y disfruté como si la hubiera vivido yo misma.
Connie Marchante me parece una persona admirable, aunque me repita. Un ejemplo
a seguir. No todos los días tienes la oportunidad de conocer a alguien que
disfrute tanto de lo que hace y que no se rinda nunca a pesar de la dificultad
de sobresalir o destacar. Ser reconocida por escribir largas historias en tan
solo unos renglones es muy difícil, y aún así lo ha conseguido.
Espero ser una Connie algún día.
María Elena García Alba"
La charla que nos ofreció acerca de su forma de expresarse me pareció muy interesante, ya que demostró que no hace falta escribir grandes textos para transmitir mensajes tan ciertos como profundos.
Su visita cambió, en cierto modo, mi forma de pensar acerca de la literatura, ya que esta siempre me pareció monótona y aburrida, pero, al escucharla hablar, algo hizo en mí que despertara y dejara mi imaginación volar.
En definitiva, creo que la forma de expresarse que tiene Connie Marchante es increíble porque, a pesar de que le obliguen a ceñirse a un título y a un determinado número de líneas en el caso de los concursos de microrrelatos, consigue transmitir grandes sentimientos y emociones a través de sus obras.
Irene Herrero Pinar (4º
E.S.O.)"
jueves, 26 de abril de 2012
Escribir (te)
Quisiera escribirte,
contar sobre tu piel
las noches de luna llena
en la que nos hirió
la buena suerte.
Inventar nuevas palabras
sobre tu cuerpo,
contando que ahora
te muestras
tal y como eres,
desnuda al amanecer.
Quisiera extender versos
hasta que no quede
un sólo hueco de ti
en el que no haya
estado mi pluma,
cargando de tinta
tus lunares,
relatándote entera,
de la cabeza a los pies.
contar sobre tu piel
las noches de luna llena
en la que nos hirió
la buena suerte.
Inventar nuevas palabras
sobre tu cuerpo,
contando que ahora
te muestras
tal y como eres,
desnuda al amanecer.
Quisiera extender versos
hasta que no quede
un sólo hueco de ti
en el que no haya
estado mi pluma,
cargando de tinta
tus lunares,
relatándote entera,
de la cabeza a los pies.
domingo, 8 de abril de 2012
Las reglas del juego
Se acercaban las cinco
de la tarde de un día señalado desde hacía meses en el calendario. Cada 20 de abril los chicos nos reuníamos para jugar un partido de béisbol. Sólo nos reuníamos en esa ocasión extremadamente especial: era como un rito. Aquel año era el primero que acudía después de haber sido padre, supongo que fue por lo que la noche
anterior no había podido dormir. Me quedé tumbado en la cama sin dejar de sentir aquel
escalofrío que a menudo me había acompañado en la oscuridad en otras ocasiones; sin embargo, aquella noche además se añadía una especie de aterradora nostalgia. Aunque me planteé la posibilidad de poner a mi familia como excusa o inventarme alguna enfermedad pasajera, sabía que el partido estaba
planeado y que ya no había marcha atrás, que pronto me encontraría con los muchachos.
Después de la
jornada, salí de la fábrica sin apenas despedirme de nadie y subí al coche para
dirigirme directamente al campo de juegos junto al viejo colegio. De repente,
una vez dentro y con el cinturón abrochado, mis escalofríos volvieron a invadirme y me
quedé sentado frente al volante, quieto y dudando por un momento en si debía insistir en aquellas reuniones que formaban más parte de mi pasado que de mi presente. Todavía no sé qué fue lo que me empujó
a arrancar y pisar el acelerador, a no querer llegar tarde a nuestra cita; en
el fondo ya no tenía sentido ninguno de mis actos.
Cuando llegué al lugar indicado,
algunos ya estaban reunidos en círculo, como cuando el entrenador nos daba las
indicaciones antes de algún partido importante; estaban esperándome, y al
encontrarme con sus miradas, sentí que ellos en ningún momento se habían planteado huir de aquel encuentro, tal y como me había ocurrido a mí hacía apenas unos minutos. A pesar de que ya no éramos aquellos niños, al
contemplar a mis antiguos compañeros, comprendí que el tiempo apenas los había
cambiado por fuera; seguían siendo jóvenes, atléticos, con aquellas miradas
frías y fuertes, seguros de lo que era correcto, de cumplir las reglas del
juego que marcamos una vez y juramos con la sangre provocada del pinchazo en
las yemas de nuestros dedos índices. Lo primero eran las reglas del juego; estaban por encima de cada uno de nosotros. Todo un ritual pagano que al volver a mis
recuerdos consiguió arrancarme una leve sonrisa.
Sin embargo, y
pese a cualquier duda que pudiera sentir, aquella tarde quedamos de nuevo. Todos menos uno. Un año más. Acudimos desde distintos lugares de la provincia para volver a jugar al
béisbol, como hiciéramos antaño. Cargado con los viejos accesorios del equipo
–grabados aún con el nombre del colegio–, me sentí viajero del tiempo, aún sin malicia,
todavía sin mancha. Ahora jugaríamos, una vez más, unidos y puede que hasta
felices.
Cuando
estuvimos todos frente a frente, sin mediar palabra, nos miramos para darnos
cuenta de que, efectivamente, algo había cambiado sin remedio y que era del
todo imposible volver a los días inocentes de la niñez. Faltaba un compañero. Comenzamos a jugar sin comentarlo porque no era
necesario. Qué hubiéramos podido preguntarnos o decirnos a esas alturas de
nuestra historia compartida, si cada uno de nosotros todavía recordaba el
enfado el día después del gran partido de final de temporada. La última temporada. Carlos cayó al suelo con un torpe e
inoportuno tropiezo –se había pisado el cordón de la zapatilla, había dicho
disculpándose– y todos habíamos perdido el último campeonato nacional.
Cómo ibamos a olvidar aquella terrible falta de nuestro compañero. “Estar
siempre bien preparado y no fallar nunca a los demás” era una de las
principales reglas del juego. Cómo dejar de escuchar los gritos cuando quedamos
para entrenar la tarde siguiente, la rabia, las ganas de dar al traidor su
merecido, los bates chocando contra el suelo, el sentimiento de traición, la sed de sangre, la sentencia
de los miembros del equipo y, al final, el macabro y sutil sonido del cráneo de
Carlos, rompiéndose por el impacto de la madera maciza.
Golpe de estado
Comenzaron quemando las banderas y pronto vieron que, destruyéndolas a ellas, arrasaban también con la identidad, con la cultura, con las esperanzas, con una comunidad y con sus valores patrióticos. Por esta razón, siguieron quemando y destruyendo los edificios que se coronaban con esas banderas, las casas y coches oficiales o plazas que las lucieran, porque así mayor era la extensión del daño que causaban.
Lamentablemente, no tardaron demasiado en darse cuenta de lo fácil que era envolver a una persona en una bandera.
jueves, 29 de marzo de 2012
Joven y Bella
La tristeza se retrata en todita
mi pintura, pero así es mi condición.
Ya no tengo compostura.
(Frida Kahlo)
Aquel sereno atardecer en que Dorothy Hale se observó ante el espejo vio que aún era joven y bella.
Se desnudó lentamente y hasta con más delicadeza de lo habitual, como en una especie de ritual sagrado. Había dejado preparados dos vestidos encima de la cama, completamente estirados dejando adivinar la silueta que podrían dibujar sobre su cuerpo. Uno de ellos era nuevo: un llamativo vestido rojo del diseñador más afamado de Nueva York, su último capricho. El otro era el vestido de terciopelo negro que consiguió convertirla en una de las mujeres más admiradas de la ciudad, con el que había celebrado fiestas llenas de “gente guapa”, todos los amigos de su marido. Su difunto esposo. El pobre había muerto semanas atrás en un terrible, fatídico accidente automovilístico. Al menos, eso fue lo que dijeron los periódicos.
Caminó descalza desde el dormitorio y fue a comprobar la temperatura del agua en la bañera. Escogió sin prisa las sales aromáticas que aquella noche iba a utilizar para su habitual baño relajante antes de cualquier gran acontecimiento social. Aquella iba a ser, sin duda, la fiesta más importante de toda su vida. Su gran reunión de despedida. La última y más recordada. Se sorprendió de estar tan alegre. Pensó que pronto llegaría el momento… y esperaba no volver jamás.
Se metió en el agua caliente perfumada y se dejó llevar por su dulzura y transparente suavidad. Cerró los ojos y dejó la mente en blanco, lejos de toda preocupación. Demasiadas culpas que pagar, demasiada hipocresía, demasiados errores. Todo quedaba diluido en el agua. De fondo, algo lejana, una canción de amor en el tocadiscos.
El agua le dio a Dorothy serenidad, entereza, decisión. La acariciaba y susurraba en su oído convenciéndola de que todo estaba bien, de que era la decisión correcta. Todo estaba planeado casi como por sorpresa… y así era perfecto.
Envuelta en su albornoz después del baño, y ya frente a su cama, observaba los dos vestidos. El rojo había sido el reciente instrumento para intentar conseguir un papel en alguna película, por insignificante que fuera, aunque finalmente había derivado en su último gran fracaso. A pesar de su indudable belleza, Hollywood se había transformado en una cruel bestia guardiana de la puerta de su felicidad, que sólo mostraba sus dientes y garras sucias de sangre mientras le cerraba la entrada para siempre. Se le escapó un suspiro.
Clare, su buena amiga, su confidente, le había prestado hacía unos días una cantidad de dinero para poder calmar a algunos de sus principales acreedores, pero abusar de su mejor amiga no le parecía la mejor solución a sus problemas. Entonces pensó en entrevistarse con un viejo conocido de su esposo para que la ayudara a conseguir trabajo. Cómprate un vestido bonito y búscate un marido nuevo que pueda mantener el nivel de vida al que te has acostumbrado, Dorothy… Y de paso acepta que no sirves para ser una mujer independiente y mucho menos una buena actriz. Comienzas a hacerte mayor. Se lo había dicho con tanta naturalidad y aparente confianza que, lejos de ofenderse, la señora Hale había comprendido que el cínico y distinguido Bernard Buruch tenía toda la razón. El amigo de su marido, el hombre de mundo, en un gesto que para él debió ser de amable generosidad, en lugar de proponerle que se hicieran amantes le alargó un cheque por valor de mil dólares con los que poder comprarse “el vestido más bonito de la ciudad”. Y por eso había decidido ir a Bergdorf Goodman, donde se exhibía sobre un maniquí aquella provocación de color rojo a la última moda, dispuesta a quemar su último cartucho.
La visión del rechazo del director de la película, su cara de falso compromiso y conmiseración la hizo suspirar de nuevo. Con cada pequeña exhalación parecía deshacerse de un fantasma interior. Mientras la imagen de aquel idiota la halagaba comparándola a la mismísima Elisabeth Taylor en su deslumbrante belleza se lamentaba hipócritamente: no funcionaría, Dorothy, este papel no es para ti, es muy pequeño y no encajas. Necesito alguien menos bella, que no se coma el plano y confunda al espectador con su mirada. Me hace falta una chica más... insignificante. Ya te llamaremos cuando tenga algo bueno para ti.
Confortada por el silencio cómplice de su habitación alargó la mano y tomó el vestido negro de terciopelo. La voz de Ella Fitzgerald parecía nacer de algún lugar recóndito, en el centro mismo de su cuerpo: “Tú me abriste la puerta a la máxima dicha… y a mi profunda infelicidad”. Sonrió, tarareando, y comenzó a vestirse. Quedaban apenas cuarenta y cinco minutos para que todos los invitados comenzaran a llegar. Aquella noche la acompañarían más de cien amigos de todas clases, verdaderos, convenientes, amables. Estarían todos allí, con ella, esa noche que habría de ser recordada – y debidamente comentada- por mucho tiempo.
Los había llamado a todos. “He decidido hacer un largo viaje; voy a celebrar una fiesta de despedida y espero que puedas asistir”. La única que pareció estar molesta con ella fue precisamente su amiga Clare. Había descubierto que Dorothy había comprado un carísimo vestido poco después de que ella le hubiera prestado una considerable cantidad de dinero. Aquel desplante oscureció un poco la noche. Seguramente había pensado que el dinero que le prestó lo había gastado en aquella prenda – ya portadora de desgracias- en vez de pagar, como ella le había dicho, sus numerosas deudas. Insistió en la invitación porque no se encontraba con ánimos de resolver el malentendido por teléfono, se sentía incapaz de reproducir las palabras de Buruch, de tener que volverlas a escuchar y menos desde sus propios labios, como si fuesen una autocondena: “Piénsalo tranquilamente Clare, de verdad quisiera que vinieras a despedirte de mí”.
Cuando terminó de maquillarse y estuvo totalmente lista se quedó durante un momento mirándose frente al espejo. Sí, en verdad aún era lo que podrían llamar joven… y muy hermosa. Si Harry no hubiera decidido abandonarla y casarse con otra en vez de con ella como le había prometido al quedarse viuda… La llegada del primer invitado interrumpió sus pensamientos. Bajó la escalera para recibirlo. Era Noguchi con un precioso ramito de flores amarillas en la mano. “Gracias Isamu, es justo el detalle que necesitaba mi vestido, ¿no crees?”. La preciosa sonrisa de Dorothy relucía mientras con un alfiler colocaba el ramillete en su vestido a modo de broche en el hombro.
“Una fiesta memorable Dorothy, que tengas mucha suerte en tu viaje”. “¿Y dónde dices que te vas? ¡Qué calladito te lo tenías!”. “Tomé la decisión hace apenas unos días”. “¡Un brindis por la mujer más bella de Nueva York!”. “Con fiestas como esta tendrías que viajar más a menudo querida”. “¿Tomarás el barco o el avión?”. “Para este viaje he decidido volar”. Dorothy bebe de su copa de champagne y sonríe. A las seis de la mañana todos los invitados han abandonado ya la fiesta; borrachos y llenos de buenos deseos para su guapa pero triste amiga.
El frío de la madrugada hirió profundamente el rostro de Dorothy, que palideció en unos instantes eternos. Las burbujas y el alcohol parecían manejarla en silencio desde su interior. Se tambaleaba. Todos habían envidiado alguna vez las vistas que se podían disfrutar desde su apartamento, en el Hampshire House. Desde uno de los ventanales sintió que alargando la mano podría alcanzar la majestuosidad de la Gran Manzana. Cerró los ojos y respiró profundamente el amanecer… se dejó llevar… tranquila… flotando… temblando… cayendo…
***
En su apartamento-estudio de Nueva York, Frida Kahlo da los últimos retoques a su nueva obra; un encargo de la afamada directora de la revista Vanity Fair, Clare Boothe. Le ha pedido un retrato de la señora Dorothy Hale, trágicamente fallecida. Lamentable noticia de suicidio en todos los periódicos sensacionalistas. Iba a regalársela a la madre de su desdichada amiga. Mientras Frida escribe en la base del lienzo el exvoto que explicará la pintura piensa en qué grande habrá de ser el sentimiento de culpa de Clare por no haber comprendido del todo a su amiga Dorothy.
La mexicana se deleita con la textura obtenida de las espesas y enmarañadas nubes que envuelven el cuerpo de Dorothy suspendido en el aire. La pintura consta de las tres fases del suceso: La mujer asomándose por la ventana del blanco rascacielos. El salto al vacío. La muerte en el suelo. “¡Qué lástima no poder saber qué pensó en el último y extremo momento de su vida para también poder plasmarlo en toda esta desgarrada visión!”. Sin embargo, ha permanecido en toda la composición la indudable belleza de Dorothy, ya que Frida la conocía y también la consideraba una amiga. En un primer plano -echada en el suelo y sangrando débilmente por la boca- la suicida mira atentamente al futuro espectador, serena, pálida y preciosa con su vestido negro de terciopelo, el ramillete de flores amarillas prendido en su hombro. En la parte superior Frida ha decidido añadir un ángel con una banderola en la que puede leerse: “El suicidio de Dorothy Hale”.
Clare desde su despacho esperaba el envío del cuadro encargado a la novedosa y joven artista Frida Kahlo, esposa del reconocido y polémico Diego Rivera. Sin duda es una mujer extraña, con su cojera orgullosa, con sus llamativos vestidos mexicanos. Desde que conoció la muerte de Dorothy no había podido dormir tranquila. Algo pesaba oscuramente sobre su pecho. Una pesadilla horrible, recurrente cada noche. No había asistido finalmente a su fiesta de despedida. Sentía que se había negado al abrazo final. No se enteró del regalo de Bernard Buruch hasta que fue demasiado tarde; en realidad jamás se preocupó por indagar en qué se había gastado el dinero su amiga realmente; la acusó y punto. Y ahora la culpabilidad le estaba destrozando los nervios. Un bello retrato de su amiga fue lo mínimo en lo que pudo pensar para compensar el mal hecho, por haberle dado la espalda. Clare se lo había prometido a la madre de Dorothy. En cuanto la señora de Rivera se lo mostrara ella lo enviaría, de inmediato.
Con una última calada a su cigarro, Frida leyó en voz alta para sí en el silencio de su estudio, satisfecha de su trabajo:
“En la ciudad de Nueva York el día 21 del mes de octubre de 1938, a las seis de la mañana, se suicidó la señora DOROTHY HALE tirándose desde una ventana muy alta del edificio Hampshire House. [A continuación, una mancha de sangre que gotea]. En su recuerdo, Clare Boothe encargó este retablo, habiéndolo ejecutado FRIDA KAHLO.”
Incertidumbre
Caminar perdido,
no lograr ubicarse,
la incertidumbre de la nuca
el no dar con el buen paso,
vivir colgado, jamás certero
de un lastímero tal vez
y huir del peor, que te persigue
y no poder alcanzar el mejor
que se te escapa.
Es todo una sensación
que no deseo, y que,
sin embargo,
me atrapa.
no lograr ubicarse,
la incertidumbre de la nuca
al ombligo,
el no dar con el buen paso,
vivir colgado, jamás certero
de un lastímero tal vez
y huir del peor, que te persigue
y no poder alcanzar el mejor
que se te escapa.
Es todo una sensación
que no deseo, y que,
sin embargo,
me atrapa.
sábado, 17 de marzo de 2012
Inocencia perdida
Dicen que el tiempo lo borra todo pero Alicia jamás podrá olvidar el País de las Maravillas. Cada día, cuando se cruza despistada con cualquier reflejo de un cristal, una niña rubia de grandes ojos azules que le resulta lejana aunque familiar le grita: !ojepse led odal orto la adaparta yotse ,emadúyA¡
Discrepancias
"Dicen que el tiempo lo borra todo"... "¡Menos la fama!" le contesté yo, testarudo. "Recuerda, querida, 'La vida es corta y el arte es largo', como dijo algún genio". "Sí sí", rechistó molesta y sin dudarlo, me ofreció su blanca y silenciosa espalda.
Aquel día, la Musa y yo, no nos entenderíamos.
Aquel día, la Musa y yo, no nos entenderíamos.
Duele el olvido
Dicen que el tiempo lo borra todo... Y debe ser cierto porque se siente perdida. Acostada en una cama que no reconoce, un desconocido la acaricia y le da los buenos días con un suave beso en la mejilla. Ella no responde; tiene miedo porque ni siquiera recuerda su nombre.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Geminis
CUANDO Malena llega a casa, despacio para no molestar a los vecinos que ya duermen desde hace horas, se da cuenta de que esta noche se ha pasado un poco. Tambaleando con los tacones en la mano se dirige a su cuarto, ni siquiera se le pasa por la cabeza quitarse el maquillaje. La mañana del sábado ya se anuncia a través de su ventana; para evitar el nuevo día e ignorar que el mundo sigue girando -sin importarle lo que ella haya estado haciendo mientras-, baja las persianas.
Andrea llegó casi a las cinco de la mañana, pero aún las calles estaban oscuras y las farolas defendían la tranquilidad de una ciudad donde nunca pasa nada. Lo primero que hace es dejar sus cosas sobre el mueble que hay en la entrada y comprobar que todo está tal cual ella lo había dejado antes de marchar. Entra en el baño y mientras se desnuda y se desmaquilla se mira atentamente en el espejo. Después de todo no acertó con aquel vestido tan largo. Es bajita y apenas se luce en él... Le hubiera gustado maquillarse de otro modo pero tampoco es que sepa sacar partido a su belleza natural, al menos a su juventud -está segura de poseer eso-. ¿Estuvo con la misma gente y escuchó la misma música? Por un momento lo ha olvidado, es como si hubiera estado allá sola ¿Acaso alguien se enteró de que ella había estado en aquel lugar?
A Malena le cuesta poco quitarse la ropa, quizá por lo escaso que es su vestido, desabrocha los corchetes y lo deja caer al suelo sin la más mínima compasión. La temperatura de su cuerpo la tienta a desechar el pijama y algo extraño parece retenerla antes de meterse en la cama; será que no tiene sueño. Camina por su habitación y todavía disfruta del vaivén de sus caderas, nota su ritmo incansable, se sabe joven y fuerte. El espejo le sonríe y le susurra entre las sombras que también es muy bella. El calor casi es insoportable pero no quiere subir las persianas, la luz del día podría recordarle donde estuvo... con quien... ¡y eso pasó hace ya tanto tiempo!
Cuando se mete en la cama, Andrea no puede dormir, piensa que ha vivido una noche más, que no se rindió, que estuvo allí, siendo como es y formando parte de eso que buscan todos pero que ella no termina de encontrar. ¿Qué le faltó? No lo sabe. No comprende el mundo en que vive y se limita a dejarse arrastrar... Se quedó mirándolo, intentando decirle con la mirada lo que jamás se hubiera atrevido a pronunciar, deseaba tanto que alguien se le acercara. Que él le hubiese sonreído al menos. De repente, la madrugada de ese viernes, siendo las cinco de la mañana del sábado siguiente descubre que algo ha cambiado. Se siente incompleta en la cama. Una parte de Andrea quedó perdida entre la gente que la había estado rodeando, tocando, poseyendo aunque ella en todo momento sentía que nadie podía alcanzarla. Tan lejos ahora del ruido sólo le quedaba el silencio, unas horas de oscuridad y el sueño, pero ¿qué soñaría? Algo había ocurrido, pero ¿qué? En realidad nada. Y ahora estaba tan perdida... tan equivocada...
Malena se deja caer, sus sábanas la acarician y su cama se convierte en un barco, en una alfombra mágica que la puede llevar a cualquier parte, se convierte en rama de un árbol, está colgada en ella y casi puede sentir una brisa; ¿de dónde vendrá? Una gota de sudor resbala desde sus pechos hasta el ombligo. Ella siente el recorrido y pasados unos segundos descubre una sonrisa maliciosa nacida de sus labios, quién sabe desde cuándo. Se le ha pasado por la cabeza que tal vez ese sudor no le pertenezca. Se da la vuelta y abraza la almohada, no se ha dado cuenta de que un trocito lo tiene entre los dientes. "Malena, Malena quién fuera tango..." Las palabras recorren su cuerpo que todavía se estremece al recordar aquella voz. Sí, su piel tenía memoria, y ella -ahora tumbada en la cama, sola- ella era un tango, era acordeón y piel y rabia y pasión y violín y mirada y vuelta y un paso atrás, porque había que saber cómo bailar... cómo llegar a Malena.
No queda noche que transcurrir cuando caen rendidas al sueño. Pronto llega la hora de salir del cuarto, vuelta a la vida diurna y formal, después de unas horas de malsueño y poco descanso acalorado. A las dos les espera el café y la prensa de diario. Cuando vuelva a caer la noche, querrán salir de nuevo, cada una por su lado. Pero la oscuridad todavía no ha llegado, aún la luz del sol inunda la realidad y ellas no están preparadas para emprender otro viaje. Ahora, en este momento, no se arreglan ni se preocupan demasiado para estar por casa porque hace tiempo que viven, salen y piensan solas, las hermanas. Cuando se encuentran, la una le pregunta a la otra qué tal se le dio la noche. "Como siempre", suele ser la respuesta.
Andrea llegó casi a las cinco de la mañana, pero aún las calles estaban oscuras y las farolas defendían la tranquilidad de una ciudad donde nunca pasa nada. Lo primero que hace es dejar sus cosas sobre el mueble que hay en la entrada y comprobar que todo está tal cual ella lo había dejado antes de marchar. Entra en el baño y mientras se desnuda y se desmaquilla se mira atentamente en el espejo. Después de todo no acertó con aquel vestido tan largo. Es bajita y apenas se luce en él... Le hubiera gustado maquillarse de otro modo pero tampoco es que sepa sacar partido a su belleza natural, al menos a su juventud -está segura de poseer eso-. ¿Estuvo con la misma gente y escuchó la misma música? Por un momento lo ha olvidado, es como si hubiera estado allá sola ¿Acaso alguien se enteró de que ella había estado en aquel lugar?
A Malena le cuesta poco quitarse la ropa, quizá por lo escaso que es su vestido, desabrocha los corchetes y lo deja caer al suelo sin la más mínima compasión. La temperatura de su cuerpo la tienta a desechar el pijama y algo extraño parece retenerla antes de meterse en la cama; será que no tiene sueño. Camina por su habitación y todavía disfruta del vaivén de sus caderas, nota su ritmo incansable, se sabe joven y fuerte. El espejo le sonríe y le susurra entre las sombras que también es muy bella. El calor casi es insoportable pero no quiere subir las persianas, la luz del día podría recordarle donde estuvo... con quien... ¡y eso pasó hace ya tanto tiempo!
Cuando se mete en la cama, Andrea no puede dormir, piensa que ha vivido una noche más, que no se rindió, que estuvo allí, siendo como es y formando parte de eso que buscan todos pero que ella no termina de encontrar. ¿Qué le faltó? No lo sabe. No comprende el mundo en que vive y se limita a dejarse arrastrar... Se quedó mirándolo, intentando decirle con la mirada lo que jamás se hubiera atrevido a pronunciar, deseaba tanto que alguien se le acercara. Que él le hubiese sonreído al menos. De repente, la madrugada de ese viernes, siendo las cinco de la mañana del sábado siguiente descubre que algo ha cambiado. Se siente incompleta en la cama. Una parte de Andrea quedó perdida entre la gente que la había estado rodeando, tocando, poseyendo aunque ella en todo momento sentía que nadie podía alcanzarla. Tan lejos ahora del ruido sólo le quedaba el silencio, unas horas de oscuridad y el sueño, pero ¿qué soñaría? Algo había ocurrido, pero ¿qué? En realidad nada. Y ahora estaba tan perdida... tan equivocada...
Malena se deja caer, sus sábanas la acarician y su cama se convierte en un barco, en una alfombra mágica que la puede llevar a cualquier parte, se convierte en rama de un árbol, está colgada en ella y casi puede sentir una brisa; ¿de dónde vendrá? Una gota de sudor resbala desde sus pechos hasta el ombligo. Ella siente el recorrido y pasados unos segundos descubre una sonrisa maliciosa nacida de sus labios, quién sabe desde cuándo. Se le ha pasado por la cabeza que tal vez ese sudor no le pertenezca. Se da la vuelta y abraza la almohada, no se ha dado cuenta de que un trocito lo tiene entre los dientes. "Malena, Malena quién fuera tango..." Las palabras recorren su cuerpo que todavía se estremece al recordar aquella voz. Sí, su piel tenía memoria, y ella -ahora tumbada en la cama, sola- ella era un tango, era acordeón y piel y rabia y pasión y violín y mirada y vuelta y un paso atrás, porque había que saber cómo bailar... cómo llegar a Malena.
No queda noche que transcurrir cuando caen rendidas al sueño. Pronto llega la hora de salir del cuarto, vuelta a la vida diurna y formal, después de unas horas de malsueño y poco descanso acalorado. A las dos les espera el café y la prensa de diario. Cuando vuelva a caer la noche, querrán salir de nuevo, cada una por su lado. Pero la oscuridad todavía no ha llegado, aún la luz del sol inunda la realidad y ellas no están preparadas para emprender otro viaje. Ahora, en este momento, no se arreglan ni se preocupan demasiado para estar por casa porque hace tiempo que viven, salen y piensan solas, las hermanas. Cuando se encuentran, la una le pregunta a la otra qué tal se le dio la noche. "Como siempre", suele ser la respuesta.
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